El escenario: es sábado por la noche y estás en medio de una reunión escandalosa con tus amigos. El licor está corriendo, están pasando la mota y una bocina gigante, que funge también de mesa, retumba con hip hop. Revisas tu teléfono y la mujer con la que te has mensajeado durante semanas dice que va para la fiesta. Por la emoción, el nerviosismo y sobre todo ese licor tienes que mear.

Entras al baño de “tu amigo”, enciendes la luz y miras el trozo de porcelana más espantoso e infestado de moho que hayan ocupado personas de treinta y algo. La sola vista sería suficiente para hacer que los forenses gritaran, “¿qué clase de seres humanos viven aquí?” Y, ahora, la mujer que te interesa está por llegar en cuestión de minutos, a punto de experimentar esta fosa séptica por sí misma.

Los hechos: el concepto de un inodoro es asqueroso sin importar cuántas veces lo limpies. Es un dispositivo atado al suelo que recoge tu mierda varias veces al día (si eres como yo). Pero existen otros instrumentos hogareños que son mucho más desagradables que la dichosa taza. El celular que tocas constantemente y colocas junto a tu cara aparentemente es diez veces más sucio que el asiento del baño. El escritorio, donde pasas la mayor parte del tiempo durante el día y donde también sueles comer, es sucio como no te imaginas. La esponja que usas para limpiar objetos que después te llevarás a la boca es súper asquerosa también. Aunque existe una falsa creencia de que puedes contraer enfermedades de transmisión sexual si posas tus nalgas en un asiento sucio, ya fue refutada.

Lo peor que podría pasar: tu compañero tendrá un anillo de moho realmente desagradable en “su” baño. Los hongos bacterianos se generan por el agua estancada, ya que la gente no jala la palanca lo suficiente y esto provoca que las bacterias crezcan con el tiempo. Un dato más súper asqueroso —porque me vale si te molesto—, claro que hay partículas fecales y urinales en el asiento y el piso, lo cual es muy poco deseable.