A propósito de la polémica que copó la agenda la semana anterior, con la presencia del obispo Juan Barros en todas las actividades del papa, el cura católico, Hijo Ilustre de Osorno, Peter Kliegel, escribe una carta a la Iglesia Católica y a la Conferencia Episcopal. Así lo expresa textualmente en la misiva que da a conocer El Mostrador.

Estimados Obispos, hermanos en Cristo:

Siento la necesidad de dirigirme a Ustedes después de estos días intensos de la visita del Santo Padre en nuestra Patria común, Chile. Es un regalo recibir la visita del Sucesor de Pedro, amor y respeto nos corresponde, más aun siendo parte de la Iglesia, siendo sacerdote, en la conducción de los fieles. Una gran misión. Hablamos y actuamos en nombre de Jesús.

Humildemente he entregado mi vida en los últimos 52 años como sacerdote en la ciudad y diócesis de Osorno y me siento parte de todo lo que sucede, como ciudadano, bautizado y ordenado sacerdote por el primer obispo de Osorno, Monseñor Francisco Valdés.

La diócesis de Osorno ha vivido en los últimos tres años una crisis enorme. Es innegable y las vivencias pastorales hablan como libros abiertos. En el mes de septiembre del año 2014 el Santo Padre dijo en un discurso que “la Iglesia parece a un hospital de campaña donde llegan personas heridas buscando la bondad y la cercanía de Dios”. Este “hospital de campaña” es la diócesis de Osorno. Pero en este hospital de campaña no se sana las heridas, más bien sangran cada día más. Para sanar heridas, no sirven palabras bonitas, hay que escuchar y atener al enfermo para sentir y descubrir la razón de su dolor.

Hermanos obispos, a muchos de Ustedes encanta que se les llame “Padre Obispo”, mi conciencia de cristiano me obliga a hablarles con honestidad y asumiendo el sentir y dolor de muchos diocesanos. Me había autoimpuesto en los últimos dos años un silencio en la esperanza de descubrir una luz, una mano tendida, un gesto de un padre, en la crisis vivida. Esta esperanza se me apagó y por eso tengo que hablar. La discrepancia entre las palabras y las actitudes de la jerarquía llegó al límite de lo permitible y aceptable. Callar ahora sería pecar frente a lo que experimentamos como iglesia en los últimos días lo que respecta al Sr. Obispo en Osorno. El asunto no es únicamente uno de Osorno, es de toda nuestra Iglesia chilena. Me explico.

El Santo Padre en su discurso ante los jóvenes insistió repetidamente que se grabaran en su memoria las palabras del Padre Hurtado: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?” Leyendo atentamente el evangelio llama la atención que Jesús, en los encuentros con pobres y enfermos, siempre y en primer lugar pregunta: ¿qué quieres, que te haga..?”

Jesús escucha y nunca se impone.

Y esto es exactamente que, frente a nuestro problema en Osorno, nunca se hizo. En tres años la Nunciatura y el Vaticano, a muchas peticiones, nunca se nos dio una respuesta, apenas un “acuso recibo”. No se nos escucha, tampoco el Santo Padre lo hizo y lo hace. El lema inicial de las actuales OOPP canta: “La iglesia escucha…” El Santo Padre en la alocución a Ustedes (día 16 de enero) dijo que las “principales tareas consiste precisamente en estar cerca de nuestros consagrados, de nuestros presbíteros”….y “que los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que decimos”. Siento que hemos sido tratados ni siquiera como empleados, sino como peones. ¡Cuánta verdad vive en esta frase, expresada del Sumo Pontífice! Una verdad muy dolorosa. A la vista de todo el mundo.

No tengo el derecho de enjuiciar a alguien, pero no tomar en cuenta el clamor de víctimas de abuso sexual y no tomar las medidas correspondientes, es gravísimo. (A las víctimas hay que creerles, tanto a aquellas que se juntaron con el Papa privadamente, como a las que se han manifestado públicamente.) Tildar un testimonio honrado de parte de una víctima (afirmado en juicios públicos) de calumnia, es gravísimo. Más aún si viene de la boca del Sr. Cardenal Errazuriz. Con estas palabras no se ofendió a “algunos pocos laicos”, se golpeó fuertemente a una comunidad diocesana, a la iglesia nacional, que ya se cansó en su esperanza de una solución humana, social y pastoral. El abandono de nuestras filas de parte de muchos fieles, es silencioso, el descrédito es enorme. Duele.

En su discurso en el Palacio de la Moneda el Papa manifestó su “dolor y vergüenza ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia”. Yo siento dolor y vergüenza ante la actitud de mi obispo diocesano, Don Juan Barros, que en todo este viaje papal se “refugió” aparentemente en la presencia del Papa, pero en tres años, en varias oportunidades, no fue capaz de enfrentar en Osorno la persona de Don Juan Carlos Cruz, víctima de Karadima, para un diálogo aclarador en presencia de nosotros, sacerdotes y diáconos. Cada vez nuestro obispo “desapareció”. Siento vergüenza por mi pastor y obispo. Duele.

Un pastor que se arranca ante una situación incómoda, crítica y complicada, no cuida a sus ovejas. Me es incomprensible e inaceptable el apoyo del Santo Padre a un pastor que actúa de esta manera. Una iglesia que se
autodefina como “experta en humanidad” tiene la obligación moral de aplicar criterios de mayor trascendencia.

En mi misión como sacerdote fui llamado a cooperar como director espiritual en el Seminario Pontificio San Fidel de la Diócesis de Villarrica. El Rector de este entonces, Pbro. René Rebolledo, ahora Arzobispo de La Serena, me instruyó detenidamente sobre mi trabajo, ante todo en la aplicación de criterios (documentos de la OSCHI) para candidatos al sacerdocio, considerando: la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de enjuiciar acontecimientos y personas; el ambiente histórico del candidato; las motivaciones para que momentos críticos o fuertes cambios humanos, sociales, eclesiales o incluso culturales no inadecuen a la persona fácilmente; la necesidad de haber llegado a una aceptación sincera de su propia realidad personal y dentro de la sociedad; la importancia de haber asumido su historia personal; la integridad moral y la dotación de cualidades humanas tales como la honradez, el sentido de justicia, la lealtad, la verdad. Criterios indispensables.

Son estos mismos criterios que ponen en juicio la posición de nuestro Obispo Juan Barros. En su nombramiento se subestimó

y esa es la gravedad en la mira

el ambiente histórico en el cual nuestro obispo se movió por más de 30 años, ambiente que él mismo alabó (documentado públicamente) como edificante y que fue el ambiente de un guía pederasta que dañó a nuestra iglesia chilena escandalosamente.

No haber “visto nunca nada” en 30 años indica incapacidad de ver al mundo real, de ver la historia personal con mirada crítica. Nuestros feligreses no son tontos y reclaman dignidad. Si yo como sostenedor de un Colegio emplearía a un profesor que trabajó 30 años bajo la guía de un pederasta sin haberse dado cuenta, tendría miles de familias protestando frente a mi casa por tal decisión escandalosa. Mi colegio quedaría sin alumnos. Y con razón. Y nosotros como diócesis. ¿Qué se espera?

Una persona puede cometer errores y tiene derecho al perdón

enseñanza de nuestro Maestro Jesucristo

pero hay que reconocerlos en vez de insistir en la inocencia, que no aparece como creíble. La carta del Santo Padre de enero del año 2015, recién publicada, ha revelado que nuestro obispo en su presentación ante la diócesis no fue veraz con nosotros.

Esto duele y aflige.

Esta mencionada y ahora publicada carta indica que Ustedes como obispos tuvieron clara conciencia de la situación personal e histórica del ahora obispo de Osorno y de lo que esperaba una diócesis entera. Ustedes con clara deliberación querían preservar al Santo Padre de una fatal equivocación, sabiendo que el Papa se puede equivocar. (El mismo Papa declara en una entrevista: “Soy un hombre pecador y falible y no debemos olvidar nunca que
idealizar a una persona es una latente agresión. Cuando me idealizan me siento agredido” –

“Die Zeit, N° 1,1 2017”)

Pero las autoridades de mi iglesia miraron más la conveniencia del poder administrativo que la máxima regla en la pastoral: la salvación de las almas. Esto duele y pone en jaque la dignidad de todos nosotros. La dignidad es un derecho humano inalienable, el mismo Papa nos lo grabó recién en nuestras conciencias. Seguir a dicha premisa es obligación moral.

Exijan- como hermanos en el episcopado – que por su propia dignidad como persona y obispo y por el derecho a la dignidad de todos nosotros, fieles y consagrados, el Sr. Obispo Juan Barros se decida a repensar su posición en bien de la iglesia de todo un país. Aquí no se trata de querer tener la razón, está en juego un bien mayor: la paz entre los hombres.

Como obispos hagan suya la amonestación del apóstol Pablo en su carta a los romanos: “Ustedes no han recibido el espíritu de esclavos, para recaer en el temor..” (Rom 815). ¡Liberen con grandeza y magnanimidad a nuestra iglesia
chilena de este ambiente de amargura!

“Escuchar”, actitud clave para Jesucristo. Debe, tiene que ser nuestra.

El Papa usó recién frente a las autoridades las palabras del Padre Alberto Hurtado, que “Una Nación….es una misión a cumplir». Es futuro. Y ese futuro se juega, en gran parte, en la capacidad de escuchar que tengan su pueblo y sus autoridades”.

Estas palabras hay que aplicar con urgencia a nuestra Iglesia chilena y entonces habrá paz y ante todo futuro pastoral y eclesial. Pero entre palabras y hechos tiene que haber una congruencia para convencer. Apremia y urge un gesto para nuestra Diócesis.

“Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas.”

(El Papa a los consagrados en la Catedral de Santiago).