El-socio-chileno-de-Bolaño

Roberto Bolaño siempre hacía la broma de que al comienzo, escribía teatro, hasta que llegó Bruno Montané Krebs (Valparaíso, 1957) a molestarlo con el asunto de la poesía, en México. Culpable o no, lo cierto es que han pasado cuarenta años desde que Montané se fue de Chile y recién hace unas semanas, con Mapas de Bolsillo (Tajamar Editores), publicó su primer libro en el país.

Los libros de Montané –entre México y España ha publicado El maletín de Stevenson (1985 y 2013), Cuenta (1998) y El cielo de los topos (2002), entre otros– contienen mucha referencia a los viajes, a la geografía, al espacio abierto, a tomar un bolso y vivir la incertidumbre, a que “El poeta es el cartógrafo de los deseos que cuelgan al borde del abismo”, como escribe en algún texto.

¿Por qué has tardado tanto en publicar en Chile y doce años desde tu último libro?
Porque escribo sin pensar en un libro. Escribo el poema, una y otra vez, veladas versiones que siguen el mismo impulso, como hacía el pianista de jazz Thelonious Monk, cuando explicaba que todos sus temas eran parte de un largo e interminable solo…

Cuando se le pregunta por el país –adonde ha vuelto sólo una vez, en el 2004, como acompañante o “loquero” del poeta español Leopoldo María Panero–, Montané habla de sus años de infancia, una de sus mejores épocas. “Siempre seré un poeta de los rojos atardeceres de La Serena”, dice. De niño creció rodeado de un padre arqueólogo –de familia catalana–, subdirector del Museo Arqueológico de La Serena y de una madre pintora (Helga Krebs), alemana, cuyo taller estaba siempre impregnado del olor del óleo y el cigarro.

Mirando hacia atrás, Montané, tuvo unos primeros años felices, perplejos, alucinados. Su adolescencia, como aquellas que le hacen honor a la palabra adolecer, fue un poco más complicada, dice. Muchas veces tuvo que lidiar con los prejuicios, con la mala onda. De hecho en el barrio Mapocho, donde vivió después en Santiago, debió luchar contra la idea falsa de que era un cuico, como insinuaban los jóvenes del barrio solo porque era alto y rubio.
Empezó a escribir a los quince años por una obsesión adolescente. Leía a Huidobro, a los poetas beatnik, sobre todo a Ginsberg; pero, si se hace estratigrafía, debe confesar que los dos poetas que más le hicieron temblar tempranamente fueron César Vallejo y Saint-John Perse.

Valparaíso, La Serena, Santiago, México, han sido su paisaje de la exploración, de las lecturas y de llevar la literatura a límites de la irreverencia, a lo colectivo de un grupo, como lo fueron los Infrarrealistas, movimiento poético fundado en 1976 en su casa del número 17 de Avenida Argentina, de la capital mexicana. Barcelona, en cambio, es el asentamiento, la madurez, el buscar un lugar definitivo, y allí también le siguió –un año después de su llegada– Bolaño, en enero de 1977.

En la capital catalana ha vivido a dos calles de Las Ramblas, en el último piso de un edificio antiguo pero reformado. Su departamento es pequeño, justo para una pareja, tapizado de libros y las paredes atiborradas de cuadros (muchos de su madre), su saxo y un gran ventanal donde se puede ver parte del museo Macba, del Raval.
A pocos pasos, la mítica calle Tallers 45, escalera B, donde también vivió Bolaño recién llegado de México, en un departamento de quince metros cuadrados, sin ducha y con baños en los pasillos compartidos con todos los vecinos. Hoy esa calle es un lugar de moda, tapizado de muchas tiendas vintage y de música. En la esquina, el Café Cèntric donde a veces va el poeta chileno, cuando el dinero lo permite.

Sin embargo, hace unos meses, Montané ha cambiado el agobio de los turistas –que en Barcelona caen como en otoño las hojas– por la tranquilidad y caída de la nieve en Bremen, donde vive con su mujer alemana, Hilla, y su hijo Paul. El poeta ha tenido que exiliarse económicamente en Alemania, a falta de un trabajo estable en España.

¿Chileno, catalán, mexicano, medio alemán? ¿Cómo te sientes?
Las cuatro cosas, en todas direcciones y modos, contemplando todos los ánimos.

¿En qué trabajas en Bremen?
Corrijo textos para editoriales y doy clases de castellano. Pero el mercado laboral español –y de cualquier país– ha sido siempre una estafa social; la explotación continúa.

RIMBAUD VUELVE A CASA

Dos jóvenes chilenos se cruzan en México D.F., allá por el año 1974. Uno de pelo largo, crespo, desordenadamente juguetón como su carácter. El otro más alto, rubio, y un poco más serio. Roberto Bolaño y Bruno Montané, respectivamente.

Ambos marcados por una vida nómada, años apostando por la literatura como algo vital. Montané, Felipe Müller en los Los Detectives Salvajes –gran amigo de Arturo Belano, el alter ego de Bolaño– en la novela se cita como “su mejor amigo, un tipo muy alto, rubio, que casi nunca abrió la boca y que seguía a Arturo a toda partes”.

En Barcelona, ambos fundaron la revista y más tarde la mini editorial “Rimbaud vuelve a casa”.
–Hacíamos fanzines fotocopiados. Roberto era el mentor intelectual y yo el factótum. Escribía los textos con una Olivetti. Además dibujaba, fotocopiaba. No hacíamos muchos ejemplares y yo le decía “pero, Roberto, esto no llega nadie”. Él contestaba: “No importa, no importa, luego eso va a quedar, acuérdate, va a quedar.”

¿Cómo conociste a Bolaño?
En la puerta misma del edificio donde él vivía. Su dirección me la dio Jaime Quezada –colega del magisterio de la madre de Roberto, Victoria Ávalos– en 1974, antes de viajar a México. En la puerta de entrada del edificio, me encontré a un muchacho a quien le pregunté: “Oye, ¿conoces a unos chilenos que viven aquí?”, y el muchacho, que resultó ser Roberto, respondió “sí, somos nosotros”.

¿Cómo fue evolucionando tu amistad con él?
Siempre muy buena. A veces nos distanciábamos, pero luego volvíamos a reencontrarnos y a sentir como si no hubiera pasado el tiempo. Roberto era muy especial, genial, nos teníamos mucho cariño, pese a nuestras diferencias de carácter, pese a las obligaciones y los equívocos de la fama.

¿Crees que se ha sobrevalorado el Infrarrealismo?
El Infrarrealismo siempre estuvo ahí, con su primera época y su posterior clandestinidad, otra cosa es la lectura de esa aventura a partir de Los Detectives Salvajes, una novela tan genial que casi nadie se ha dado cuenta de que el 80 por ciento es ficción.

Bolaño, en un gesto de admiración, dijo de Montané: “Su poesía está hecha de pinceladas suspendidas en el aire. A veces son solo apuntes, otras veces miniaturas, en ocasiones largos poemas existencialistas reducidos a ocho o doce versos. Su poesía está hecha de sangre suspendida en el aire… Para mí es uno de los mejores poetas chilenos actuales”.

¿Cómo defines el momento actual de tu poesía?
Creo que es rara, que se pelea consigo misma, que es una poesía sobre el lenguaje. Pero siempre intenta asumir un gran respeto por la mente del lector.

En Mapas de Bolsillo hay una voz estoica, ¿y una mirada más extrañada del poeta con la existencia de las cosas?
Creo que es una mirada perpleja y de resistencia a la realidad tal cual como se insiste en hacérnosla aceptar. Una mirada de asombro, y, cierto, quizá es un poco estoica.

¿Algún estilo?
Lo que llamamos estilo no es más que el balbuceo que torpemente intentamos asumir cuando escribimos el primer verso, sin saber nunca si lo hemos conseguido. En cualquier caso, claridad, pero sin caer en la obviedad o el panfleto.

¿Fue muy difícil seleccionar los poemas para Mapas de Bolsillo?
Como siempre escribo poemas sueltos que no incluyo en un libro mental, para estructurar un libro debo poner en juego la pelea que se establece entre los poemas que he escrito durante años. Seleccionar poemas parece una tarea de escritura estructural y, en fin, espero haber hecho la mejor selección. La verdad es que Mapas de Bolsillo se publica exclusivamente gracias a la generosidad e interés del editor.

Se te conoce como un poeta humilde, para nada engreído. ¿Qué hay de cierto?
Yo soy muy engreído y orgulloso, lo que pasa es que no se me nota, ¡ja, ja, ja! Aunque me salga por la tangente, prefiero decir que la poesía debe ser como a los poetas se les ocurra que debe ser, eso ya lo dijo Nicanor Parra mil veces.

¿Cuál es tu relación con la poesía chilena?
Es una relación como lector. Siempre leo conmovido a los poetas chilenos. Intento descubrir el misterio que nos une y nos desune, como creo que igualmente les pasa a todos los poetas chilenos y chilenas entre ellos mismos. La poesía nunca es un asunto nacional, aunque creas que sólo tu tribu te puede entender.

¿Algunos poetas que te gustan de Chile?
Nos gusta el hechizo de las listas, así es que lanzaré nombres al tuntún: Nicanor Parra, Enrique Lihn, Teillier, Maquieira, Claudio Bertoni, Elvira Hernández, Mario Verdugo, Kato Ramone, y Roberto Bolaño, por supuesto.

Por último, ¿te gustaría volver a vivir a Chile?
No es mala idea, me gustaría pasar una larga temporada, pero mi terrible sentido de realidad me grita al oído que por el momento no es posible.