Adelanto del libro de conversaciones íntimas con Carolina Tohá, parte dos: “Yo pasé por unas situaciones bien graves de abuso sexual”
En el segundo adelanto del libro "La política se metió conmigo", Carolina Tohá conversa con Daniel Hopenhayn sobre haber sufrido abusos sexuales reiterados cuando niña, entre los 11 y los 13 años, por un adulto de su entorno. En el capítulo titulado "México: las capas del exilio", la exministra repasa el trauma y afirma: "Nunca más permití que ningún adulto me dijera cómo tenía que relacionarme con los hombres. Nunca más".
Por The Clinic 3 de Mayo de 2026
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—Durante esos años de exilio en México (1974-1979), ¿era consciente de pertenecer no solo al Chile de los exiliados, sino además a una élite político-cultural?
—Sí. Porque además de ser parte de esa élite por el lado chileno, allá conectamos mucho con esa élite mexicana. Como el tema de Chile los comprometió tanto, mucha gente nos invitaba a cosas, nos llevaba a sus casas. Personas que en México tenían roles relevantes y que vivían en unas casonas antiguas, con colecciones de arte, todo de una envergadura muy mexicana. Entonces mi mamá fue armando una red bien grande de relaciones. Entre otras cosas, se hizo muy amiga de García Márquez.
—Y por lo que ella cuenta, García Márquez se encariñó mucho con usted y su hermano.
—Sí, compartíamos harto con ellos. Íbamos a su casa en Ciudad de México y el fin de semana a su casa en Cuernavaca. Nos bañábamos en su piscina, él en un flotador y nosotros tirando agua. O sea, mi relación con él fue en versión tío chacotero. Y mi mamá siempre trataba de que yo conociera y escuchara a esas personas que ella tenía cerca. Cuando hacía reuniones en la casa me pedía que estuviera, que escuchara. La primera vez que Joan Manuel Serrat fue a tocar a nuestro colegio, lo invitó a la casa. Yo fui a mirarlo, estaba conversando con los adultos en el living, y me dejó tan impresionada, porque él se sentó en el piso con las piernas cruzadas. ¡Cosa que ningún chileno famoso hubiera hecho en esa época! Encontré fascinante que este señor se sentara en el piso.
—¿Y tenía algún complejo de privilegiada? ¿O no se estilaba por entonces?
—No, no tenía ningún complejo. Sí era muy consciente de tener oportunidades excepcionales, de que la misma tragedia que llevaba a cuestas nos había dado acceso a personas que ocupaban posiciones extraordinarias, que eran interesantes. Pero también sentía que esta pertenencia implicaba responsabilidades. Por ejemplo, en esos años iba a las escuelas de formación de los Pioneros por el Socialismo, en la Casa Chile, y realmente me tomaba muy en serio esas cosas.
—Cuando hablamos de eso, me pareció que más bien le daba risa.
—¡No! Ahora me da risa que a uno lo lleven a los once años a una escuela política, pero en ese momento era muy en serio. Una vez, por ejemplo, fui a un campamento de tres semanas en Cuba, donde conocí a Fidel Castro, y yo era la abanderada de la delegación chilena. Esos festivales de pioneros que se hacían en Cuba eran un acontecimiento, porque iban pioneros de todo el mundo: de países del Este, africanos, sudamericanos… Dormíamos en unos galpones con niñas de todos los países, la mayoría más grandes que yo, y me acuerdo de mirar a unas niñas búlgaras, así impresionantes… Eso de estar con niños más grandes, de países que para mí eran exóticos, fue de alto impacto.
—No recuerda como algo insano, entonces, esas escuelas de formación para niños.
—O sea, visto desde hoy, no es presentable, pero fue un espacio muy contenedor para nosotros. Nos ayudaba a sentirnos conectados con la historia de la que veníamos, que se había cortado tan abruptamente. Era una proyección de esa historia política en espacios que estaban pensados para cabros chicos. Y para nosotros no existía la opción de ser niños ajenos a la política, porque nos había pasado por encima. Entonces, todas esas preocupaciones y preguntas, por qué pasa esto, en qué mundo estamos, quiénes son los buenos, quiénes son los malos, ahí encontraban cómo canalizarse.
Ahora, esa época del exilio en México también fue muy marcadora por otra cosa de la cual no voy a hablar mucho, porque todavía no puedo. Pero en esa época yo pasé por unas situaciones bien graves de abuso sexual. Que significaron otra serie de situaciones muy intensas, porque me pusieron en una crisis muy grande, caí en unos estados de ánimo muy complicados que me llevaron al psicólogo por primera vez. No fui al psicólogo cuando murió mi papá, pero tuve que ir cuando me pasó esto. Y fueron cosas bien hirientes que no las puedo contar completas todavía. No por mí, ni menos por el abusador. Yo lo contaría sin problemas, pero afectaría a otras personas que no tienen por qué ser afectadas. Ya lo podré hacer, en algún tiempo más.
—¿Prefiere que no hablemos más sobre esto?
—Mejor. O quizás sí puedo hablar un poco más, pero no puedo contar los detalles, quiénes, cómo. Pero sí puedo decir que fueron situaciones reiteradas —aunque no hubo violación— y que fueron con una persona cercana, con la que se compartía este mundo político, y que por lo mismo fueron muy decepcionantes, muy lacerantes. Porque no fue con alguien que iba pasando por la esquina, sino que era parte de esta comunidad con la que compartíamos esta historia de venir de Chile, con todos estos dolores, y que terminó abusando sexualmente de mí.
—¿A qué edad le pasó esto?
—Yo tenía… Es que no fue una sola vez. Pero entre los once y los trece años.
—¿Y la persona que abusó?
—No, un hombre mayor. Ya no vive.
—En ese tiempo, para una niña no había ninguna conversación a la mano sobre abusos sexuales, ni nada que ayudara a orientarse. O sea, yo ni siquiera había escuchado hablar de algo así, nunca.
—Un tema como este no existía. Pero cuando pasa, uno inmediatamente siente que algo está muy mal. Es decir, entendía que yo era una niña y no correspondía que este señor, que era un adulto, que tenía un vínculo con nuestra familia, tuviera una cosa sexual conmigo. Pero era una cosa como deducida, no porque alguien me lo hubiera dicho, o hubiera visto una película, o escuchado un testimonio, nada.
—¿Y de qué se valió para procesar lo que le estaba pasando?
—Bueno, se procesó porque empecé a tener múltiples síntomas de inquietud, de tristeza, lo que me llevó al psicólogo. A la psicóloga, en realidad, una psicóloga argentina. Y eso fue importante, porque permitió hablar del tema y también permitió hacerse cargo de todo lo que había generado alrededor mío. Porque yo, al no saber cómo decodificar este problema, me empecé a enrollar con todo, no sabía si quería seguir en mi colegio, se generó mucho ruido en mi entorno y en las decisiones que se tomaron en la familia en ese periodo. Pero, la verdad, no sabría decirte en qué momento esto se terminó de procesar.
Creo que fue cuando empecé a hacer mi propia vida de joven, a tener mis propias relaciones con hombres y a vincularme sexualmente de una manera sana. Pero también fui descubriendo con el tiempo, y lo seguí descubriendo hasta muy grande, que para muchas mujeres, me atrevería a decir que la mayoría, la primera interacción de tipo sexual es una experiencia violenta, condicionada por un hombre más grande que quiere contigo algo que tú no quieres en lo más mínimo con él. O bien son abusadores, como me tocó a mí, o bien son los exhibicionistas en el transporte público, los toqueteos… En México, aparte de que me pasó esto, yo tuve varios incidentes sexuales. De abuso, de huevones que te muestran cosas, que se masturban delante de ti, que te toquetean, que te persiguen. Y me pasó todo en el mismo periodo, el de la pubertad. Entonces, bueno, al comienzo fue clave tener el apoyo de una psicóloga, y después, con el tiempo, seguir uno madurando su cuento y armando una manera más sana de relacionarse para adelante. Yo me siento bastante liberada de esa historia, en realidad. Creo que la pude superar bien.
—¿En algún momento sintió que esto podía truncarle una parte de la vida, que iba a marcar su manera de relacionarse con otros?
—Es que hubo muchos miedos, pero que también iban por otros lados. Hay detalles en los que no puedo entrar.
—Se lo pregunto porque no da la impresión de haber crecido con un rechazo hacia los hombres.
—No, pero nunca más permití que ningún adulto me dijera cómo tenía que relacionarme con los hombres. Nunca más.
—¿Pero nada de esto se tradujo en tenerles miedo a los hombres?
—No se tradujo en tenerles miedo a los hombres de mi generación. Pero sí en desconfiar de las enseñanzas de los adultos y de sus cánones y de sus reglas. O sea, les hice la cruz a los adultos en esta materia. Y como esto me pasó en la fase final de México, al volver a Chile llegué a un ambiente juvenil que me pareció harto más confiable que el de los adultos para hablar de estos temas.
—¿Cuál era ese ambiente?
—El de mis compañeros de colegio (el colegio Francisco de Miranda). Porque llegué siendo ya una adolescente, que es cuando empieza el interés en estos asuntos. Y en la conversación con mis pares encontré un espacio que me daba más confianza, donde se podía hablar con naturalidad. Era una cultura casi contrapuesta a la que había visto en los adultos, que hablaban de estos temas como entrecortado, perseguidos, diciendo sin decir, insinuando sin atreverse a nombrar. No, los califiqué muy pronto como una generación que no tenía nada que decirme en este terreno.

—¿Y esto también influyó en que fuera una adulta un poco prematura, que desde chica decidía todo por sí misma?
—Sí, influyó. Pero tuve suerte, porque en Chile caí en un espacio donde había una apertura y un sentido de respeto que no era habitual en esa época. O sea, si yo con esa misma mirada, no pescando a los adultos y teniendo como referentes a mis pares, hubiera caído en un ambiente juvenil más convencional del Chile de la época, lo podría haber pasado muy mal. Valoro harto haber caído donde caí, la verdad.
[Pág. 74-79]
—Ahora sabemos que las menores abusadas puertas adentro han sido miles y miles, pero no por eso es más fácil de entender. ¿Le perturba lo que pasa en la mente masculina?
—Sí, me perturba mucho. Ya tengo totalmente asumido que esto existe y que es más común de lo que nunca hubiera imaginado, pero sigue siendo una cosa muy perturbadora. O sea, ¿cómo llega a darse ese tipo de relación de los hombres hacia las mujeres, que con tanta facilidad vulneran la intimidad de otra persona, que es además una niña? Yo creo que ahí hay una clave muy importante respecto de cómo funciona el universo cultural del machismo. Y que tiene mucho que ver con el sexo, con cómo se ha interpretado el sexo. Bueno, de ahí vienen muchas cosas más.
—Esa es casi una interpretación optimista, porque la otra es que la explicación sea más natural que cultural.
—Sí, pero yo creo que la cultura modela todas las conductas. También los seres humanos, por naturaleza, tendemos a vengarnos, pero la gente no se anda vengando, no anda haciendo justicia por mano propia. Y nadie me va a convencer de que el impulso sexual es más fuerte que el afán de venganza que tiene alguien cuando otro lo daña. Ese instinto es totalmente natural, te tocan y tú respondes. Pero uno aprendió a no responder, porque la cultura te ha enseñado, te ha modelado. Entonces, incluso si fuera un impulso natural, que se lo dejo a los biólogos, es impresionante que la cultura no pueda modelar eso. En una sociedad donde, se supone, los niños son sacrosantos. No, lo encuentro muy impactante. Creo que la única razón por la que eso sobrevive es porque en la cultura esto no se ha asentado totalmente. Si se hubiera asentado, esas conductas estarían más inhibidas, más controladas.
—Pero, hablando o no de su caso, ¿cree que el hombre que se permite esa conducta no es consciente del daño que le está haciendo a esa mujer o niña, o que sí es consciente y no le importa?
—No, mi opinión respecto de eso, pero de otras muchas cosas en la vida, es que el ser humano, cuando daña a otro, encuentra la manera de contarse un cuento en que asume que no lo está dañando tanto. Es un ser con una capacidad infinita de adaptar su pensamiento a sus intereses, con una creatividad y una sofisticación que llegan a ser muy sorprendentes. Y eso en todas las cosas de la vida. O sea, tener alguna capacidad de tomar distancia de tus intereses, y de juzgar tus actitudes sin que tus intereses te condicionen, es como el nivel más alto de la civilización, diría yo. Pero como estamos muy lejos de eso, creo que muchos hombres ni siquiera se hacen esa pregunta. Encuentran que esto es un poco cariñoso, que igual es una demostración de interés, no sé, se contarán qué cuentos, pero te aseguro que se cuentan un cuento. La diferencia es que ahora hay una reacción de la sociedad, y eso sí lleva a hacerse preguntas. Hoy en día la mayoría de los hombres que tienen estas conductas se dan cuenta de que esa cuestión no está bien, que va a haber un problema, que van a ser denunciados o apuntados con el dedo. Pero por mucho tiempo esto moría en el silencio, en un silencio generalizado, y no había ninguna conciencia de estar causando un daño. La persona que abusó de mí, yo creo, nunca tomó ninguna conciencia de nada. O sea, de hecho, tuvo muchas conductas que demuestran que nunca tomó ninguna conciencia. Aun cuando era una persona de la que, teóricamente, uno esperaría alguna reacción. Pero nunca llegó a dar ese paso.
[Pág. 80-81]




