Menéndez

A los 14 años y solo, José Menéndez se subió a un barco para probar suerte en América. Había nacido en un hogar pobre en un remoto pueblo de Asturias, al norte de España, condenado a ser un don nadie. Tras desembarcar, vivió dignamente en La Habana y Buenos Aires durante unos 15 años, pero quería más. Así llegó, en 1875, a Punta Arenas. Unas décadas después, la Patagonia era prácticamente suya y su fortuna era, literalmente, incalculable.

Hace unos pocos años, otro asturiano, el historiador José Luis Alonso Marchante, llegó a la Patagonia siguiendo sus pasos. Le intrigaba que un coterráneo suyo, de escasa educación, hubiese convertido aquella tierra de leyenda en su imperio familiar. No sabía que iba a encontrarse con una historia trágica cuyo saldo había sido, entre otras cosas, la desaparición de los selk’nam, habitantes milenarios de una isla cuyas señales de humo –para alertar la presencia de extraños– vio Hernando de Magallanes en 1520, por lo que llamó a esa isla Tierra del Fuego.

“Los selk’nam fueron los últimos en tener contacto con la civilización, porque estaban más retirados de las costas. Hasta que llega precisamente José Menéndez”, dice Alonso, quien revolvió archivos durante años entre Chile, Argentina y España para contar, basándose en los propios testimonios de la época, quién fue y qué hizo Menéndez, El Rey de la Patagonia, como se titula el libro que ya va por la tercera edición. “Un testimonio de gran valor es el de los salesianos, que tenían una misión al lado de las estancias de Menéndez –explica Alonso–. Ellos hacían recorridos y encontraban a los selk’nam muertos con un tiro en la frente. A partir de esos registros me di cuenta de que era un tema realmente trágico”.

Cazados como guanacos
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Desde la experiencia de los propios selk’nam, ¿cómo crees que vivieron la llegada de Menéndez?
Con una perplejidad absoluta. Los selk’nam sabían lo que les había pasado a los otros pueblos y no se exponían, mucho menos las mujeres, porque te puedes imaginar lo que los marineros hacían con ellas. Pero cuando Menéndez instala sus primeras haciendas en Tierra del Fuego, el territorio de los selk’nam de repente se ve surcado por alambradas, lo que provoca el inmediato éxodo del guanaco, su alimento clave. En cambio, aparecen de la nada miles y miles de ovejas, un animal que nunca habían conocido y cuyas pezuñas además destruyeron las madrigueras del cururo, un roedor del que también se alimentaban. Entonces su hábitat cambia completamente. Es como si mañana empezara a desaparecer el Metro, los edificios, los semáforos, los autos y se nos sustituyen por otras cosas. Y era solo el comienzo, porque una vez que empiezan a alimentarse de las ovejas, los colonos empiezan a cazarlos a ellos directamente.

¿Para que no se coman las ovejas?
Claro, eran una molestia. Tenían hambre y nunca entendieron que esas ovejas no eran suyas, porque estaban en sus tierras. Los propios policías argentinos de Tierra del Fuego, cuando les mandaban perseguir a los indígenas, decían “es que no están robando, simplemente usan ese animal para sobrevivir”. ¿Pero qué hacen los estancieros con José Menéndez a la cabeza? Instruyen a sus capataces para que alejen a tiros a los selk’nam y ahí empiezan las primeras bajas, que luego ya se complementan con cacerías organizadas para que desaparezcan de una vez. Tal como cazaban a los guanacos para alejarlos de las estancias, porque se alimentaban del pasto para las ovejas, se hizo con los indios.

Dices que los selk’nam no tenían la noción económica de la propiedad privada.
Para nada, esas culturas compartían los recursos que había. Un ejemplo que pasaba con los selk’nam, pero sobre todo con los yámanas: cuando alguna ballena quedaba varada en los canales y moría en la playa, se hacían inmediatamente hogueras para avisar a todas las familias que había alrededor, para que acudieran al festín. No era “que esta es mi ballena y ha caído en mi territorio”. Entonces no entendían ese concepto de propiedad que habían traído los colonizadores, por lo demás distorsionado porque si algún dueño debían tener esas tierras eran los propios selk’nam.

¿Los selk’nam conocían la guerra entre ellos?
Bueno, la historia oficial tenía que dar una explicación a la desaparición de los selk’nam y se dieron dos: una, defendida sobre todo por un nieto de Menéndez, decía que sucumbieron por su “miserable contextura física”, así textual, por causas fisiológicas. Se olvida el historiador que llevaban 10 mil años viviendo ahí con absoluta normalidad. Y otra causa muy citada es que se exterminaron entre ellos. Pero la violencia entre los selk’nam aparece cuando los recursos desaparecen. Ellos se distribuían en los haruwen, que eran territorios familiares, y solo entraban al haruwen vecino para temas rituales y de convivencia. Pero claro, fueron siguiendo a los guanacos cada vez más escasos, se empezaron a encontrar y hubo roces entre ellos, que no justifican para nada su desaparición.

En tu libro hay muchas escenas que reflejan el nivel de brutalidad que llegó a existir.
Sí, muchísimas. Un caso especialmente trágico fue cuando el gobernador de Magallanes, Manuel Señoret, medio espoleado por los terratenientes Menéndez y Braun, organizó una “cacería de indios” de varias semanas y capturaron a casi 200 selk’nam, casi todos mujeres y niños porque los hombres se resistían y los mataban. ¿Qué hizo Señoret con esos 200 selk’nam? Los llevó a Punta Arenas y organizó un remate de indígenas, donde se repartió indiecitos a las familias que los quisieran. Los relatos son realmente sobrecogedores: todas esas familias en un galpón, los niños llorando, cómo se los arrancaban a sus padres… No podemos ver algo que sucedió hace 125 años con ojos de ahora, pero todo esto fue criticado en ese momento y no solo por los salesianos, sino también por policías, militares, periodistas…

¿Los selk’nam intentaron dar la pelea?
Muy poco, tenían arcos y flechas y los otros tenían rifles de repetición. Además, otra estrategia para sacarlos del medio fue llevarlos a las misiones salesianas, la primera de las cuales se estableció en la Isla Dawson. “Es el modo más barato de deshacernos de ellos, más corto que dispararles”, decía en una carta Mauricio Braun, yerno y socio de Menéndez. Como tenían hambre, los atraían a esas “reducciones” dándoles alimento. Pero eso fue también su final, porque vivían hacinados y ahí se propagaron, o les propagaron los propios misioneros de manera involuntaria, infecciones: tuberculosis, tisis, y desaparecieron rápidamente. Luego los últimos grupos ya se van hacia el interior –porque acercarse a las tierras ganaderas implica la muerte– y terminan en el centro de Tierra del Fuego, en la zona del lago Khami, donde desaparecen los últimos. De los entre 3 mil y 4 mil que había cuando llegan los colonizadores, hacia 1920 quedaban 100.

Sobre eso, hablas de un registro muy triste que encontraste en el archivo de los salesianos de Buenos Aires.
Me impresionó muchísimo. Era una hoja en la que ellos iban anotando, a medida que iban muriendo los indígenas en sus misiones, una línea por cada fallecido. Y en los arcos de edad de 0 a 5 y de 5 a 10 años, hay más de 380 rayitas, niños que morían allí. Es estremecedor porque en esa hojita del 1900 realmente se estaba documentando el final de un pueblo entero.

Dueños de todo
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¿Cómo podríamos dimensionar el imperio económico que levantó Menéndez?
Si quisiéramos traducirlo a dólares actuales, es imposible, no puedes calcularlo. Llegó a tener más de un millón de ovejas, que necesitan casi dos millones de hectáreas para pastar; todas las tierras de la Patagonia y Tierra del Fuego aptas para la ganadería, eran suyas o de sus grupos familiares, que se cruzaron entre ellos económica y familiarmente y eran los propietarios de todo, pero de todo.

¿Cuánto se demoró Menéndez en construir su imperio?
Casi una vida. Él llegó en 1875 a Punta Arenas, que todavía era una colonia penal de dudosa prosperidad. Empieza ahí con un pequeño comercio y antes de terminar el siglo ya era el gran terrateniente. Y cuando se muere en 1918, ya ni siquiera vive ahí, sino en palacios de Buenos Aires, tenía su propia línea de navegación, compañías de seguros, bancos, edificios, viajaba a Europa normalmente…

En el libro desmitificas la figura del pionero visionario, dices que era un tipo más bien mediocre.
Claro, no es una idea mía, el escritor argentino Ernesto Maggiori dice que no fueron hombres excepcionales: lo excepcional fueron las circunstancias, el lugar y el momento. Si Menéndez hubiera ido a Nueva York iba a tener un par de cafeterías, pero ese imperio solo es posible ahí y en ese momento, ni 50 años antes ni 50 años después. Fueron gente normal que supo mover muy hábilmente sus contactos. Cada vez que nombraban un gobernador nuevo en Magallanes, iba a Punta Arenas y decía “cómo es posible que tres o cuatro personas tengan todas las tierras en su poder”, pero inmediatamente los hacían cambiar de opinión. Piensa que un momento cumbre en la historia de Punta Arenas es el Abrazo del Estrecho en 1899, cuando los presidentes Roca y Errázuriz llegan a a firmar el tratado de límites entre Argentina y Chile. Bueno, esa noche Roca durmió en casa de Menéndez y Errázuriz en casa de Braun, el yerno de Menéndez. Así lograban las tierras saltándose toda la legislación que existía.

¿Alguna vez encontraste algo de Menéndez, quizás entre sus cartas, donde él se cuestionara lo que había hecho?
No, todo lo contrario, siempre tuvo un desprecio por los demás. Y con “los demás” no me refiero a los indígenas, que para él no eran ni personas, sino a los chilotes por ejemplo, que eran los jornaleros de sus estancias en condiciones laborales terribles. Y eso no lo digo yo en el año 2015, lo dicen los que visitaron las estancias de Menéndez en 1890 o 1900. Años más tarde los jornaleros se rebelaron pidiendo condiciones básicas y sencillamente los mataron.

Pero el imperio de Menéndez también tuvo su final trágico.
Sí. Cuando murió su esposa, sus hijos le pidieron la parte de la herencia que les correspondía y él se negó. En el libro cito sus propias cartas donde se niega a repartir ni un céntimo con sus hijos. Pero sus ocho hijos amenazaron –los cinco varones más los tres yernos, porque las hijas mujeres no tenían voz ni voto– con litigar con él, y las leyes los favorecían. Así que lo obligaron a partir el imperio y una vez que hicieron una sociedad familiar, lo apartaron de la dirección de sus negocios. Él, que en Punta Arenas construyó su palacio con una torre para ver cómo llegaban sus barcos, es relegado en vida por sus propios hijos. Eso le dolió especialmente.

El lavado de imagen
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Cuando estuviste en Punta Arenas, ¿cómo había permanecido Menéndez en la memoria histórica de la gente?
Es un tema muy interesante, porque una vez que él murió, los mismos hijos que le disputaron su fortuna organizaron todo un apuntalamiento de su memoria, y ahí es donde aparece el mito del pionero. Toda la historia oficial de Magallanes parecer girar en torno a esos pioneros clarividentes que repartieron la riqueza a manos llenas. Uno camina por las calles de Punta Arenas y se encuentra con ese mito.

El apuntalamiento funcionó.
Pero a nivel oficial, porque luego hablas con la gente común y es más ajena a esa historia. Y en el lado argentino directamente son militantes en contra de esos mitos. A nadie en Río Gallegos se le ocurriría ponerle “José Menéndez” a una calle, mientras que Punta Arenas la tiene y es de las más importantes. La puso en la época de Pinochet un nieto suyo, Enrique Campos Menéndez, que estaba al frente de la DIBAM y fue Premio Nacional de Literatura. En el centro de Punta Arenas solo hay una calle muy pequeñita a nombre de una mujer, se llama Julia Garay, una maestra, y todo lo demás son los grandes prohombres, próceres. Esa memoria me sorprende mucho.

El daño a los selk´nam es irreparable, pero pensando en otros pueblos originarios, ¿le das un contexto de actualidad a esta historia?
Por supuesto, y cada vez más gente se da cuenta de que esa herencia originaria es un valor positivo para una nación y no una incomodidad. Los australianos, por ejemplo, hoy nacen sabiendo que una parte muy importante de su país viene de ahí, que se mezcla entre los aborígenes, los ingleses, los que vinieron de Singapur y que todo eso los hace un pueblo grande, diverso. Menéndez tuvo un empleado que se llamaba Alexander McLennan, allá lo conoce todo el mundo porque era el mayor asesino de indios y él mismo se jactaba de ello. Yo contacté a un bisnieto suyo que me decía que, aunque es duro decirlo, lo que hicieron Menéndez y McLennan permite que hoy en Tierra del Fuego no haya los problemas que hay en otros lugares: ya no hay indígenas, ya no hay reclamos. Es bastante sorprendente. El descendiente de los cazadores de indios se congratula de que hicieron muy bien su trabajo.

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MENÉNDEZ, REY DE LA PATAGONIA
José Luis Alonso Marchante
Catalonia, 2014, 351 páginas