Hay una escena que recuerdo con mucha vergüenza. Fue en el colegio. Se nos asomaba ya la adolescencia y la novedad de esa vuelta a clases, era que nosotras estrenábamos sostenes. Jugábamos (o hacíamos que jugábamos, para poder hacer algo con las primeras tentaciones sexuales) a escapar de los hombres que tenían como misión tirarnos los sostenes por la espalda. No es esto lo que me da vergüenza, sino que mi reacción con uno de los niños que era considerado en los escalafones bajos de la jerarquía escolar, el perno, el tímido. Bajo la máscara de la manada, este chico tomó fuerzas y tuvo la osadía de tirar mi elástico. Y con una convicción que no sé de adónde salió, furiosa me doy la vuelta y le digo TÚ, no. Así, enfatizando que el problema era más él, que el juego en sí.

Vergüenza me da que en un tiempo creí en el macho alfa.

Y como muchas, le daba crédito a mi deseo por el chico malo, el matón del curso, el saco de raja porro que lideraba la pandilla por ser más alto y meter los goles. Hasta que me empecé a dar cuenta de que ese alfa dejaba de serlo cuando venía uno más alfa que él, o cuando veía que al final se quedaba con la cuica que le correspondía ante los ojos de su familia y sus amigos. El pobre hueón campeón, que al final estaba preso en su estatus. Y así fue como entré en el club de las cínicas, otro cliché por cierto, esa fue mi verdadera etapa feminazi: había que destruir el ego de esa gente. Cosa más o menos fácil, porque con cualquier ridiculización que funcione como corta pija, el amor propio se les diluye. Pero como dice la canción, no fui feliz.

Varias vueltas tuve que darme en la vida, para pasar a algo así como el paso tres: dejar la iglesia fálica. Es decir, dejar de creer en la existencia, no sólo del macho alfa, sino que del alfa como categoría humana. Es cierto que en todo encuentro humano nos medimos de muchas maneras. Pero cuando las disparidades son tomadas demasiado en serio, estamos liquidados. Ya sea porque nos inferiorizamos y nos situemos como admiradores del otro o viceversa, perdemos tres grandes posibilidades de la existencia: la amistad, el humor y el amor. Todas ellas requieren franquear la barrera de las mediciones, para poder encontrarse en las fracturas, en los defectos, en la humanidad misma. Eso es mucho más divertido y amable. Es la parte buena de ser humanos y no una manada con roles, más o menos, estereotipados.

Pero siempre están lo que no terminan de padecer la fantasía del macho alfa. Que hay que aclarar que puede ser una hembra. Y se neurotizan en esa batalla, compran coaching a veces, guías para el éxito, cayendo en esa estética tan fea de la autoayuda, tan sin libido, que quizá por eso, sólo pueden compensar con un auto caro.

Otras versiones de este credo, son los padres, como nuestro actual ministro de Educación, que sueña con tener hijos campeones, situando el éxito de los hijos en su pene. O bien, lo que una colega llamaba las boludas: esas chicas que creen en los campeones, y reniegan de sus propias potencialidades por agarrarse de un par de bolas.

Todo esto ridículo, pero inofensivo.

La cosa se empieza a poner fea cuando aparece el resentimiento. La idea fija de que el alfa es siempre otro, real o en la fantasía. Me atrevo a decir que esto es lo que hay bajo ese insulto, casi automático, hacia las mujeres: puta. Tal insulto, nos resulta feroz cuando aparecen esos celos locos e injustificados de las parejas, pero es aún más misterioso cuando proviene de un desconocido. ¿Por qué cuando una mujer se defiende de algún tipo de acoso en la calle, suele recibir de vuelta la acusación de ser una “maraca concha tu madre”? Pues, porque en la fantasía de algunos hombres, persiste la idea, de que con ellos no, pero que con otros sí. Que es bastante obvio, pero ese otro en su cabeza es el hombre de sus sueños/pesadillas. Para esos sujetos no queda más que la misoginia más profunda, porque suponen que las mujeres desean lo mismo que ellos desean: al tipo pija grande (y sus metáforas, por supuesto).

Esto se pone aún más peligroso, cuando estos sujetos humillados se juntan y le ponen con orgullo nombre a su pandilla. Los “célibes involuntarios” o Incels, es una nueva denominación que ha aparecido en foros en internet. Se definen como víctimas de opresión sexual, porque no logran tener experiencias con el sexo opuesto. Suponen que todo el sexo está reservado para los “Chad”, los tipos guapos y alfa, porque las mujeres seríamos todas unas boludas que andamos detrás de los musculosos. Se quejan de que son feos e incompetentes en la seducción, y creen demasiado en las rigideces darwinianas, por lo tanto, sienten inamovible su lugar en el mercado sexual. Esa rigidez, más la lógica de los tiempos, que les permite a ellos también afirmar que tienen derecho a tener eso que se les hace esquivo, los convierte en una bomba de tiempo. Como fue el caso del joven que hace algunas semanas provocó el atropello múltiple en Canadá. Quien puso antes en su Facebook que venía la rebelión de los Incels y alentó a derrotar a los “Chad” y las “Stacys” (las bonitas y sexys).

Vaya trampa. Desean a las mujeres, pero las odian. Porque si aman a alguien, es al hombre ideal de su cabeza. Ese, al que según la antropóloga Rita Segato, rinde homenaje el violador en su acto. Ella descubre en el relato de violadores encarcelados, que su acto es antes una venganza imaginaria frente a la humillación, que un acto de deseo sexual. Es una especie de tributo fálico. No por nada, los de la pandilla española llamada “La manada” mientras cometían su crimen, no dudaron en filmarse para compartirlo con sus amigos.

Las mujeres en estas historias parecen una fatal anécdota, pues más bien se trata de un erotismo entre ellos. Fletosmachinazis, es un nombre que les cae a la perfección. No lo digo a modo de una venganza, por cuantas veces nos han tildado de lesbofeminazis, como si no quisiéramos nada con los hombres. Yo al menos sí, los quiero, me encantan y los necesito, pero me ha caído encima el insulto igual. Tampoco me gusta usar el sufijo nazi, pero lo cierto es que se está colando sin pudor alguno, un fuerte discurso de odio hacia las mujeres.

Repetimos como loro, muerte al patriarcado, cuando hay quienes ya se dieron cuenta de que el patriarcado va en retirada, más no la violencia ni el machismo. Hacer esta distinción no tiene algún propósito siútico intelectual. Sino que es interesante porque apela a la necesidad de comprender algo de la violencia contemporánea.

Luigi Zoja, psicoanalista, plantea que en tiempos postpatriarcales se activa la pandilla, es decir, la fraternidad que enaltece la parte cruda de lo masculino, compitiendo por quien pasa a ser el alfa. Mientras que el padre como construcción cultural– con todos sus defectos – daba un ordenamiento que transaba sometimiento por protección. Por ejemplo, como síntoma de los tiempos, lejos de esos gobernantes que hacían el semblante de protección al pueblo, aparecen hoy en la escena, los que representan algo así como el hermano mayor machista que promete invitar a la fiesta, como Trump o Berlusconi.

Antes que anhelar de manera reaccionaria al patriarcado y las jerarquías, se trata al menos de hacerse la pregunta respecto de la forma de la violencia, de los pactos rotos entre los sexos, y cuáles son los por venir.

La sospecha recae en que el gran padre de hoy se llama la economía y el discurso de la potencia. Donde existe la promesa de que es posible cumplir el programa del “principio del placer” (Freud): si no consigues todo, eres un fracasado. Ante la muerte del padre, la manada disputa quien es el “puto amo” (frase de moda de la serie de moda “Casa de papel”, ese es otro síntoma).