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Fotos: Fundación San José
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Verano de 2011: Agustín tiene tres años y está de vacaciones. Ha sido adoptado luego de un proceso de 24 meses a través del Sename y lleva poco más seis viviendo con su familia. Los Rivera -con su hijo Agustín-, están recorriendo el sur del país. Deambulan entre localidades y más de una vez, cuando se preparan para salir y suben las cosas al auto, Agustín, listo para el viaje, los mira y pregunta: “¿Yo también voy?”. Su madre, Carolina, le explica que sí, que son una familia, que no lo dejarán solo: “Que siempre íbamos a estar los cuatro: el papá, la mamá, la hermana y él. Siempre”, recuerda Carolina. Sin embargo, el pequeño insiste una y otra vez. “¿Yo también voy?”.

Cuando adoptaron a Agustín, Carolina y su esposo Alonso ya tenían una hija de nueve años.

-Ella me lo pidió. Me pedía hermanitos y yo le decía que no podía porque la guatita no estaba buena, y ella me decía que adoptáramos-, cuenta Carolina, quien luego de su embarazo no pudo tener más hijos.

Finalmente optaron por acudir al Sename e iniciar el proceso de adopción.

-Un compañero del magíster de mi marido era adoptado por el Sename y él nos recomendó hacerlo así porque el equipo era bueno.

Dentro del total de padres que optan por la adopción, Carolina y Alonso representan una pequeña cantidad de matrimonios que están dispuestos a recibir a niños mayores de dos años. Si bien siempre hay familias en listas de espera, “históricamente, la mayoría de los chilenos quería adoptar niños de menos de dos años”, señalan en el Sename, aunque recalcan que es una tendencia que lentamente ha ido cambiando. Si en 2012 los niños mayores de cuatro años representaba sólo un 17% del total de adoptados, al primer semestre de 2014 llegaban al 24%. Son principalmente las parejas extranjeras las que están dispuestas a ser padres de niños mayores.

Esto se ha convertido en un problema no sólo para Sename, sino también para los cuatro organismos acreditados en esta área: Fundación Chilena de la Adopción, Fundación San José, Fundación Mi Casa e Instituto Chileno de Colonias y Campamentos. Al mes de junio, de un total de 352 niños susceptibles de adopción, 312 tenían cuatro años y más, es decir, un 89%. Estas cifras corresponden no sólo a niños que hayan ingresado este año, sino al total acumulado en el tiempo.

Para ayudar a resolver esta situación en la Fundación San José tienen un convenio con Italia y Noruega, por lo que señalan no tener niños “no adoptados”. Este año, sin embargo, y por un tiempo indefinido, postergaron las adopciones de menores de dos años para enfocarse en las de dos a seis años ya que si bien acogen a madres con embarazos no deseados, al final de la intervención sólo un 16% de las mujeres cede a sus hijos. Al igual que en Sename, la mayoría de los niños que llega a ser declarado susceptible de ser adoptado es por vulneración grave de derechos, por lo que es muy difícil que sean lactantes.

Marta, que junto a su esposo Javier adoptaron a Miguel de un año y tres meses, dice que “es lógico que quieran niños más chicos, tienes que reparar menos cosas”. Se refiere principalmente al proceso psicológico y emocional.

-Yo a veces igual me paso rollos de cómo voy a recuperar el tiempo que Miguel estuvo en el hogar y eso que es poco. Las psicólogas me han dicho que en alguna parte de su subconsciente está, pero obviamente él no va a tener recuerdos de eso-, cuenta.

En su caso, también ha tenido que continuar con varios tratamientos médicos que Miguel tenía en el hogar del Sename. Debido a los antecedentes de su familia de origen -que Marta no desea revelar-, han tenido que fortalecer su sistema respiratorio y digestivo. Luego de vivir una infertilidad, Marta y Javier no quisieron establecer demasiados requerimientos al momento de adoptar, ya que casi al final del proceso de postulación los padres entregan un formulario a Sename donde señalan rangos de edad, de sexo y si están dispuestos a adoptar niños o niñas con diversas condiciones: problemas de salud, padres con problemas de drogas o alcoholismo, etcétera.

Marta y Javier sólo pidieron que fuera menor de dos años y, por temas de recursos y porque deben trasladarse continuamente por el trabajo de él, que no tuviera alguna enfermedad invalidante grave.

-No juzgo a las personas para las que esos requisitos son importantes, pero me pasó que en el proceso igual vas aprendiendo cosas. Yo era súper organizada. Me casé a tal edad, y quería vivir tantos años sin tener hijos y después de tantos años quise quedar embarazada y no quedé. Entonces una de las cosas que aprendí es que puedo manejar muy poco de mi vida, muy poco. Y no le iba a poner condiciones a mi hijo-, platea Marta.

Además dice que casi todos los problemas de salud su hijo se han solucionado y que los médicos le han asegurado que para cuando Miguel tenga cinco años, su sistema respiratorio estará desarrollado y fortalecido con normalidad.

Para Carolina, sin embargo, no fue tan sencillo.

Al principio no estaba completamente convencida y fue su esposo y su hija quienes le dieron el impulso para decidirse por la adopción.

-La verdad es que yo estaba un poquito prejuiciada. Sí, me imaginaba que los niños de la Fundación San José o de la Fundación Chilena eran mejor cuidados, que puede ser y puede ser que no también, depende de muchas variables-, relata.

Este es un prejuicio que la Fundación San José ha tenido que enfrentar hace mucho tiempo. La directora ejecutiva de la institución, Ximena Calcagni, afirma que en el caso de la intervención con mujeres embarazadas, pueden asegurarse de que vayan a los controles y se intenta que “efectivamente en esos periodos no fumen, no tomen, no se droguen. Sin embargo la mayor parte llega en el tercer trimestre del embarazo. Por lo tanto nuestra injerencia real en temas de protección es, pero no siempre podemos asegurarlo”.

Además deja claro que “los niños que ingresan a nuestro sistema son los mismos que ingresan al sistema público”, ya que es el juez quien determina si un niño en el sistema de protección pasa al cuidado del Sename o de una organización colaboradora. Calcagni sin embargo, agrega que “invertimos muchas lucas en el cuidado de los niños. Los hogares son una joya. Entonces si me preguntas si hay una diferencia, sí. Los niños van a terapia, a psicopedagogo. La casa Belén (donde reciben lactantes) es un lujo. Funciona en Vitacura y no nos importa que haya un mito de que somos una fundación súper rica. Atendemos gente de todo el espectro social”.

El mito además se alimenta porque los costos del proceso varían en cada organización. En Sename se pagan las evaluaciones sociales y psicológicas realizadas por profesionales aprobados y sugeridos por la institución. El valor total asciende a las 13 UF (cerca de $314.000). En la Fundación Chilena de la Adopción se pide un aporte correspondiente a un ingreso mensual bruto, mientras en la Fundación Mi Casa corresponde a un aporte voluntario que va desde los $2.780.000 aproximadamente. En el Instituto de Colonias y Campamentos se reciben donaciones de los matrimonios adoptantes y en la Fundación San José el aporte es de un ingreso familiar bruto pagado en dos partes: 30% al inicio de la etapa de evaluación y 70% al ser declarados idóneos. Además, las cuatro organizaciones reciben subvención de Sename.

En Fundación San José, sin embargo, precisan que el aporte de los padres corresponde sólo al 13% de su financiamiento. Un 15% proviene de Sename, un 36% de fondos estatales a los que postulan cada año, 21% aportes privados y 29% de campañas. De esa forma mantienen la organización que cuenta con alrededor de 140 trabajadores y cuyo balance del año pasado muestra un ingreso por1.320 millones de pesos y egresos por 1.327 millones.

Una diferencia importante, sin embargo, es que trabajan con una cantidad de menores considerablemente más baja que la de Sename. Tienen capacidad para 80 niños y de los 255 adopciones realizadas el primer semestre de 2014, se hicieron 207 a través de Sename ,18 a través de la Fundación San José, 17 en la Fundación Chilena de la Adopción, 12 en Fundación Mi Casa y una en el Instituto Chileno de Colonias y Campamentos. El año pasado, de 596 adopciones, 491 se hicieron por Sename y 105 por las tres fundaciones.

El proceso
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Susana tuvo suerte cuando hace 23 años adoptó a su hija de siete días a través de la Fundación Chilena de la Adopción.

-Salió del hospital y me la entregaron-, cuenta hoy.

Había comenzado el proceso de postulación con su esposo casi dos años antes. En ese tiempo, Susana recuerda que tuvo que esperar dos años para que le dieran la adopción plena. Durante ese periodo sólo contaba con la tuición de su hija. Desde que se aprobara la ley actual que rige las adopciones en 1999 esos periodos se han acortado significativamente y sólo pasan algunos meses entre que un niño se va con sus padres y se les otorga la adopción plena.

La ley además establece algunos requisitos básicos, aunque cada organización puede agregar más. Por ejemplo, mientras que las edad aceptada por Sename es de 25 a 60 años, la Fundación San José lo limita hasta los 48 años, de forma que esos padres no tengan más de 50 cuando reciban a sus hijos. También influye la escolaridad y la estabilidad económica.

-Los requisitos tienen un sentido desde los niños. Pedimos cuarto medio porque las familias de origen lo que quieren es que sus hijos estén en mejores condiciones de las que estaban-, comenta Calcagni.

Luego de eso comienza un proceso de evaluación que muchas veces tiene que ver con los tiempos que manejen los padres. Además se va llenando una carpeta con certificados, cartas de recomendación y varias exigencias más.

-También uno va dando los tiempos. Me acuerdo que en la primera sesión me dijeron que tenía que entregar una autobiografía escrita a mano, llevar fotos de la familia, de nuestros padres, entonces uno se va demorando en hacer todo. Además que también es un proceso psicológico para los padres irse preparando para ser padres adoptivos-, narra Susana.

Una vez que se entrega el certificado de idoneidad empieza la espera, que en Sename tiene un promedio de nueve meses y en la Fundación San José pueden llegar a ser desde tres meses a dos años. También tiene mucho que ver con la apertura que tengan los padres: si sólo están dispuestos a recibir lactantes, la espera puede ser mucho más larga.

En la Fundación San José, además, a cerca de un 70% de las parejas se les pide que realicen una terapia en paralelo antes de entregarles el certificado. Una vez declarados idóneos, todo depende del juez que es quien acepta a la familia propuesta por la organización, o en algunos casos elige una de una terna presentada también por una institución.

Esas parejas entran al proceso de esperar por un niño que debe ser declarado por un juez susceptible de ser adoptado, lo que puede suceder tanto por entrega voluntaria como porque deben ser retirados de sus hogares por vulneración grave de derechos. Tanto la ley como las organizaciones que trabajan en adopción coinciden que el principal interés del proceso es el bien superior del niño o niña. “La adopción vela por el derecho de un niño a vivir en familia y no por otorgarle un hijo o hija a una persona o matrimonio”, señalan en Sename.

Si las parejas desean adoptar a otro hijo, deben hacer todo el proceso nuevamente. Susana lo hizo alguna vez, aunque en esa oportunidad no aprobaron las evaluaciones.

-Fue la primera noticia que yo tuve de que mi matrimonio no andaba bien. Ellos se dieron cuenta de algo que yo no me había dado cuenta. Fue un golpe duro, yo exigí saber por qué y ahí me explicó que mi matrimonio no andaba muy bien.

Un par de años después, Susana y su esposo se separaron.

La reforma
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A diferencia de Susana, Marta aún tiene la oportunidad de adoptar otro hijo. Por eso cuando se enteró que el expresidente Sebastián Piñera envió en octubre del año pasado una Reforma integral al sistema de adopción al Congreso, se puso a leer todo lo que encontró al respecto.

La forma más sencilla, la ideal incluso, por la que un niño es considerado susceptible de ser adoptado, es cuando la madre lo cede voluntariamente al nacer. Sin embargo, esto sucede en muy pocos casos. Incluso muchas madres que no tienen la capacidad y no desean criar a sus hijos, no realizan el procedimiento legal ante un juez para ceder a los niños. Esto atrasa todo el proceso y afecta al niño, ya que entre más crece, más se reducen sus posibilidades de ser adoptado rápidamente.

En cambio, la mayoría de los niños que esperan adopción están relacionados con medidas de protección luego de que hayan fallado todos los intentos. Este es un punto clave que pretende resolver la reforma, principalmente en términos de plazos y de detallar las causas de inhabilidad, esto es, las razones por las cuales un niño puede ser retirado de su hogar y pasar a ser adoptado. Por ejemplo: abandono, maltrato grave, explotación sexual comercial, etcétera. Si la ley vigente contempla tres causas, la reforma propone diez.

Uno de los principales problemas es que, al intentar que el niño quede con su familia de origen -ya sea padres, abuelos, o algún familiar cercano-, los plazos de intervención no están bien definidos o a veces se alargan innecesariamente.

-Siento que está bien que el Estado procure que el niño se quede con su familia biológica, pero en realidad cuando esa familia no está entregando las herramientas para demostrar que van a ser capaces de criar al niño, es negativo que sigan esperando-, dice Marta.

Ella ha iniciado una campaña para apoyar la aprobación de la reforma y ya se ha contactado con varios diputados de la Comisión de Familia de la Cámara de Diputados, donde se está tramitando el proyecto luego de que fuera requerido por el Ejecutivo tras el cambio de gobierno, para realizar indicaciones.

Para la Fundación San José, que al igual que las demás organizaciones participaron y aportaron a la reforma, el tema es complejo. Si bien tienen “muchos casos de niños que vuelven con su familia de origen”, Calcagni señala que “hay un tema ético súper importante de cuánto tiempo uno se dedica al tema de la rehabilitación”. Desde su punto de vista, deben respetarse “los tiempos de los niños, no de los adultos. No podemos decir que nos vamos a dar cinco años de plazo para intervenir y ver si se recuperan de un cuadro de drogadicción en un tratamiento de cinco años. Ese niño no puede estar expuesto a esa situación ni puede estar en una institución ese tiempo”.

Calcagni destaca, sin embargo, que hay una gran dificultad en ese trabajo, porque “no es un tema de falta de amor. Las familias quieren profundamente a sus hijos, pero resulta que no los han ido a ver en seis meses, le pegan, lo encuentran por vagancia en la calle. Entonces aquí hay gente que va a estar en completo desacuerdo porque creen que el único lugar tiene que ser la familia de origen. Y nosotros decimos la familia de origen pero en ciertas condiciones”. Dice además que este es un aspecto de la adopción que normalmente es invisibilizado o tratado desde el desconocimiento: “En general las personas que están en situaciones de entregar a sus hijos en adopción tienen problemas vinculares. Han tenido dificultades donde sus propias infancias fueron maltratadas, abandonadas, de abuso. No tuvieron la experiencia de ser cuidados y no aprendieron a cuidar”.

*Los nombres de los niños y sus familias han sido cambiados para proteger sus identidades.