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En este último tiempo, la prensa nacional en sus más diversos formatos y plataformas, no ha parado de difundir informaciones, ciertamente escándalos públicos, caracterizados por lo infame, lo abusivo y lo poco pudoroso. Así hemos visto y escuchado por televisión fragmentos del juicio al cura pedófilo O’Reilly, los pormenores del llamado “caso La Polar”, la especulación con el precio del pollo, el aumento del sueldo de los parlamentarios, en fin, un sinnúmero de hechos, que claramente comienzan a teñir la totalidad de lo social, y a perder su carácter de caso. ¿Qué emparenta situaciones tan disímiles como las antes enunciadas? En lo superficial, nada. Sin embargo, todas estas situaciones han generado una gran escandalera inicial, gran impacto inmediato en la siempre difusa y esquiva “opinión pública”. Además, en general, tienen como denominador común y regla de composición la falta de pudor de las élites políticas y económicas y el desamparo de la mayoría de las muchedumbres.

Pero esta vez, las muchedumbres no sólo pueden intuir que están siendo engañadas, sino que pueden probar públicamente que están siendo engañadas, violadas y, una vez más, pasadas a llevar como siempre. Lo que cambia es que la sociedad aparentemente ha ganado en fiscalización de las desdichas y de los chanchullos, pero, no obstante, mayor pareciera ser impunidad de los mismos. Mismos que no viven precisamente en barrios marginales, sino que en comunas con una excelente “calidad de vida”. Afortunadamente, la miseria humana está igualmente distribuida, diremos como mínimo consuelo.

Efectivamente como conocemos los abusos, como asistimos mediáticamente a ellos, podríamos decir que una sociedad más transparente en el que todo se puede saber, es positiva para la democracia, como suele escucharse por parte de los defensores de su cara actual. Sin embargo, las condenas judiciales, cuando las hay, son mínimas, irrisorias, como si fuera más bien una tomadura de pelo, que aumenta el desdén sobre todo de las víctimas, y renueva el abuso al infinito. El procedimiento es el siguiente: una alta cobertura mediática, una incesante indignación en las redes sociales, una alta dosis de “realidad” que incluye las cámaras de los canales nacionales cuando se lee la sentencia. Luego, en el estudio de TV, la puesta en escena continúa: se invitan a las partes y contrapartes, defensores, empresarios, cercanos a la iglesia, dependiendo del tipo de abuso de que se trate. En cualquier caso la sentencia mediática intenta en esta más entendida “objetividad” equilibrar las opiniones de víctimas y victimarios, como si la monstruosidad del delito fuera menor que la victimización.

En otras ocasiones, los medios captan la histeria colectiva, reproducen concentradamente la indignación pasajera de las personas que, en ningún caso, las llevará a tomarse la calle masivamente, exigir que se “vayan todos”, como se estiló sentenciar en Argentina en una de sus crisis de principios de este siglo. Estamos en presencia de un escenario social hipermediatizado que transforma el abuso en cosa de histeria hipersensible, pero pasajera y cosa del presente, por lo que mañana podemos seguir con la vida, y que vengan otros expoliaciones que serán incorporadas al presente vivido y pensando como puro flujo.

Lo que siempre ocurre es que nos espantamos por cada nueva fechoría como si fuera la primera, levantamos la voz cada vez que vemos un atentado al pudor público, pero nada ocurre. Libres están los victimarios y el país sigue viviendo como si nada, pero indignado y sin una reacción que ponga en tela de juicio el modelo económico y las costumbres poco decorosas de muchos miembros de nuestras élites.

La novedad del asunto, quizás sea ésa: la pérdida del pudor público. Ya no basta que intuyamos y que padezcamos injusticias, inequidades y violaciones de todo tipo por doquier. La gracia de un sistema sociopolítico hipermediatizado es, además, conocer el nombre y apellido del abusador, ya sea empresario, político o clérigo, por mencionar sólo algunos personajes de este escenario. Y, como sabemos quiénes son, no podemos culpar a los medios de crear estas situaciones, pues éstas han acontecido en la materialidad de la vida, preexisten a la tribuna mediática. De otro modo: tales abusos ocurren y ocurrirían sin medios. De lo que sí podemos responsabilizar a los medios en el país (sobre todo la TV, pero también los del duopolio de El Mercurio y Copesa) es de transformar en novedad aquello que es más viejo que el hilo negro y de no contextualizar las injusticias. Y, sobre todo, de interpretar la realidad movilizando prejuicios y exculpando al final del día a los poderosos.

*Doctor en Estudios Latinoamericanos y académico del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile.