Han pasado sólo unos días desde que la derecha asumió el gobierno y ya vemos cómo se amenaza el futuro de Chile: el anuncio de un proyecto de ley que pretende bajar los impuestos a los más ricos, limitando el acceso a derechos o poniendo en riesgo la economía del país; la modificación de protocolo de objeción de consciencia de la Ley de Aborto 3 Causales, que limita la libertad y pone en riesgo la vida de miles de mujeres; el nepotismo en cargos públicos, afectando una vez más la poca confianza que queda en la política; el bloqueo de ciudadanos y ciudadanas en cuentas institucionales de redes sociales; y, el reciente fallo del Tribunal Constitucional que elimina la norma para evitar el lucro en las universidades, saltándose lo decidido democráticamente por el Congreso, son señales de una política que no respeta la democracia y amenaza los avances de todas y todas.

Estas amenazas creemos que no representan el sentir de la mayoría de los chilenos. Pero, si requieren un diagnóstico acerca de por qué en un país donde evidentemente la ciudadanía demanda grandes transformaciones, la derecha con sus ideas de Estado mínimo, intolerancia y falta de democracia llega al poder.

Muchos son los aprendizajes tras los resultados en las últimas elecciones presidenciales. Lo que quedó en la mente de todos y todas los chilenos y chilenas fue un triunfo contundente de la derecha y una derrota igual de contundente de la izquierda tradicional. Ahora bien, al analizar los resultados más detalladamente también aprendemos que tanto la derecha como la izquierda tradicional han disminuido sistemáticamente su convocatoria a votar.

De hecho (en términos relativos a la población de 18 años y más del país), entre 1990 y 2017 la derecha bajó de 35,9% a 27,2%. Pero, aún más fuerte es la caída de la izquierda tradicional, que el año 1990 había convocado al 44,2% mientras el 2017 solamente al 22,7%. Estas cifras muestran que ambos bloques han caído estrepitosamente de un 80,2% a un 49,9% (Ver Tabla 1). Junto a ello, los ausentes han aumentado de casi 2 millones a casi 7 millones en el mismo período, es decir mientras en 1990, menos del 20% de los chilenos en edad de votar no lo hacía, el año pasado más del 50% no lo hizo. En definitiva, la ciudadanía no se está sintiendo convocada a votar por los partidos tradicionales y la izquierda tradicional no es capaz de convocar al electorado que tradicionalmente había votado por ellos. Por otra parte, los conflictos sociales han ido en aumento, problemas con proyectos inmobiliarios, inversiones portuarias, medioambientales, huelgas laborales, educación, salud, previsión, entre otros.

El desafío para Revolución Democrática entonces es grande. La democracia y la política están siendo cuestionadas y es el Frente Amplio quien debe liderar la oposición a la derecha, y quien tendrá la responsabilidad de presentarle al país una alternativa de desarrollo que pueda enfrentar las grandes transformaciones que Chile necesita, en un contexto nacional y global lleno de nuevos desafíos. Entre ellos, la transformación tecnológica, los movimientos globales de población, la desigualdad y concentración creciente de la riqueza y el poder, un medio ambiente deteriorado y lo más grave aún, una democracia erosionada por un sistema económico, político y social antidemocrático y agotado.

Ante este escenario, Revolución Democrática debe ejercer un rol de conducción del Frente Amplio. Garantizando que este sea ésta una casa abierta, amplia y profundamente democrática que considere a liberales, ecologistas, humanistas, social demócratas, socialistas y libertarios, además de interpelar a los cientos de ciudadanos y ciudadanas que no necesariamente se identifican con una orgánica política particular, pero si con el proyecto político frenteamplista. De esa forma, podremos convocar a quienes hoy han quedado huérfanos de la política, a construir juntos un Chile que les haga sentido y que no traicione sus demandas y principios.

Para esto será fundamental que los esfuerzos de RD no se dirijan únicamente a su capacidad de incidir en el área institucional. Nuestro éxito político no puede agotarse en lo electoral o en la labor de un número de representantes políticos en un Congreso u otras instituciones. Los objetivos políticos que nos estamos trazando implican transformar la política para que esta sea cercana a la ciudadanía y la política no es una carrera. Se trata de una necesidad en una sociedad democrática y por eso debemos hablarle a Chile y construir con todas sus diversas comunidades y sus desafíos.

Por tanto, si bien hemos de ser una oposición férrea a la distribución inequitativa de la riqueza, a la vulneración de la autonomía reproductiva de las mujeres, al nepotismo que la derecha pretende instalar y al uso tramposo de un Tribunal Constitucional que veta nuestras decisiones democráticas. Eso jamás puede limitar nuestra capacidad de hacer contrapropuestas, interpelando a las grandes mayorías, construyendo una fuerza territorial y social que se consolide por los diálogos y vínculos políticos que genere con la ciudadanía y sus actores sociales y civiles. Sólo así RD habrá asumido la responsabilidad de ser parte de una tercera fuerza política que no sólo demostró ser viable y exitosa, sino que urgente en Chile.