“Uno de los rasgos más sorprendentes con que se juzga el pasado en el Chile de hoy -y sus actores- es la liviandad. Un buen ejemplo se ha visto por estos días a propósito del informe de la Comisión Valech. Resulta que ahora que el secreto que ampara las declaraciones que para confeccionar ese informe se recibieron -y que dispuso la ley 19.992- no era más que un pacto de silencio, un indigno acuerdo tendiente a garantizar a los torturadores que podrían caminar por la calle sin amenaza de justicia. Y, por su puesto, el culpable de esa conspiración inmoral (…) es el expresidente Lagos. Pero nada de eso es cierto”.

Así comienza la nueva columna de opinión de Carlos Peña publicada en El Mercurio, en la que se refiere al posible levantamiento de secreto de los testimonios recopilados por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (Valech I) y el papel que jugó Ricardo Lagos entorno a ella.

Esto, luego de una semana marcada por la “tramitación inmediata” que ordenó el Ejecutivo respecto a esta iniciativa y su posterior aprobación en el Senado.

A ojos de Peña, “Lo que hace la ley 19.992 es poner los detalles de la tortura a disposición de la voluntad de quien la padeció, quien podría decidir entregarlos a un tercero o a la justicia. En vez de imponer el silencio, como se quiere hacer creer, lo que la ley hizo fue simplemente establecer una regla de privacidad a favor de las persona que padeció prisión política o tortura, de manera que sea ella, y nadie más que ella, quien pudiera decidir si lo que vivió debía ser conocido. No es pues una imposición de silencio, sino una regla de privacidad que contiene la ley. Y se trata de una regla razonable”.

De esta manera, el abogado se cuadra con la figura de Lagos y su “privatización del dolor” al impedir que se conozca públicamente los nombres de víctimas y victimarios mencionados en las páginas de la Comisión.

Para Peña, “lo que Lagos promovió es un gesto de humanidad. El fondo insobornable de cada persona, su intimidad, está constituida por las experiencias de dolor indecible o de alegría inefable que alguna vez experimentó. Sacadas de la intimidad de quien las vive, esas experiencias pierden sentido cuando se entregan sin más a un tercero: el dolor se transforma en humillación, la alegría en frivolidad”.

“Por eso es razonable lo que dispuso la ley 19.992: que fuera la intimidad de la víctima, y no el simple furor de la justicia, la que decidiera si lo que le ocurrió, la tortura que padeció, la violación de la que fue objeto, las humillaciones que consintió como producto del miedo debían ser o no conocidas por terceros”, continúa.

Todas las críticas en contra del expresidente, surgidas a raíz del secreto de Valech I, llevan a Peña a pensar que “Un raro síndrome recorre la esfera pública chilena. Consiste en volver la vista hacia el pasado, borrar todas las circunstancias, en el lugar de la historia poner un vacío, luego colmarlo con un único valor y finalmente identificar a alguien cuya voluntad todopoderosa impidió su realización: Lagos.

Para leer la columna completa, ingresar acá.