Cuando a principios del siglo XX se publicaron los textos de Augusto Orrego Luco, se difundió una de las más influyentes reflexiones sobre la cuestión social en Chile. Su mirada permitió articular una explicación social y estructural de la pobreza, en un ejercicio inédito por parte de la clase política e intelectual de la época. En sus ensayos, el intelectual destacó el problemático reemplazo del campesino por la figura del peón gañán, que a la miseria de siempre, agregaba dos elementos: la ausencia de todo vínculo que lo atara a su tierra y a su gente, al tiempo que una consciencia nueva de la abismante separación entre su pobreza y la “opulencia” de la “vida civilizada”. La “condición oscura” del pobre era lo definitorio de ese peón que llegaba a las grandes urbes, experimentando una distancia que, abrumadora, lo “enervaba”. La preocupación genuina de Orrego Luco por la pobreza en Chile, así como la relevante llamada a la clase política para hacerse cargo de ella, escondía un punto ciego que copa hasta hoy las hipótesis con la que la enfrentamos: hay un momento en que el hombre descubre todo lo que no tiene, abre los ojos y toma consciencia de su estado de servidumbre, y entonces se indigna con aquellos privilegiados que parecen responsables de su condición.

¿Qué se le escapaba a Orrego Luco en este juicio, y que aún hoy nos sigue siendo esquivo? La convicción de que en ese peón, en sus ranchos y en su miseria, no había nada ni nadie. ¿Por qué no preguntarse si acaso lo que el pobre descubre es que quien lo mira no reconoce nada valioso en él, y eso lo indigna? Pareciera que la sociedad no fuera capaz de acercarse a la realidad de la pobreza justamente como una realidad, como un mundo con su propia historia, sus propios vínculos, su valoración del mundo. Y entonces entiende la misión frente a ella como un asistencialismo que, más o menos paternalista, más o menos secularizado, no logra salir de una aproximación que sólo ve ausencia y carencia.

No se trata de idealizar las situaciones de precariedad que, por justicia, exigen respuestas del Estado y la sociedad. Pero ello debiera sostenerse primero en el esfuerzo por reconocer en la pobreza un juicio y un punto de vista valioso. Afortunadamente, de cuando en cuando emergen voces que ponen esto de manifiesto. Después de Orrego Luco, apareció Violeta Parra con una canción valiente cuya fuerza residía no sólo en la denuncia de las injusticias del pueblo, sino sobre todo en la afirmación del valor irreductible de su cultura. En un campo diferente, el sociólogo Pedro Morandé acusó en las ciencias sociales y las políticas públicas la reducción de la pobreza a un mero problema. Esto traducía su trabajo en un desafío exclusivamente técnico, que volvía irrelevante el estudio de las tradiciones y la historia de un pueblo. En 2017 Marisol García en la reconstrucción del “latido de la canción cebolla” recuperó un relato en que la pobreza se afirma con enfática dignidad, y no con pura indignación.

La visita del papa Francisco aportó en esta misma línea, recordándole a la Iglesia que el desafío no está en darle de comer al pobre, sino en considerarlo digno de sentarse en su mesa. Si asumimos como válido ese mensaje, se hace necesario modificar el modo en que actuamos y nos relacionamos con la pobreza. Y eso parte por reconocer un punto de vista legítimo y valioso para pensar las transformaciones que haya que poner en marcha. Esto constituye una llamada de atención para la clase política y el mundo académico; para que las políticas públicas se piensen desde el criterio de sus receptores, y para que los investigadores logren dialogar, desde sus respectivas disciplinas, con una sabiduría que antecede y funda cualquier forma de conocimiento. El desafío parece grande, pero no por ello menos relevante y urgente.

*Investigadora Instituto de Estudios de la Sociedad.