Si el resentimiento lleva a sentir con la intensidad del prefijo “re”, es porque a veces oculta envidia. Y la envidia no se dice, más bien se expresa retorcida en alguna queja. Tal desplazamiento suele salir desproporcionado, raro o tonto.

Quienes han empezado a proponer cosas raras, son algunos heterosexuales resentidos. Quienes reclamaban su propio día del orgullo, en las vísperas del día de la reivindicación LGTB. ¿Qué por qué no pueden tener un día del orgullo? Pues porque no hay nada de que estar orgullosos, y por cierto, tampoco avergonzados. El orgullo, antes que una virtud a secas, es una respuesta política de quienes han sido perseguidos. Amigos hetero, esta no es lucha. Si han sido oprimidos, seguro no es por su sexualidad.

Pero hay una parte del resentimiento que sí comparto. La de la envidia. Porque mientras el mundo queer gana la libertad de no tener que definirse, el mundo hetero ha ido quedando amarrado a unas categorías asfixiantes y castradoras: heteronormados, coitocéntricos. Palabras compuestas, largas e intimidantes.

Frente a tales acusaciones sí que se puede estar ofendido y reclamar: ¡Hey, sacerdotes del feminismo y la diversidad, la heterosexualidad no es esa caricatura!

Lo sepan o no (puede que lo sepan sin saberlo) los heterosexuales nunca han coincidido con la famosa heteronorma. Mientras alguien se esfuerce más por coincidir con una normatividad heterosexual (homosexual o de cualquier orden), no podrá más que comprobar que fracasa en ello. Aunque en la conversación de camarín afirme lo contrario. Me explico.

El deseo no se ajusta a las reglas, tiene un aspecto no domesticable. Cuando éste irrumpe, siempre inquieta. Porque, como plantea Bataille, el erotismo no es una afirmación de sí, sino que la trascendencia de uno mismo. De ahí su aspecto sagrado: rompe con la individualidad para perderse. En este sentido, del deseo no se es propietario.

Amor, deseo y goce suelen no converger, al menos no de manera fija. Por ejemplo, no se fantasea con lo mismo que se realiza, siendo además inconveniente llevar las fantasías a la realidad.

Hay arreglos diversos entre el amor, deseo y goce, para todos los gustos. Algunos más ocultos que otros. Como el del diputado de la República, que hace un par de años fue sacado del clóset, de manera canalla, por la prensa. Y que, para sorpresa de muchos, saltó su esposa a defenderlo, y sí, habló de amor. De amor y aceptación. Los acusaron de hipócritas, doble estándar, bla, bla, bla. ¿Pero qué se creen, acaso la vida queer sólo la pueden llevar los activistas que conocen la palabra, y no un ciudadano medio?

Hay otros pactos tan visibles que no se ven, pero operan. Como el de las mujeres que gozan con su cuerpo fit, transformándolo en una máquina fibrosa, lista para sobrevivir en una isla desierta, mientras saben que sus maridos gozan en su manflinfa, viendo sexo violento con mujeres más infladas que fitness. Pero se aman. Sólo saben que es mejor no revisarles el computador ni interrumpirlos abruptamente en la ducha. Cada uno con su guion, ambos saben que no se puede estar casado entero. Y quien lo hace – de la orientación sexual que sea – está condenado a la devastación, arrasado por las ansias de posesión y devoración de la pareja.

Por su parte, el goce tampoco es una cuestión unívoca a un órgano. Cualquier zona del cuerpo puede ser erógena, incluso el pensamiento (¿o acaso no hay quienes gozan sobre todo en las ideas?). Puede ocurrir que tampoco gocemos donde declaramos que lo hacemos. A veces estamos más excitados en una situación social que en la cama. Así como se habla de micropoder, existe también el microsexo: el deseo que se cuela en los intersticios de las cosas. Así que nunca se sabe bien, dónde y cuándo, estamos realmente follando.

Lo sexual es político, cierto. Pero lo político – nuestras relaciones de poder cotidianas – también son sexuales. Quizás a eso aludía Boric cuando decía que los candidatos debiesen saber de poesía. Para que la política y la vida en general no sea un cúmulo de saberes pasados a tánatos, deben pasar por el cedazo de eros.

Aunque hoy parece haber un esfuerzo por confiscar cualquier deseo que acompañe alguna actividad con ropa. Y nótese que de parte del llamado progresismo. Persecución a toda tensión sexual, que paradójicamente, reduce el sexo al coito. ¿No es eso precisamente, de lo que se acusa a la heteronorma?

A ratos pareciera que el progresismo, antes que resignificar la heterosexualidad para liberarla, la criminaliza, soltándola para que la tome el mundo conservador. Cuánta mujer se aleja de las filas del feminismo, porque no puede conciliar la recriminación, que la hace ver como víctima de lo heteropatraircalnormativocoitocéntrico, cuando para ella bajo esa sentencia está su goce. Doble mal, porque le quita a esa mujer su agencia en su forma de desear. O bien, la aleja de la lucha por sus derechos, librándola a un feminismo marketero de revista, que la empuja a ser más libre… de oprimirse haciendo dietas y gastándose su jubilación en belleza.

Más allá de toda norma y reivindicación política, lo erótico tiene siempre algo de traumático. Porque el otro es un abismo. Por eso implica la inevitable comedia de los sexos: me quiere, no me quiere, el odioenamoramiento, amo pero no deseo, deseo donde no amo, gozo al ser gozado por el otro, gozo conmigo mismo a través del otro. ¿Es esto distinto al mundo LGTB? Quizás en los guiones sociales, pero el erotismo en serio, no se rige por un voluntarismo o alguna definición identitaria, sino que implica perderse. Leo Bersani afirma que la excitación primaria es la tautología del masoquismo. Es decir, al deseo de entrega sin resistencias. Cada cual se las arregla como puede con ello.

Sea cual sea la identidad y orientación sexual consciente de alguien, el erotismo es siempre hetero cuando se corre el riesgo de ir más allá del sí mismo. Y es siempre queer por estar compuesto de una diversidad de pulsiones y zonas de placer, subversivas a alguna norma. Quizás ese es el mayor secreto sexual: todos hetero queer.

Relaciones amables y opresivas hay en todas las interacciones entre los sexos. Otra cosa es que sólo se visibilicen en el mundo heterosexual. Lo cual no le hace ni un favor a éstos, y tampoco a la diversidad sexual, que sufre otro acalla-miento.