EDITORIAL-582

La derecha se va de vacaciones destrozada. Su estado es calamitoso. Es un ente decorativo en el parlamento, donde al ser minoría sus chillidos parecen un ruido ambiente, como el de las micros que pasan sin que uno se pregunte dónde van. Pero eso no es nada. Carecen, además, de un líder admirable, de una voz siquiera que trascienda el gallinero, y que más allá de los escándalos encarne los valores admirables de la derecha. El pensamiento conservador tiene argumentos de sobra para discutir las ansias transformadoras. Me refiero a la derecha más allá de sus políticos. Pero esta derecha tiene demasiadas deudas que saldar. Llegaron al gobierno de Bachelet en calidad de “cómplices pasivos”, sus referentes religiosos resultaron ser unos degenerados, de aspecto limpio, pero degenerados. Ezzati no ha podido contener la radicación del canon moral en la izquierda de su institución. El cura Medina no es referencia para nadie, Hasbún ya no tiene pantalla. Hasta el Papa les está remando en sentido contrario. El cardenal Errázuriz anda completamente desaparecido. Ahora que avanza la ley de aborto terapéutico, ha guardado el silencio de un embrión. El caso Karadima salpicó a toda esa malla. Por lo bajo quedaron como encubridores de sus abusos. La centro derecha –como prefieren llamarse por puro sentimiento de culpa-, tuvo en la segunda mitad del año, un pequeño aliento en torno a la Reforma Educacional. Los verdaderos interlocutores eran los DC, pero estamos hablando también a nivel de ideas, y entonces la DC representó lo más próximo a sus creencias. El caso Penta, sin embargo, los anuló por completo. Se quedaron sin habla. Alguna vez pusieron el grito en el cielo porque una funcionaria pública repartía fresas en el auto fiscal. En ese tiempo, su celo por la buena administración de los dineros en el Estado era emocionante. Lo acusaban de ser la cueva de Alí Babá, pero ahora resulta que muchos de ellos defraudaban al Estado por sumas inconmensurablemente mayores. Eso de las boletas ideológicamente falsas es una novedad absoluta en sus conciencias. Era un recurso que recomendaban los contadores. Hasta el caso La Polar, apenas existía el concepto de delincuencia en el mundo de la riqueza, y todavía cuesta, porque si algo introdujo la derecha platera que parió Pinochet, es la convicción de que no puede ser malo generar fortuna. Si en la educación se pierde dinero en lugar de ganarlo, estamos ante una estupidez. Y así sucesivamente. No se puede, según ellos, dejar pasar la oportunidad de ganar. El humorista Edo Caroe pidió que se les trate como a los lanzas callejeros. Sus medios de comunicación ya no tienen el control de la verdad oficial. No basta con llamar a Zegers para evitarse malos ratos. Incluso esos de la Concertación con los que habían generado vínculos cercanos y de confianza, ya no tienen el poder de antes. Se sienten acorralados. Cunde en cierta clase social una molestia indecible. Dicen que se están llevando la plata para afuera. Les están desmantelando el sistema y no hallan el modo de frenar el derrumbe. Ena Von Baer se quejó de que los periodistas no la dejaban hablar de educación, porque sólo les interesaba su participación en el caso Penta. El Choclo dijo que la quería ayudar a ella, no a Moreira. Le faltó decir: “por roto”. Un sociólogo habló de la rebelión de los mayordomos. En la petite histoire, el protagonista es Hugo Bravo, el mayordomo de los Carlos. La derecha en Chile, como quedó en evidencia, tiene su sede principal en el living de los millonarios, y hoy no es precisamente en el Estado donde la gente imagina a Alí Babá. No fue el movimiento social el que marchando en las calles haya permitido sacar adelante las reformas de manera tan rotunda: fue el caso Penta. No es fácil que un acusado se imponga como acusador. Ahora se les ocurrió a la derecha que la solución era armar una nueva coalición con los mismos miembros, y pedirle a los ciudadanos que les propusieran un nombre. Hubo uno que prendió como el aceite: “Qué Penta tu Vida”.