ILUSTRACIÓN POR @anamsmyth

 

En la máquina de escaneo facial que debe ser la cabeza de un gringo conservador –y aquí el lector puede visualizar a Donald Trump como la caricatura idónea–, la figura de Emma González prende las alarmas y las alertas en rojo y muchas cosas allá adentro seguramente empiezan a sonar como si todo estuviera a punto de caerse a pedazos.
Esa chica es la viva imagen del peligro. Una millenial de 18 años, rapada y bisexual, furiosamente bella, de origen latino, que en la marcha multitudinaria del sábado 24 de marzo, llevada a cabo en Washington contra la venta indiscriminada de armas en Estados Unidos, vistió una chaqueta verde olivo bomber style y se le ocurrió nada menos que, entre otros parches, coserse en uno de sus hombros la bandera cubana, el país de sus padres.

Inmediatamente Steve King, congresista republicano por Iowa, vinculó a Emma con el comunismo. “Así es como te ves cuando reclamas la herencia cubana pero no hablas español e ignoras el hecho de que tus antepasados huyeron de la Isla cuando la dictadura convirtió a Cuba en un campo de prisioneros, después de quitarles todas las armas a sus ciudadanos y su consiguiente derecho a la autodefensa”, dijo el equipo del político en las redes sociales.
De la misma manera, una foto de la revista Teen Vogue, en la que Emma aparece rompiendo una diana de tiro, fue convenientemente trucada. “Esto es solo una muestra de lo que los seguidores de la NRA (Asociación Nacional del Rifle) le están haciendo a los adolescentes que sobrevivieron a una masacre”, escribió en Twitter el usuario Don Moynihan, mientras compartía la versión fake que presenta a una Emma más ojerosa y, por tanto, más siniestra, rompiendo la Constitución estadounidense.

En algún sentido, esa foto no es del todo una manipulación, sino que es la radiografía exacta de cómo ve el mundo la máquina escaneadora de la que hablábamos, la cabeza gringa de derecha, fanática a la parrilla de Fox News y a los discursos de Ben Shapiro.

El 14 de febrero último, Emma había sobrevivido a la masacre de Parkland perpetrada por Nikola Cruz, un chico perturbado y demente que en poder de un fusil AR-15 semiautomático asesinó a 17 personas e hirió a otras 14 en su escuela secundaria, la Marjory Stoneman Douglas. Algunos, seguramente los mismos que se deshacen en pensamientos y rezos luego de cada cacería humana, las cuales ocurren en Estados Unidos con civilizada frecuencia quincenal, han intentado sugerir que si Cruz hubiese recibido más apoyo y comprensión de sus compañeros, la masacre no hubiese sucedido.

En un artículo para The New York Times, Isabelle Robinson, otra de las estudiantes sobrevivientes de Parkland, cuenta que en séptimo grado Cruz le lanzó una manzana a la espalda y que, cuando ella se volteó, Cruz se regodeaba de placer ante su dolor. Luego Robinson fue colega consejera de Cruz, es decir, tenía que ayudarle a hacer las tareas y cosas de ese tipo, y luego Robinson tuvo que esconderse en un clóset para que su condiscípulo desatado no la agujereara como un colador.

Robinson va en su artículo directamente contra el sistema escolar, contra el gobierno y contra las permisivas leyes de ventas de armas. Con el lobby de las corporaciones influyendo y determinando distintas agendas del Congreso –y en el caso de la NRA esto parece cumplirse a pie juntillas, sobre todo para el ala republicana– las leyes van a seguir autorizando no solo la venta de armas semiautomáticas, sino que se vendan, además, a cualquiera con más de 18 años que quiera comprar, incluido un muchacho psicópata como Cruz que el día antes de la masacre posteaba fotos en Instagram con su rifle.

Uno puede notar también, en el artículo de Robinson, su creciente enojo ante el hecho incontrastable de que los adultos estadounidenses no solo no los han sabido proteger a ellos como jóvenes, sino que además intentan responsabilizarlos por haberse, de algún modo, disparado a sí mismos.

Y esto es lo que ha empezado a suceder: la oleada de jóvenes millenial que todo el mundo imaginaba alienados en las pantallas de sus teléfonos móviles, aprendiendo materias fatuas como la filosofía de Snapchat, la metafísica de Instagram, o el álgebra de Facebook, ha decidido hacerse cargo del asunto por la simple razón de que quieren llegar a la adultez y evidentemente ese trámite menor no es algo que, en el país más rico del mundo, los mayores puedan garantizarles del todo.

Parkland fue el detonante de March for our lives, un movimiento de protesta groseramente nuevo, dinámico de costa a costa, que el sistema no sabe todavía cómo va a regular. Cientos de miles de jóvenes, que van a poder votar en 2020, se han sumado a los reclamos que hoy exigen un mayor control en la venta de armas, pero qué mañana quién sabe qué otra cosa puedan exigir –una reforma fiscal, acceso a la universidad sin posteriores deudas impagables, seguro médico para todos, y cualquier otro derecho que a la América de Trump le suene a comunismo–, puesto que por el momento ya se han atrevido a cuestionar de manera activa uno de los templos sagrados del capitalismo constitucional y el liberalismo de mercado estadounidense.

“Si el presidente viene a decirme a la cara que lamenta esta tragedia que no debió haber ocurrido, yo le preguntaría ¿cuánto dinero recibe de la Asociación Nacional del Rifle? No importa, porque ya lo sé: 30 millones de dólares. Y divididos por el número de víctimas por armas de fuego en Estados Unidos durante el mes y medio que lleva 2018, resultan 5 800 dólares. ¿Es eso lo que estas personas valen para ti, Trump?”, dijo Emma en febrero, para luego, por experiencia vital, y por elocuencia y vigor, convertirse en la cara y la líder genuina de las protestas.

Emma es la hermana menor de tres hijos, su padre es abogado y su madre es profesora de matemáticas. Ama la astronomía, y solía dibujar y pintar mientras veía películas en Netflix, algo que ahora ya no puede hacer, porque le falta tiempo. También dirigía el Club de la Alianza Homosexual y Heterosexual de su escuela, un centro en el que le dedican especial interés al manejo de la oratoria y la discusión pública, de ahí estos frutos tempranos.

En Washington DC, Emma salió airosa con un poderoso discurso que en su dramaturgia supo incluir también el silencio, cuatro contundentes minutos de estremecedor mutismo. Al lugar llegaron estudiantes de todos los estados, en convoyes, en autos, en buses, o incluso en aviones de estrellas del deporte como el avión de los New England Patriots. Los acompañaron sus padres, sus amigos, sus novias y novios o, en última instancia, se acompañaron ellos mismos, hasta completar unos 500 mil manifestantes alrededor del Capitolio.

Pero el rol de líder de los derechos civiles, que a Emma por el momento parece abrírsele en flor, trae consigo también la puesta en marcha de un rodillo mediático imparable, el sistema autorregulándose a sí mismo, lo que incluye la manipulación de su foto de Teen Vogue o las declaraciones del congresista King. Y eso solo para empezar. Leslie Gibson, candidato republicano en las elecciones estatales de Maine, fue aún más lejos cuando comentó que la “lesbiana cabeza rapada (skinhead en inglés, término de implicación fascista) no me impresiona nada”.

La explicación a su look perturbador es abrumadoramente simple. A Emma su pelo le daba demasiado calor (vive en Florida), y también le pareció que costaba demasiado dinero mantener el corte. Que, si se rapaba, su fiesta de graduación le saldría mucho más barata y que entonces tampoco tendría que perder el tiempo peinándose. Mientras más sus padres se negaban a que se rapara, más Emma quería, y alguien que es capaz de ir contra los padres es capaz de ir contra un presidente o contra un conjunto de leyes, porque el primer escalón en el que cualquier sistema ejerce la administración de su poder es en la familia, como todo el mundo sabe.

“Incluso hice un power point para convencerlos de que debería hacerlo”, contó Emma en un post de Instagram donde aparece echada hacia adelante, con el codo derecho apoyado en un banco, el antebrazo lleno de pulsos, el mentón apoyado en su mano derecha, una media sonrisa dibujada en la cara, una gargantilla negra, y su chaqueta verdeolivo plagada de parches. Una bomba ideológica envuelta en la apariencia de un post trivial.

Consternados ante la naturaleza del debate que se presenta, el padre de Emma, un emigrante que salió huyendo de Cuba en 1968, tuvo que aclararle al congresista Steve King que la bandera cubana no es propiedad exclusiva de los comunistas, sino que es un símbolo que los trasciende, con una importante carga semántica también dentro de la identidad del exilio. No es un tema menor: el mesianismo de Washington alcanza su expresión más concreta en el manejo y la interpretación de los emblemas nacionales, el profundo y envidiable convencimiento que tienen los estadounidenses de su misión sagrada en la tierra para con ellos mismos y con el resto.

“Esto no es el final, es solo el principio”, dijo Emma después de la marcha, en una entrevista para CBS. El dilema central pasa porque ese reclamo multitudinario no se diluya a corto plazo y consiga alguna reforma legal profunda.

La protesta es solo el primer derecho. La posibilidad de que esas exigencias se codifiquen en leyes es lo que garantiza el funcionamiento del Estado democrático.

A sus 24 años, Bob Dylan dijo en rueda de prensa que, si alguna vez llegaba a la Casa Blanca, reescribiría de inmediato The Star-Spangled Banner y que “los niños en la escuela, en vez de memorizar America the Beautiful, tendrían que memorizar Desolation Row”. ¿Ha empezado eso a suceder? Una niña rapada y bisexual, de nombre flaubertiano y apellido latino, encabezando la marcha de los nuevos hijos de América a través de la calle de la desolación.