Ana Merino plantea en una columna que escribe para El País que bien pudiera ser que la empatía se enseñe como asignatura en la escuela. “Básicamente, obligaríamos a los estudiantes a ponerse en el lugar de las otras personas. Sí, nos esforzaríamos por elaborar un plan pedagógico que ayudase a nuestros adolescentes a desarrollar la emocionalidad de la empatía. Sería un laboratorio de prácticas con tareas precisas”, postula.

Dice que “la primera lección duraría tres semanas y les tocaría vivir en la calle con indigentes. Tendrían que acompañar a los hombres y mujeres de edad y nacionalidad indefinida que deambulan melancólicos y sin apenas posesiones por las ciudades y pueblos”.

“Buscar en las miradas de esos rostros arrugados algún vestigio de la luz de su primera juventud”, apunta, a modo de metáfora.

En su tesis, plantea que los adolescentes con esta asignatura “aprenderían de los que han vivido vidas amargas y están allí para contarlo y darles las claves de la supervivencia más atroz. Se recuperaría la noble tradición de honrar a los que sufren”.

“A nuestros jóvenes, les ayudaría pensarse a ellos mismos tal vez con 80 años deambulando por las calles y viviendo el día a día. El Carpe diem más puro y humilde”, sostiene.

En síntesis, apunta a “dedicar unos minutos al día para entender a sus semejantes y hacer de la desgracia ajena un motivo de reflexión compasiva. Para que nunca olviden lo vivido se escribirán una carta a ellos mismos pensando en los demás, y la recibirán dentro de 50 años”.