Dos días después, y por absoluta casualidad, encuentro a Eva paseándose de un lado a otro y con cierta inquietud por el Pasaje Matte. Al verme se detiene como sorprendida, indudablemente, no en su paseo o en su espera, sino en un punto para mí desconocido de su pensamiento. De pronto se transforma, es decir, entra en el mundo y no le es difícil notar que su turbación no ha hecho huella en mí y que mis palabras no contienen el menor deseo de penetrar en lo que bien pueden ser sus secretos. Abandonamos el Pasaje y le pido que me acompañe a una librería. Desde hace un minuto pienso en alguna cosa que espero o que me espera y que es como si, Eva y eso, tuviesen entre sí una relación oculta y para mí de cierta importancia. Ya en la calle Eva vuelve a intranquilizarse, tanto como si le fuese imposible disimular una actitud que, para mí, podría parecer confusa. A mi vez, y con toda naturalidad, le demuestro que alejo toda sospecha cuyo significado sea una especie de esperada o inesperada intromisión de mi parte en sus asuntos. Cuando, por fin, logro pisar tierra firme, me toma de las manos y con una voz que no puede ser sino desesperada, me llama “su amigo, su…, etc.”. Eso no me sorprende y sí me sorprende mucho que la noche venga deslizándose de los ojos de Eva.

¿Es posible que en la vida no haya un amparo, cómo decirlo, natural? Eva me dice poco después que a veces, aunque ella no lo quiera, debe recurrir a ciertas cosas, a “ciertos abismos”, según su expresión. Es posible. Logro deducir que éste es el lado más angustioso de su existencia. “De otra manera ¿puede una mujer, veamos, como yo, vivir por instantes honradamente?”. Ella recalca. Yo le demuestro que entiendo y lo hago por medio de pequeños símbolos que trazo con las manos en el aire. Poco después, y olvidados de todo, Eva me explica que el día anterior –su cumpleaños– pensó dedicármelo íntegramente, ya que, agrega, ahora se siente menos desamparada, pero que prefirió no tratar de producirme “situaciones”. (¿Eva comprende que mi vida no se lleva muy bien del todo?). No encontrando otra manera de agradarla, abandono la idea de ir a la librería y la invito a comer. Empieza por excusarse, no sé bien en nombre de qué circunstancias. De todos modos me parece comprender que ella no desea tampoco oponerse a mi libertad, a mis hábitos, tratándose, como ahora, de un encuentro inesperado. Creo entender algo así. Luego, como se da cuenta de que las palabras no consiguen precisar su pensamiento, termina por aceptar. Casi turbándose vuelve a tomarme las manos, hecho que equivale a la inclinación de la rama al borde del agua o a la aparición repentina de una estrella sin nombre.

Interpretaciones, Eva.

***

De nuevo el alba pesada, el día de ágiles plumas. La sombra va evadiéndose hacia un punto que no está ni a mi derecha ni a mi izquierda. Noto que el más leve estremecimiento memorial me conduce a planos opuestos o, por ejemplo, hacia un espacio donde no distingo sino vientos líquidos. Me interrogo a duras penas y casi dormido. Hay una cinta azul o verde que se desenrolla y que, sin duda, representa la fuga del sonido. Luego el color verde desaparece, se diluye en finas chispas y surge rodando horizontalmente un anillo rojo. De nuevo el color rojo. Una violenta necesidad me obliga a descomponer este pequeño visual por medio de ciertas variaciones verbales aunque absolutamente fáciles: “En un tiempo amé las cascadas de la alta noche y la piel un poco espesa de la lluvia. Porque eran una noche roja y una lluvia de fina sangre de ángeles. El color rojo. El color del pecho en trance de desesperación y de la mano vacía que apaga la muerte. Y los rojos caballos que cruzan el cielo perseguidos por la tormenta. Hasta el océano sangraba espumas y los barcos iban y venían como esos pensamientos que suelen visitarnos y de cuya presencia no estamos tan seguros como para creer que con ellos podríamos encender el vacío de una página. Indudablemente, vivimos en el borde de los pozos. Las heladas aguas nos reflejan en pequeños puntos que no del todo deseamos ver, en lugares que no del todo ansiamos ubicar. Es hacia esos lejanos espacios rojos que debiera dirigirse lo mejor o lo peor de nosotros mismos. Pero le tememos al viento algo pesado en su látigo, le tememos a la sangre desbordada, le tememos a la gran flor roja de las posibilidades. Por esta vez mi realidad delirante no es sino un monólogo alrededor de una mujer que algo tiene que ver con mi existencia y de una noche en que el vino era el último coral extraído por mi sueño del brillante corazón del mar”.

A la altura del breve delirio que acaba de escurrírseme de la manera más natural y precisa, Eva irrumpe con la mañana en mi cuarto. Es posible que afuera haya un sol, como se dice, brillante, pero mi cuerpo flota en un torbellino de aguas que en nada se distingue del sueño. Eva habla y yo la oigo como si alguien me llamase desde el fondo de un pozo o desde el otro lado de un muro. Eres tú, Eva. Hace frío. ¿Esa hoja que se mueve con tanta lentitud en el vacío es tu mano, Eva? Detrás de ti la nieve cae sobre una tierra de música.

Pasan algunos minutos y entonces sí que verdaderamente Eva está a mi lado y hablamos largo de la noche anterior. No hay duda que hemos visitado ciertos sitios nocturnos donde el alcohol y la música entran en juego de modo casi absoluto. Pero entre algunas cosas que Eva hace revivir hay algunas dignas de mención como, por ejemplo, la desamparada presencia de la Torre de los Diez, en la calle Santa Rosa; la estatua de San Martín y su número de circo; la Estación Mapocho con sus tres párpados cerrados; y el río que a esa hora no es sino el negro Sena de Rocambole y cuyo sueño rumoroso despierta en Eva un extraño fuego o un impulso hacia algún lado roto –¿cuál? – de su destino.

Pero la evocación de la noche llega a tomar la forma de una pequeña hoguera a cuyo alrededor la memoria cobra tal ruido que, sin saber cómo, ella y yo a la vez, recordamos ciertas experiencias alrededor de cuya llama parece imperar lo que se conoce con el nombre de “la fuerza del destino”. Porque de Eva es este principio de sueño: “He visto a un hombre que llevaba una mano encendida…”.

¿Recuerdas que un día leíste con extraña avidez este título a cuatro columnas en un periódico: “Asesinato de una niñita de cinco años”? Luego, según tú misma, en un loco impulso, entraste en una alegría tal que alguien cantaba en ti. No olvido la sangre que caía entonces de tus manos como un agua deshecha, ni la manera con que, instantes después, desesperada, parecías interrogarte:

—¿Quién puedo ser yo a estas horas?
—¿No fue eso precisamente lo que, según tu propio relato, pudo haber entrado en ti una vez?

La hoguera de Eva se reanima. “Fue un domingo –ella es la que habla–, día en que, por supuesto, los paseos están llenos de gente. ¿El mundo cuenta con un día para cambiar de espíritu? En fin, éste no es mi asunto. Iba yo, cómo decir, paseando sobre mí misma. De pronto, un hombre. Tú sabes la pequeña farsa que sucede en estos casos. Después vamos ya de camino uno al lado del otro, circunstancialmente atados. El sol caía con su pie tibio sobre nosotros. Es decir, cayó largamente, por supuesto, hasta el anochecer. Tengo que confesar que mi vida entonces estaba al margen de todo. De todo, ¿comprendes?, yo me daba cuenta perfectamente lo que significaba ir, de modo imprevisto y en tal día, al lado de un hombre, es decir, de un desconocido. ¿Cómo entré en la existencia de ese hombre? Después he pensado en esto. Desde luego y al revés de las mujeres que se encuentran en la calle, no me conduje como una futura e irremediable presa, es decir, inaccesible. Al contrario, una extraña fuerza me empujaba a dejarme llevar, a salir de mí misma de cualquier modo y a costa de no importa qué cosa. Pero ¿se alcanza lo que se desea? Mi hombre no era, en verdad, lo que imaginé o interpretó a su modo mi conducta. ¿Se puede decir todavía de alguien que se porta como quién? Confieso que por entonces tuve mi primer cuarto de hora. Entonces, y a los dieciocho años… por supuesto, no le he vuelto a ver”.

Y bien, y a mi vez, pienso como ella que ese día pudo haber sido el de su entrada en la vida. Y que desde entonces no le es difícil explicarse, a su manera, toda inclinación al delirio, al sufrimiento de lo no realizado del todo, a la desesperación de las llamas fatuas. En verdad, es en este plano que el espíritu de Eva alcanza las difíciles relaciones del mundo de los sueños. De ahí que nunca deja de parecerle extraña la constante evocación de mi parte de ciertas escenas de las que ella ha sido involuntaria víctima, escenas vividas, según ella misma, a la sombra de un amigo, y cuyo relato, hecho como “con la cabeza en el aire”, me permito recordar mientras ella habla y habla, a mi lado y casi sin sentido. (Confieso, por otra parte, que me dejo llevar por una extraña fuerza y quizás si hasta como algo natural, puesto que mis pensamientos no logran aún dispensar la bruma de la noche anterior).

EVA Y LA FUGA
Rosamel del Valle
Ediciones La Pollera, 2017, 81 páginas.