Entrevistas
19 de Julio de 2025Constanza Michelson, psicoanalista: “El narcisismo es una forma de polarización en las relaciones, se trata de un mecanismo de defensa”
En tiempos de selfies, autocuidado y causas identitarias, la psicoanalista Constanza Michelson desglosa los múltiples narcisismo donde navegamos hoy. Advierte además que el problema principal que experimentamos es la dificultad contemporánea para crecer, aceptar contradicciones y sostener vínculos reales. "El narcisismo es una consecuencia de que ya parece que no hay ningún interés por crecer psicológicamente. Es la respuesta fácil", dice.
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En el escritorio de Constanza Michelson: una foto de la artista francesa Louise Bourgeois, esa que transformó el recuerdo de su madre en enormes esculturas de arañas. Al lado de su computador, pilas de libros varios: autores como la Premio Nobel de Literatura Louise Glück o el famoso psicoanalista lacaniano Gérard Pommier. En la pared: a un lado un retrato de Freud y, en otro rincón, diplomas de los premios que han ganado sus libros, como el que recibió el año pasado de parte del Círculo de Críticos de Arte por Nostalgia del desastre.
Por estos días, la conocida psicoanalista suma a sus consultas diversos proyectos, que incluyen la revista Barbarie –un espacio de ideas, pensamientos y discusión de cultura–, o el podcast con Rafael Gumucio y Sergio Fortuño llamado Operación Daisy, donde hablan desde las elecciones primarias hasta las nuevas y viejas masculinidades, de todo un poco.
Y es ese todo un poco que lleva a sentarse en su oficina para hablar de diagnósticos contemporáneos a individuos o sociedad; Michelson es una aventajada al traspasar conceptos complejos psicoanalíticos y aplicarlos a ejemplos de la actualidad. Hoy lo que nos convoca es una palabra quizás excesivamente usada desde hace más de una década –fue en 2013 cuando “selfie” fue elegida la palabra del año, marcando el hito de una nueva normalidad- para definir a las personas: la era de los narcisos.
Pero para Michelson, ese sobre uso de la patología en lo coloquial, puede mal entenderse.
“La construcción del yo es un proceso frágil y nunca, nunca, es que esté totalmente acabado. El narcisismo es una etapa normal de su desarrollo, hay entonces un narcisismo saludable. Ocurre cuando los fragmentos que nos componen, esas pequeñas partes dispersas, logran articularse en una unidad mínima y habitable.
Añade que el narcisismo es un concepto dinámico, pero que cuando se usa en el lenguaje común, suele ser usado para apuntar a otros –a mi ex, a mi padre, a mi líder– asociándolo a su versión más patológica. Esa en la que el otro no es verdaderamente otro, sino apenas un espejo que sirve para completar la propia imagen. Es una forma controladora de estar con otro, donde no hay apertura real al lazo. Sin embargo, esa no es la única forma del narcisismo.

-No es, entonces, solo me miro el ombligo.
–Eso sería egocentrismo y no hay que confundirlos. El narcisismo, remite la construcción del yo. Su rasgo esencial no es, como suele creerse, centrarse en uno mismo, sino más bien su carácter cerrado y el anhelo de completud, sin fisuras ni dudas. Por eso puede manifestarse como una exageración de la identidad, que en algunos casos deriva en egocentrismo: esa dificultad para salir de la propia perspectiva y registrar la del otro. Pero el narcisismo no siempre se expresa como adoración del propio ombligo.
“También adopta formas compartidas: un narcisismo de a dos o más, como ocurre en el enamoramiento, en ciertas amistades intensas o en grupos identitarios donde se piensa al unísono. Las llamadas ‘formaciones de masa’ -esa ilusión de ser un ‘gran Uno’ con otros- son también expresiones narcisistas. Entonces, el narcisismo puede incluso disfrazarse de entrega a una causa o de interés por los demás. Lo que lo delata no es el contenido del discurso, sino su forma: la rigidez, la certeza de las propias intenciones, la ausencia de contradicción. Es ahí donde puede rozar lo fanático”.
–¿Es posible, entonces hacer pareja en esta era de narcisos?
–El narcisismo no hace pareja, aunque se esté en pareja. Justamente por su condición cerrada, el otro se vuelve un complemento de mi autoimagen o, en su reverso, un enemigo necesario: alguien que delimita lo que no soy. Respecto a tu pregunta sobre si vivimos una era de narcisos, tal vez lo que haya sea una dificultad creciente para vincularse sin aferrarse a identidades rígidas, diagnósticos o protocolos. Porque el encuentro con otro siempre ha sido, para el ser humano, una especie de abismo. Nunca se sabe del todo qué quiere el otro, ni si realmente me quiere. Confiar en otro ser humano es un acto de fe mucho más incierto que la certeza de una mascota que mueve la cola.
“Hacer pareja es otra cosa: es dejarse afectar por otro”, añade la psicoanalista. “No se trata de un ‘uno más otro uno’, ni de un gran uno fabricado entre dos, sino de la posibilidad de que en el encuentro algo cambie en cada quien. No se llega con un reglamento cerrado a imponer; esas relaciones suelen naufragar o volverse mezquinas. Lo más interesante ocurre cuando el encuentro abre zonas nuevas, cuando nace algo distinto. Y eso no es lo mismo que una dependencia enferma, aunque hoy esa confusión asuste tanto.
Michelson añade el factor de la era en que vivimos, donde se alimenta una especie de narcisismo “esclavizante”, donde nos sacrificamos en lograr cierta imagen “Todos nuestros nuevos juguetes, las selfies, la imagen es muy poderosa. Florencia Abadi, filósofa argentina, lo explica muy bien a partir del mito de Narciso. Dice, no hay que equivocarse, no es que Narciso se ame a sí mismo, sino que Narciso trabaja y se sacrifica para su imagen y eso es algo muy de esta época. Trabajar para la propia imagen, que no es lo mismo que tener amor propio. Basta mirar alrededor: uno sale a pasear, y la experiencia ya no existe sin la foto.
–No lo pasé bien si no hay foto, no fui de viaje si no lo subí a Instagram
–Y eso genera una especie de dependencia distinta: ya no del cuerpo y su experiencia -más lenta, más matizada-, sino de la imagen, que es plana, inmediata, sin proceso. Otra manera de decir lo mismo: hoy ya no basta con vivir, sino que hay que estar en mejoramiento continuo. Ser más saludable que saludable, estar más conectado que conectado: hiperconectado. Son también formas esclavizantes.
–Esta oleada de narcisismos, ¿tiene que ver también con que vivimos una época del bienestar, que puede ser entendido como solo poner mis necesidades primero? El autocuidado visto como yo antes, siempre. Lo que limita las relaciones interpersonales.
–Como decía antes, hemos construido la idea de que, para protegernos del otro -y, en el fondo, de nuestra propia tendencia a la dependencia-, basta con replegarnos y amarnos a nosotros mismos. Pero tal vez bastaría con no odiarnos, para poder amar mejor. Fíjate en este desplazamiento: en las comedias románticas de los años 90, el conflicto era “nosotros contra el mundo”; es decir, el obstáculo la culpa de las dificultades recaía en algo externo. Hoy, en cambio, el clivaje ha cambiado: ya no es “nuestro amor versus el mundo”, sino “tú o mi carrera”. El otro aparece como amenaza a la relación entre yo y yo. En ambos casos persiste una fantasía narcisista: la idea de que, si no fuera por los otros, el encuentro sería perfecto. Ambas versiones se resisten a aceptar una verdad más incómoda: que todo amor es difícil.
De crecer y de diferenciarse, según Constanza Michelson
Para la psicoanalista, el problema principal hoy no es tener una legión de narcisos, sino la dificultad de desarrollar una capacidad compleja: la de estar solos con otros. Es decir, poder vincularse sin perderse en el otro. Poder estar con alguien sin vivir pendiente de cada gesto, sin angustiarse por no saber qué piensa, sin revisar teléfonos, ni exigir ser todo para alguien. Incluso, poder compartir un silencio sin ansiedad. Y, al mismo tiempo, no defenderse de esa posible cercanía aislándose o intentando controlar al otro a través de actitudes narcisistas. Lo paradójico es que, aun así, se puede terminar siendo dependiente de mil otras cosas.
Estar con otro “siempre es duro, porque es entender que no se tiene la razón, es entender que a veces no piensas igual que la persona que quieres. En la amistad, a veces en el amor. O estás en tu grupo político y vamos todos para allá, hasta que te das cuenta, oye, qué duro, no me atrevo a decirlo, pero no estoy tan de acuerdo”, explica.
—Eso es parte del dolor del crecimiento
—Crecer implica salirse de la manada, es decir, lograr una diferenciación psicológica. Y eso no significa simplemente “ser distinto” -otra ilusión de la identidad-, sino poder no quedar pegado a las ideas, no sentirse obligado a pensar como el grupo. Incluso, poder estar en desacuerdo con uno mismo. Eso es pensar críticamente: habitar un problema, no repetir una consigna.
“Hoy se habla mucho de salud mental, pero no estoy segura de que la salud mental hegemónica tenga algo que ver con crecer. Más bien se trata de etiquetar, de definir cómo hay que tratar a las personas según este o aquel diagnóstico, y de enumerar los derechos asociados a cada etiqueta. Pero el desafío es otro: apuntar al crecimiento psicológico, que no es cómodo ni automático. Crecer es aceptar que las verdades siempre están a medio camino, que la identidad nunca está del todo entera, que las cosas -y los otros- no son como queremos”.
Continúa con su visión sobre cómo los discursos políticos hoy se están aprovechando de este contexto. En medio de tiempos de incertidumbres, fin de ciclos económicos, lenguajes y movimientos que se transforman, hay políticos que inflaman un narcisismo identitario, buscando enemigos a quién achacarles las culpas. Primo Levi decía una frase enorme: la generalización es el mal. Porque generalizar es decirle a alguien: tú perteneces a esta categoría. Y eso define tus derechos, tus deberes, te exculpa de ciertas cosas y, además, te obliga a estar en contra de otra categoría. Vota por mí -dirá el líder- y yo me encargo de eliminar a los malos, a los que están causando este problema. Ese discurso alimenta grupos narcisistas.” Y lo más grave, anula la responsabilidad que cada uno tiene.

Michelson pone el ejemplo de un tipo de narcisismo activista a través de la intervención de Seun Kuti, músico nigeriano, en el festival de Glastonbury. Desde el escenario, le pregunta al público: “¿Quieren liberar Gaza?”, y la multitud grita eufórica que sí. “¿Quieren liberar Sudán?”, y lo mismo. Entonces, Kuti lanza el golpe, les dice “ustedes, jóvenes europeos, que cambian de causa cada semana ¿por qué no se preocupan del fascismo que crece en Europa? Si ustedes hacen eso, luego nosotros estaremos mejor”.
“Creo que esa intervención señala algo fundamental. Por supuesto que defender a quienes están siendo oprimidos y aniquilados es urgente. Pero -y aquí está el punto clave- a veces ese entusiasmo también oculta un narcisismo: no tanto una vocación real por la búsqueda de la paz, sino el deseo de sentirse del lado correcto. Su pregunta apunta a algo más incómodo: ¿por qué buscas justicia en otro lugar, cuando no eres capaz de enfrentar el dolor que tienes al lado? ¿Qué pasa con el vecino que vota por quien tú desprecias? Siempre es más difícil hacerse cargo de lo que está cerca que de lo que está lejos. Nos gusta la diferencia, pero a miles de kilómetros. No la de quienes se nos parecen demasiado”, dice.
–¿Por qué el narcisismo te impide empatizar?
–Pienso que sí puedes empatizar profundamente, llorar, conmoverte. Porque el elemento narcisista es cuando, a pesar de todo eso, tu “yo” queda indemne. Tu identidad no se ve afectada, no se abren preguntas sobre qué tiene que ver tu propia vida con la condición humana. Si te atreves a asumir tus contradicciones, quizás puedas llegar a decir: ¿sabes qué? Voy a escuchar a mi vecino que vota distinto. Quiero entender cuál es su rabia, su miedo, su dolor.
–¿Podríamos decir entonces que toda esta década de narcisismo de todo tipo, ha decantado en la polarización?
–Diría que el narcisismo es ya una forma de polarización en las relaciones: un “tú o yo”, más que un “tú y yo”. Pero es muy importante comprender que se trata de un mecanismo de defensa, lamentablemente uno bastante regresivo, infantil. Entonces la pregunta que debemos hacernos es qué efecto tienen nuestros discursos, prácticas y tecnologías sobre ese desafío humano de crecer psicológicamente.
–¿Es posible generar un tejido social en esta era de puros yo, yo y yo?
–No: la fantasía de pureza genera paranoia. Y la paranoia es una amenaza radical para la democracia. Dicho eso, quienes defendemos la democracia tenemos el deber de volverla algo vivo: un dispositivo de escucha, conflicto y transformación. No un conjunto vacío de procedimientos



