Adelanto-de-Milagro-en-Haití

Expulsar ese ratón de su entrepierna

Carmen Prado, una chilena de la antigua clase alta, acaba de practicarse una incierta cirugía estética en Haití. Convalece al cuidado de una abnegada cocinera negra y transmite sin mucho filtro lo que pasa por su cabeza, mientras afuera cunde la violencia. Son algunas coordenadas de la nueva novela de Gumucio. Aquí un fragmento.

—¿Eso es todo? —Inspecciona la cocinera el tajo en el vientre, la bolsa de la que gotea un líquido blanquecino, un campo minado, un jeroglífico que nadie puede leer, los restos de una construcción que los obreros dejaron abandonada—. Una sirena, es una sirena. —Se ríe.
Quiere decir sílfide. Se equivocó, se da cuenta de su error, por eso se ríe tanto, y ahora sonríe con ella Carmen Prado.

—Una sirena. Mire, la dejaron convertida en una sirena. —Y vuelve a reír con más ganas.

Una sirena, evalúa Carmen ahora su cuerpo desnudado a la fuerza por esta negra de mierda que no respeta a nadie. Su cuerpo en perspectiva, sus senos relativamente decentes después de que sus tres hijos los chuparon hasta que les dio puntada, y que resaltan más sin el bulto del vientre donde se perdían antes. La cicatriz no tiene nada de discreta, sí, parece tejida con hilo de marinero, por eso lo de sirena quizás, porque toda ella parece atrapada en las mallas de un remolcador.

Las estrías de los partos borroneadas, pero todavía ahí, las venas azules en su lugar, su ombligo chuponeado por alguna máquina extraña, su vientre arrugado de otra forma que la que ya conocía, separado en dos y vuelto a coser gracias a un broche de marino, como líneas que no llegan a ninguna parte; una intervención, una versión de sí misma, una Carmen Prado que quedó apretada y asustada bajo las suturas.

Le sorprende sin embargo reencontrarse con su pubis bajo la cintura. Tan negro, tan salvaje, tan antropológico como no lo recordaba, los pelos locos, la champa negra, ese ratón despeinado, tan poco elegante, tan poco señorial, tan ridículamente ganoso que le impide ser una estatua, un cuadro renacentista, una sirena como dice la Elodie. Su sexo como un ojo sin pupilas que casi no existe si junta sus rodillas, que se abre como un pantano si las abre, si se abre, ese error, ese horror de estar todavía hoy disponible, de poder sudar, mojarse, expulsar sangre, fetos, olores a pescadería ambulante, de ser todavía esa cosa que debía haber aprovechado de clausurar a cal y canto en la operación, dejar esterilizado químicamente, limpio, imposible, su sexo que ya hizo todo lo que tenía que hacer.

Ya no tengo edad, ya no tengo hijos que parir, Rita, ya no tengo con quién, ya no tengo por qué cargar con esa herida, con esa traición que se desangra, que se delata, que saca a la luz puras cochinadas inservibles. Eso quiso, se da cuenta Carmen Prado, operarse de su sexo, expulsar de su curva de sirena ese ratón que se refugia en su entrepierna, limpiarse de esa mancha que siempre deja huellas, que siempre traiciona cuando los perros hambrientos buscan entre los muebles a la fugitiva que siempre le toca ser. Un ratón que asoma su cabeza al fondo del desagüe. «¿Cómo no te dan miedo los ratones?», le preguntaban su mamá y sus compañeras de curso, como si no fuese suficientemente mujer, como si esa fuese la prueba final de su sexo, tenerles miedo a los ratones y confianza a los gatos o los perros. ¿Por qué? Esa pregunta que desesperaba a todo el mundo a su alrededor. ¿Por qué tendría que tener miedo si son solo conejos más feos, animales que tienen la mala suerte de tener el pelo gris y comer mierda?, razonaba Carmen Prado de niña. ¿Por qué ser feo tiene que ser malo? Tienen miedo, más miedo que nosotros esos ínfimos ratones perdidos en el desagüe de su casa en Pittsburgh, ¿te acuerdas, Rita?, al lado de la fábrica de salchichas que los expulsaba por miles. A mí son los pájaros los que me dan miedo, Rita. Todo lo que está en el suelo es como nosotros, todo lo que busca, todo lo que se alimenta de restos, todo lo que se disculpa es nuestro amigo, nuestro hermano. Los pájaros no nos conocen, los pájaros nos desprecian, los pájaros pasan por encima de nosotros, los pájaros roban uva del plato que se queda en la ventana, los pájaros arrancan la tripa del cordero asado que dejaron solo en el campo. Le sacan los ojos al viejo borracho que se queda dormido sobre el pasto quemado.

—¿Y eso, madame? —Y Elodie levanta una bolsa quirúrgica que hunde un tubo en la cicatriz fresca—. Ah, es para el líquido que sale de adentro de usted. Unas gotitas blancas. —Las ve derramarse despacio al fondo de la bolsa transparente—. Qué divertido, señora, es como un jugo que sale de usted.

—Deja eso, no me toques, no seas falta de respeto, no soy ningún juguete, qué te has imaginado. Cúbreme, por favor, cúbreme ahora. —Tiembla entera de un gigantesco escalofrío, que intenta refrenar entremezclando los dedos de los pies.

—La abrieron de arriba para abajo, madame, pero quedó linda la herida. Grande pero limpia la herida. La señora Colette sabe hacer su trabajo.

—¿Qué sabes tú? —Logra por fin arrancarle los cobertores y cubrir su cuerpo tembloroso—. ¿Desde cuándo sabes de medicina tú?
—Lo hago por usted, madame. El señor Niels me mandó a cuidarla. El señor Niels me puede matar si no la entrego caminando como antes.

—No me vengas con el señor Niels ahora, tú lo único que quieres es burlarte de mí. A eso viniste, a reírte de mí en mi cara. ¿Qué es eso? —le muestra una metralleta parada sola en un rincón de la pieza, como una guitarra de campamento estudiantil.

—Es de Lucien.

—¿Quién es Lucien? —La idea vaga de algo que no está segura de recordar.

—El niño que nos cuidaba. ¿No se acuerda? Usted le dijo que se fuera, señora. Estaba asustado el pobre Lucien, no sabía qué hacer con los disparos por todos lados, usted le dijo que se fuera a su pueblo de vuelta.

—¿Y dejó eso aquí? —Mira horrorizada el arma, que le parece absurdamente pacífica parada en su rincón.

—No se preocupe, no tiene balas. Es solo para que ellos no crean que estamos desarmadas.
—¿Quiénes son ellos?

Y ve palidecer y luego enrojecer la cara incómoda de la cocinera, que no para de desarrugar nerviosamente las colchas para envolverla más en ellas.

—¿Qué pasó aquí, Elodie? ¿Cuánto tiempo estuve dormida? ¿Un año? ¿Un mes? Dime todo, no me mientas. Ya pues, ¿qué pasó aquí?

—No se preocupe, madame, yo los conozco. No quieren problemas, están aquí porque no tienen adónde más ir, mientras no los molestemos no nos van a molestar tampoco.

—Pero, ¿quiénes son?

—Los chiméres —baja la voz Elodie, indicando con la mano hacia la primera planta de la casa.
¿Los chiméres? Los partidarios más fanáticos de Aristide, recuerda de pronto Carmen Prado. Los chiméres, los salvajes, los temidos milicianos del Presidente Aristide, de los que todo el mundo habla pero que ella nunca ha visto, hasta ahora. Un nombre tan viejo, tan raro aquí, lejos de las cenas entre diplomáticos preocupados por la marcha del país. ¿Qué hacemos con el cura Aristide? Está loco, no obedece a nadie más que a su esposa norteamericana, black panter tanto o más fanática que él. Los chiméres, y los soldados descolgados del ejército, los ex tonton macout con que siempre hay que contar, cientos de cuerpos sin nombres que empujan los muros de la prisión hasta que se derrumban, que queman cuadras enteras en el centro, que están esperando siempre una traición, una decepción para atravesar el pasto verde del palacio presidencial, su cúpula tan blanca como un pastel en una vitrina y las nubes redondas y celestes y el mar también celeste.