“Llegué a Chile el 9 de febrero de 2001. Me vine por una locura de amor. Me enamoré de un chileno que conocí por internet. Él dijo que iría a verme a mi país, pero nunca cumplió y no respondió más el teléfono. Como estaba tan enamorada, agarré mis cosas y me vine a buscarlo sin avisarle. No tenía idea de cómo sería Chile. Solo sabía de Viña del Mar, Cecilia Bolocco, Los Prisioneros y paré de contar. Pensé que sería fácil encontrarlo, que sería consultar en la calle por fulanito tal y me darían la dirección.Error. Estando acá, lo llamé y al fin me contestó. Creyó que estaba loca y no quiso verme. Recién a los tres meses, luego de suplicarle por teléfono, nos vimos en persona. El amor fue inmediato. Me enamoré de su alma, sus palabras, sus planes, todo era tan lindo. Después conocería el concepto del chileno bueno para chamullar. Pero, en ese momento, era perfecto. Era el prototipo de hombre que buscaba, alto y gordo. ¡Me encantaban los hombres mórbidos! A los dos meses estábamos casados. La familia me recibió excelente. Pero, al poco tiempo, empezó la violencia. No me dejaba salir a rumbear, me compraba ropas anchas, era muy celoso. Nos separamos y me quedé en Chile. A mí me gusta el frío de acá. Ando en moto en invierno, me baño con agua fría, no uso calefacción. Y, en lo laboral, Chile es bueno. El dinero se mueve muy fácil. El chileno es comprador. Armar un negocio y vender es fácil. Me encanta cómo hablan los chilenos. La frase más divertida es ‘cachai la huevá, hueón’. Pero me ha costado entenderlos. Lo otro que me gusta es que sea quitado de bulla. El chileno no tiene la alegría y swing del resto de Latinoamérica. Yo me acostumbré mucho a la tranquilidad chilena, pero me levanto en la mañana y, para activar mi ritmo cardíaco, escucho vallenatos a todo volumen.

Cuando llegué al país, tenía la idea, por las fotos que vi de Tunick y de la chilena de la casa de vidrio, de que Chile tenía una mentalidad mucho más abierta que la colombiana. En mi país el hombre es muy machista. Es muy galán, sabe como hipnotizarte, pero está acostumbrado a que la mujer le cocine, le lave, le planche. Algo que me encantó del hombre chileno fue que no le diera asco meterse a la cocina, hacer el aseo, tender una cama. Si bien el chileno, es distante y desconfiado, cuando te cogen cariño, te cogen cariño. Pero son muy difíciles de penetrar.

Lo triste es que nunca falta el chileno arrogante que se cree raza superior, pero son igual de tercermundistas que nosotros los colombianos. Y mira en menos a los negros como yo. Piensan que ellos son lo mejor. Acá he sido tratada mal por ser negra. En la calle me gritan ‘negra culiá’. Y respondo. Una vez un tipo me grito ‘negra culiá’ y le respondí ‘y harto’. El problema es que soy muy chora. Una vez en la Vega Central, iba caminando con un amigo y pasa un tipo y grita: ‘¡los colombianos valen callampa!’ Y me empecé a agarrar con el tipo. Me insultó y me ofreció golpes. ‘¿Quieres que te parta la cara?, ven po’, le respondí. Cuando uno dice eso, se quedan ahí, porque son temerosos.

Pero ha ido cambiando un poco la gente. Ya no se te queda mirando. Cuando llegué, como no habían muchos negros viviendo acá, era la novedad. Me tocaban el pelo, poco menos que querían quitarte la piel para ver cómo era. Me gustaba ser la sensación, pero luego quieres pasar más piola. También empezó a cansarme el tema de ‘¿Y, de dónde eres?’ ‘Colombiana’. ‘¿Traes de la buena?’. Al principio me lo tomaba en buena, pero después ya era como ‘déjame de joder si yo la droga la conocí en Chile’. Hacemos drogas, sí, pero porque tenemos una tierra prodigiosa. También tenemos prostitutas, pero las consumen ustedes. Pero insisten siempre con que los males los traemos nosotros. O creen que somos pobres. Hay una mirada lastimera. Pero uno tiene educación. Muchos de los haitianos que venden en la calle Súper8 tienen estudios técnicos o universitarios. El problema para muchos, como yo, que estudié Mecánica Dental en Colombia, ha sido la homologación de carreras. Todo el mundo me dice que debiera trabajar en lo que estudié, porque estaría ganando un dineral, pero soy demasiado pasional para mis cosas. Yo vine a encontrar mi media naranja, que no he encontrado, más que hacer dinero. Y, como desde chica nos enseñan a hacernos las uñas e ir a la peluquería, me he dedicado a la manicure. Tengo un emprendimiento llamado “Belleza colombiana a domicilio”, que se ha prestado a equívocos de hombres que piensan que ofrezco sexo. En Colombia importa mucho la imagen. El hombre es de arreglarse tanto como las mujeres. A mí me gusta el hombre que se arregla las uñas. Un tipo que no se las arregla, no está abierto a experimentar. Pero al chileno le cuesta. Aún cree que usar cremas es sinónimo de gay.

Así como nos discriminan los chilenos, pasa algo muy loco: las mujeres igual se compran pantalones colombianos, de esos levanta colas, para ser como una. Por otro lado, el hombre chileno tiende a idealizar a la mujer colombiana. Cree que somos sexualmente desatadas. Desinhibidas, sí. Pero no sé si más calientes. La mujer chilena igual tiene lo suyo. Su problema es su inseguridad y no creerse el cuento. Algunas creen que les vamos a quitar a sus hombres. O que andamos coqueteándole a todo el mundo. Y no es así. La colombiana es coqueta por naturaleza: se coge el pelo, se arregla el pantalón, se sube la pechuga. La mujer colombiana puede ser muy fea, pero le sobra actitud.

Mi carácter me ha traído problemas. Hace unos días se armó una discusión en el Facebook del edificio de mi comunidad. Una vecina chilena, que tiene un hijo morocho como el mío, se quejó del ruido que metían los extranjeros en la piscina, ‘ese acéntico no lo soporto’, puso. La gente empezó a decir que los culpables eran colombianos. Yo me emputecí. Me tocan mi tierra y me encrespo. Y grabé el video ‘Chile no es de los chilenos’ para que lo vieran ellos que siempre me fisgonean las redes sociales. Nunca pensé que se viralizaría. Reconozco que mi tono no fue el mejor. Pero lo que dije, lo sostengo. Chile es de los que aportan, que podemos ser extranjeros, y de los chilenos. Y, si vamos a pelear por tierra, los que tienen que pelear son los mapuche, porque ellos son los verdaderos dueños. Y, si vamos al hueso, Chile es de cinco familias. Lo peor del chileno es el mismo pecado que tengo yo: la arrogancia. Latinoamérica es de todos. Me encantaría que no hubieran fronteras, que Bolivia pudiera salir al mar tranquilo. Que el chileno pudiera salir afuera y no le dijeran ladrón. Somos denigrados en Europa, Estados Unidos, en todos lados, pero es triste que nosotros mismos hagamos lo mismo. También dije que este país se va a llenar de negros, aunque no lo quieran los xenófobos. Y es así. La raza se va a mezclar más. Y, tal como un comentario que recibí, ojalá Chile se llene de negros y que sean como el del WhatsApp, ja, ja, ja. Morí de la risa con ese comentario”.