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Mirna Salamanca Astorga vive en una casa espaciosa en La Florida. Gran parte del día lo pasa sola. Dice que nunca se aburre. Lee, ve tele, está con sus animales. Los días más agitados son cuando toma el colectivo que la lleva a la casa de la memoria José Domingo Cañas para participar de reuniones. En esa agrupación, hasta hace un par de meses, trabajó como observadora de Derechos Humanos.

A muchos de esa organización los conoció tras la detención de su hijo Ricardo Palma Salamanca, condenado a cadena perpetua por asesinar al senador Jaime Guzmán en abril de 1991. Sólo cuatro años alcanzó a estar preso, antes de escaparse en un canasto artesanal elevado por un helicóptero, en lo que se denominó el Escape del Siglo.

Ricardo Palma fue vital en la planificación de esa acción. Junto a Mauricio Hernández Norambuena (Ramiro), su compañero de celda, dibujaron los planos de la cárcel y escribieron informes de las rutinas de los gendarmes. Mirna siempre tuvo clara la cercanía del comandante Ramiro con su hijo. De hecho, cuando en 2002 Ramiro fue detenido en Brasil, Mirna participó de las asambleas de Derechos Humanos para conseguirle facilidades y el traslado a una cárcel en Chile.

La semana pasada se conoció la noticia de que a Hernández le reducirían la condena de cadena perpetua a 15 años y un día, lo que facilitaría su extradición. “Jamás pensé que podría ocurrir eso. Cuando vi la noticia me alegré mucho. Lo principal es que esté un poco más cerca de su familia”, reconoce la mujer. Un proceso que no es posible para su hijo. “Ramiro no mató a nadie. Era el autor intelectual. Mi hijo mató a tres”, dice en un tono sereno.

Cada vez que Mirna recuerda a su hijo, lo hace con tranquilidad. No demuestra tristeza.

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Año 1987. La lucha contra la dictadura era intensa y Mirna ya se había involucrado mucho más de lo que imaginó. Era militante del Partido Comunista desde mediados de la década del 60, pero su época más intensa la estaba viviendo ahora. Con la separación entre el Frente Patriótico y el Partido Comunista ocurrida ese mismo año, la mujer optó por seguir ayudando al Frente.

Ricardo por ese entonces tenía 18 años y cursaba cuarto medio en el mismo colegio en el que ella hacía clases de educación física, el Latinoamericano. Ricardo iba al colegio, pololeaba, sacaba fotografías, se juntaba con amigos. Vivía con su madre, aunque en una semana promedio, sólo llegaba a dormir un par de veces. El resto de los días se quedaba en casa de su polola o en otro lugar incierto.

Un par de veces Mirna Salamanca sintió que la seguían, pero prefirió no darle importancia. “Elegí vivir con la mente tranquila”, asegura. Un día de marzo de 1988 llegó a su casa y una vecina le avisó que la fueron a buscar dos hombres con trajes formales. Se preocupó. Le pidió a su hija Andrea que la acompañara a la Fiscalía para saber qué estaba pasando.

“Ahí me interrogaron desde tres de la tarde a diez de la noche. Se sabían toda mi vida. Mi trabajo, mi familia, las veces que me cambié de casa”, recuerda. Al día siguiente fue a la Vicaría de la Solidaridad. El consejo, que pareció una orden, fue rotundo: debía irse de Chile.

Ella no quería, pero la abogada que tomó su caso le hizo ver que con sus 50 años una cárcel sería devastadora. Eso la impactó. Le tenía miedo a ser encarcelada. Aceptó irse.

En junio de 1988 la Vicaría le tenía lista la visa y dos pasajes a Suecia: uno para ella y otro para Ricardo. Apenas supo la noticia le pidió a su hijo que se juntaran. Se sentaron a conversar en el living de la casa. Cuando le contó, Ricardo le respondió fuerte y claro: “me dijo que no se iría por ningún motivo. Que muchas gracias, que me cuidara, pero él se quedaba”.

Ese fue el momento preciso que encontró Mirna Salamanca para lanzarle a su hijo una pregunta que había aguantado por varios meses: “¿Eres parte del Frente?”.

Ricardo Palma la miró seriamente. A los pocos segundos le dijo que sí, que estaba participando pero que no se dedicaba a las acciones más importantes. La madre confirmó su presentimiento. Pero ya no había vuelta atrás, a los días tomó el avión y se fue de Chile.

Su hijo, lo supo después, no estaba a cargo de acciones menores en el Frente. En junio de 1989 -un año después de esa conversación con su madre- Palma asesinaría al cabo Roberto Fuentes Morrison, el Wally. En mayo de 1990 haría lo mismo con el coronel Juan Fontaine Manríquez, en abril de 1991 dio muerte a Jaime Guzmán, y fue parte del grupo que secuestró a Cristián Edwards .

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Mirna Salamanca Astorga creció en Barquitos, en una pequeña casa destinada a los obreros de una empresa minera, levantada cerca de la playa. Sólo tenía una pieza donde dormían todos los hermanos. En el living se acostaban los padres.

Su hogar no tenía baño. Para hacer sus necesidades, la gente del lugar debía caminar hasta una larga construcción de cemento destinada para el uso común. Los desechos corrían por una canaleta a la vista de todos. Mirna, de solo 4 años de edad, le suplicaba a su madre no ir a ese lugar porque lo odiaba. La solución que encontraron fue usar una bacinica en la casa y llevar los desechos a la construcción de cemento. Conoció un baño por primera vez después de los 8 años de edad.

En medio de todo eso, el hermano de su madre, su tío Óscar Astorga, se transformaba en un escape. Cuando llegaba, Mirna cambiaba de ánimo. Lo abrazaba. Astorga le hacía cariño y le preguntaba por su rendimiento en el colegio. “Lo veía como alguien grande, que estaba muy claro en lo que quería, que sabía mucho” cuenta. Óscar era sindicalista. Conversaba seguido con el padre de Mirna para hablar de los temas del sindicato. Ella, escondida de los adultos, escuchaba sus conversaciones. En ese tiempo, no entendía bien por qué su tío hablaba de injusticia, de que la empresa no daba lo que merecían los trabajadores, de lucha, de “gringos de mierda”.

A los 10 años, Mirna supo que la empresa donde trabajaba su padre y su tío era la misma que había construido las casas sin baños, y contra la que peleaba Óscar Astorga.

En 1945, luego que los gringos no le dieran un ascenso prometido, Carlos Salamanca se indignó y renunció a la empresa. Viajaron a La Serena buscando una nueva vida. Al poco tiempo, Mirna Salamanca se enteró que a su tío Óscar lo habían despedido de la empresa. Hoy, a sus 84 años, estos recuerdos le siguen produciendo rabia.

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En 1955, Mirna Salamanca se trasladó a Santiago para ingresar a la Universidad de Chile y estudiar pedagogía en educación física. Era lo que le gustaba. Los padres hablaron con una amiga de la familia para que la alojara mientras durara la carrera. Desde el primer año empezó a entrenar arduamente para estar en forma.

Iba seguido al estadio de Recoleta para practicar. Un día de ese primer año universitario, con su clásica polera y buzo, decidió ir sola. A lo lejos, vio a un hombre vestido de blanco alistándose para trotar. Se acercó y le preguntó si era de la Chile. “Sí, estudio ahí. Hola, mucho gusto, me llamo Ricardo Rioseco”, contestó.

Ricardo y Mirna se hicieron buenos amigos. A veces entrenaban juntos. A mitad de ese año, Ricardo le confesó algo personal, que no escondía, pero que tampoco contaba a cualquiera: hace mucho tiempo que era militante de las juventudes del Partido Comunista.

En segundo año de universidad, Ricardo se postuló para ser presidente del centro de alumnos de la carrera. Mirna Salamanca se empapó de la campaña de su amigo. Era la primera vez que conocía de cerca la política. “En mi etapa de adolescente no era de leer mucho. Un par de cuentos solamente. La política no era tema en mi familia. Mis papás votaban por la izquierda, pero no se informaban mucho”, recuerda la mujer.

Con las elecciones de Ricardo conoció cómo funcionaba el partido Comunista en su interna. Empezó a memorizar nombres de políticos que aparecían en los medios. Se hizo seguidora de el Clarín para informarse de lo que pasaba en Chile.

El día de la votación, Mirna y todos los compañeros de curso que apoyaban a Ricardo estaban expectantes. La disputa era difícil porque competían contra un estudiante de cuarto año. Tras finalizar el conteo de votos, Ricardo Rioseco perdió las elecciones. Fue doloroso.

De esta experiencia quedarían dos cosas importantes: la primera es que tras las elecciones comenzarían unas largas y profundas conversaciones sobre política entre Mirna y Ricardo, en la que este último asumió una función de maestro. La segunda, es que el militante del partido Comunista se convertiría en el primero de tres Ricardos que marcaría la vida de Mirna para siempre.

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A Mirna Salamanca la cautivaron los ideales de Salvador Allende. En 1965, ya casada con Ricardo Palma y con dos hijas (Marcela nace en 1962 y Andrea en 1963), se inscribe como militante en el partido Comunista, la organización política que sentía más cercana.

Se empapó de la campaña de Allende en 1969, mismo año en el que nació Ricardo, su último hijo. Creyó fielmente en la vía democrática al socialismo. Sin embargo, todo cambió con el Golpe. Desde ese momento, las ideas de Fidel Castro le comenzaron a hacer más sentido. ¿Se podía derrotar a la dictadura sin las armas?

En la década de los 80 su militancia se intensificó. Asistía a reuniones. Leía literatura política. Derrotar la dictadura pasó a ser una prioridad en su vida y también en su casa, a tal punto que sus dos hijas, ya adolescentes, siguieron sus pasos y se inscribieron en el partido. El padre de familia jamás sintonizó. Poco a poco la relación con Mirna se empezó a quebrar.

Ricardo Palma Salamanca no siguió el camino de sus hermanas. “Cuando tenía 6 años, estábamos en la casa y Ricardo, medio enojado, dijo que nunca iba a militar en el Partido Comunista como sus hermanas. No entendía por qué lo hacían. Cuando creció, siguió sin entender”, cuenta su madre.

Ya de adolescente, el frentista presenció cómo detenían, con pocos meses de diferencia, a sus dos hermanas por ser dirigentes de sus centros de estudiantes en la Universidad Católica (Marcela) y de Chile (Andrea). Ambas fueron torturadas.

“Ricardo acostumbraba a no hablar mucho en esos momentos. Se guardaba la rabia. Cuando pasó lo de las hermanas les hablaba, se preocupaba, pero no expresaba mucho”, recuerda Mirna.

Pero hubo un hecho que marcaría a Ricardo siendo un estudiante de tercero medio del Latinoamericano. “El día que se llevaron a Santiago Nattino, Manuel Guerrero y José Parada, el 28 de marzo de 1985, fui a trabajar como cualquier día”, relata Mirna Salamanca. “Yo salí un poco antes y le dije a Ricardo que pasaría a comprar pan para tomar once y que él llegara después”, asegura. Cuando llevaba dos cuadras caminando Mirna escuchó disparos. Volvió al colegio y sólo alcanzó a ver la espalda de Guerrero y Parada subiéndose al furgón policial. Buscó a Ricardo en medio del caos. Profesores lloraban, estudiantes gritaban, un helicóptero rondaba el lugar. La histeria colectiva se desbordó. “Ricardo me abrazó fuerte cuando lo encontré. Estaba exaltado, su mirada estaba llena de rabia”, cuenta la mujer de 84 años.

“Ese día en Ricardo cambió algo. Pensó que no se podía quedar con las manos cruzadas y debía actuar. Y así lo hizo”, explica Mirna.

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El 25 de marzo de 1992 Ricardo Palma fue tomado preso por la policía de investigaciones mientras viajaba en una micro. Ese día Mirna -que había vuelto del exilio en 1990- lloró.

“El último día que lo vi, previo a su detención, me prometió que pronto iríamos al cine. La mañana en la que me enteré que lo habían tomado preso, había salido a hacer un trámite y me pasé a la casa de mi hija Andrea. Cuando llego ella estaba llorando. Me contó que en las noticias anunciaron que el Negro, integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, había sido capturado. El Negro era mi hijo”, recuerda Mirna.

De ahí en adelante se dedicó a visitarlo cada viernes, día asignado para las visitas en la cárcel. “Hubo días que lo vi tranquilo. Otros lo vi mal, sin fuerzas. Fueron largos cuatro años de verlo un día a la semana”, asegura Mirna Salamanca.

La última vez que Mirna dice que vio a su hijo fue el 27 de diciembre de 1996, tres días antes del escape. Ese día Gendarmería dio permiso para que los internos celebraran las fiestas navideñas con sus familias. Habilitaron un espacio en el patio para que todos entraran. Fue un día mágico. Los años anteriores la celebración se había hecho en la sala de visitas, un espacio mucho más chico. Compartieron, rieron, festejaron.

Tras despedirse, como lo había hecho de la misma forma por años, Mirna Salamanca sintió que esta vez debía voltearse a mirar a su hijo. Al mirar atrás, vio que Mauricio Hernández, más conocido como comandante Ramiro, hoy preso en Brasil, alentaba a Ricardo, con el ceño fruncido y moviendo la cabeza, para que se despidiera más efusivamente de su madre. Ricardo obedeció: corrió hasta Mirna para fundirse en un abrazo.

Tres días después, Mirna Salamanca se enteró por la televisión que su hijo se había fugado de la cárcel junto a tres frentistas. No se alegró. Pensó que los encontrarían rápidamente y que volvería a caer preso. Esa tarde la invitaron a celebrar. Participó, pero no estaba alegre.

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“Nunca le pregunté muchas cosas a Ricardo. Un día que lo visité en la cárcel decidí saber por qué lo hizo. Por qué mató a Guzmán. Cuando le lancé la pregunta había más gente. Justo un diario había sacado una noticia sobre su muerte y alguien que estaba ahí aprovechó de comentárselo. Miró medio enojado y dijo que si estuviera afuera lo volvería a hacer”, recuerda Mirna Salamanca.

La mujer asegura que Guzmán le hizo mucho más daño al país que un par de muertes ejecutadas por el Frente. No la estremeció su asesinato. De hecho, le provocó una sensación de justicia.

Se desilusionó del Partido Comunista antes de irse de Chile en 1988. “Faltó más acción, más decisión. Había que agudizar la lucha y no se hizo. El Frente Patriótico sí lo hizo. La acción contra Guzmán fue un acto político”, dice. A pesar de eso, simpatiza con el partido. Mirna sigue votando, y cuando lo hace opta, ya sea en las presidenciales o municipales, por el candidato del partido. Lo hace más por nostalgia que por convicción.

“¿Sabes? Tampoco haría algo para que Ricardo vuelva, porque en uno de sus mensajes desde la clandestinidad que envió, aseguró que nunca volvería a Chile porque éramos un país de cobardes”, agrega.

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¿Somos un país de cobardes?
Las organizaciones políticas, sí. No actuaron como corresponde. La Concertación no actuó como corresponde.

Para Mirna Salamanca el 30 de diciembre de 1996 nació un nuevo hijo. Uno que vive en la ausencia. Uno con el cual debió aprender a convivir. Uno al que le celebran sus cumpleaños cada 1 de julio, recordando los momentos únicos, pero que jamás ha apagado las velas. “No lo recuerdo con pena- dice Mirna Salamanca, con un rostro totalmente tranquilo-. Hace tiempo que no lloro por él. Sinceramente a estas alturas, me siento orgullosa por el hijo que crié y por lo que pude sembrar en él”.

Para este reportaje, Mirna Salamanca abrió el baúl de los recuerdos. En concreto, una caja verde guardada en un rincón de su intimidad. Al fondo una carta, que decidió prestar para la investigación. “Cuídenla con la vida. Ahí está parte de mi hijo”, dice al despedirse.

La carta se titula “Desde la libertad: Ricardo Palma Salamanca a su madre”. En uno de sus cuatro grandes párrafos, el frentista que marcó la historia de Chile para siempre, escribe: “madre, estoy vivo. Estoy en el mundo de la vida, pero ese oscuro beso que la historia depositó en mis labios quedará como el ámbar sobre los árboles, como esa parcela que la muerte alquiló sobre mi espalda”.

*Este trabajo forma parte del proyecto de investigación Escape del Siglo realizado por el Taller de práctica profesional 2016 de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. https://medium.com/escape-del-siglo