Si algunos estaban aburridos del contexto político actual, en el que parecíamos limitados o bien a los compromisos de la Realpolitik donde derecha e izquierda se parecen, o a extremismos donde derecha e izquierda podrían en cambio confundirse, hoy día algo inédito podría ocurrir con el impacto nuevo que están teniendo el pensamiento y la acción feminista. Mientras hasta ayer (en el sentido vasto del término) el lenguaje de la política no conseguía dar voz a problemas (no solo las múltiples y distintas situaciones de desigualdades, sino las violencias subyacentes a estas desigualdades o producidas por ellas) que sin embargo eran nombrados y entonces de alguna manera conocidos, hoy ya no podemos desconocer lo que sabemos. Los distintos hashtags que invitan a relatar casos de abusos sexuales no solo han visibilizado un problema parcialmente conocido, han interrumpido (o están interrumpiendo) una ceguera, una complacencia, una manera de no lograr escuchar lo que se dice y se sabe. Hasta ayer podíamos decir: existen casos de violencia y de abuso y se pueden imputar a nuestras estructuras sociales. Hoy podemos afirmar que la violencia no es un caso aislado, es omnipresente y nos interpela. Nos interpela en cuanto, de una manera o de otra, estamos en una relación de promiscuidad con ella. Mientras la Realpolitik se despliega en un lenguaje que debe reflejar solamente su propia coherencia; mientras algunos extremismos usan el lenguaje con el fin de destruir toda posibilidad de matizar (y entonces al final destruyen el lenguaje), hoy estamos invitados no tanto a usar el lenguaje o a destruirlo, sino a otra relación con el lenguaje y el conocimiento que posibilita. Los hashtags “me too” o “cuéntalo” nos relacionan con la violencia en el momento en el que la formulan.

Es esta relación con la violencia la que hoy permite tomar la medida de lo que representa el feminismo. Este no se limita a ser un movimiento político de búsqueda y afirmación de la igualdad. Además de ser un movimiento político, el feminismo es una tarea epistemo-crítica que cuestiona las formas de nuestro conocimiento. Si la desigualdad de género no es un asunto contingente sino inherente al orden social, entonces la violencia que es concomitante de la desigualdad, es producida por nuestras formas de conocer. Asimismo, el rol del feminismo no es doble sino triple: se trata de promover la igualdad a nivel político, detectando los mecanismos que la producen y que la hacen permanecer oculta; rompiendo (en la medida de lo posible) las episteme existentes.

Dentro de este marco, el feminismo es una tarea difícil. En efecto, solo se pueden romper estas episteme estando dentro de estas episteme. Si bien la violencia y la desigualdad son producto de nuestras formas de conocer, no podemos sin embargo presuponer que habría formas de conocimiento no violentas. Nadie es ajeno al lenguaje que conforma las desigualdades. A menos que podamos remitirnos a algún fundamento no violento de la sociedad, el feminismo no es una ciencia exacta que puede determinar lo que será una sociedad igualitaria, ni una religión que pretende liberarnos de una vez por todas de la violencia (a través de la violencia). A menos que el feminismo remita a una naturaleza femenina no violenta (y en tal caso el feminismo sería un fundamentalismo, su rol no sería más epistemo-crítico), el feminismo opera dentro de los marcos que analiza y critica, con sus categorías y lenguaje. El feminismo no es un mesianismo en el que se esperaría un nuevo reino ni una nueva metafísica que busca simplemente invertir los roles entre hombres y mujeres, concebidos en términos esenciales. No es una ciencia que aspira una verdad única o una religión que procede de una revelación. Es una reflexión sobre las estructuras de nuestro conocimiento que, al relacionarnos de otro modo con estas estructuras, posibilita luchas sociales. Debido a esto el feminismo tiene lugar en los estudios filosóficos y en las humanidades en general.

Si hoy el feminismo tiene una resonancia nueva, porque ya no podemos ignorar la violencia que nos rodea (y de la que somos partícipes), esta “popularidad” de la lucha feminista parece ser de doble filo. Hay en efecto un uso populista del término feminismo en el que este último ya no designa una tarea epistemo-crítica (con las dificultades e incertidumbres que esto conlleva) sino una causa de por sí buena y asegurada de sus resultados y que por lo mismo crea inmediatamente consenso. En este contexto, el feminismo resulta de una concepción maniqueísta de la sociedad. Es malo ser machista y es bueno ser feminista. Feminismo y machismo no se conciben más dentro de estructuras sociales sino como un sistema de valor. Es más, en este marco maniqueísta, el feminismo cobra sentido desde el machismo al que se opone y que se propone eliminar. No solo su programa es más moral (corrector) que político (transformador), sino que su lenguaje termina siendo completamente tributario de lo que critica. Asimismo, es difícil pensar que la política de esta moral logrará realmente cumplir su promesa de una realidad social nueva. Como en el caso del populismo, la consecuencia de esta moralización de la política podría ser simplemente una inconsecuencia política, es decir, en el mejor de los casos, una imposibilidad de hacerse cargo de la dimensión política de los problemas a los que apunta el feminismo (entonces una inepcia política); en el peor de los casos, una política totalitaria en la que moral y política están confundidas a fin de determinar un nuevo orden social. En este ultimo caso, la tarea epistemo-crítica del feminismo desaparece a favor de su uso ideológico.

Las perspectivas políticas nuevas a las que abre el feminismo hoy, su popularización, hacen urgente cuestionarnos sobre lo que esperamos políticamente del feminismo. Si el feminismo es una lucha contra las instituciones y su machismo constitutivo (el sistema patriarcal), el feminismo no es quizás nada más que una ideología. Si el feminismo es un cuestionamiento de todos nosotros, dentro de los sistemas que nos rigen, el feminismo es una tarea de pensar (y de pensarse) en común. Como lo fue el comunismo de Marx, el feminismo es un pensamiento que es indisociable de una praxis. Como el comunismo de Marx, el feminismo, al precipitarse en la praxis, puede tomar la forma de un totalitarismo (donde moral y política se confunden). Pero comunismo y feminismo son ambos filosofías. La revolución que pueden prometer dependerá de nuestra capacidad de no aplastar la tarea epistemo-crítica con la ideología, la praxis de su pensamiento con una acción acrítica que solo podrá reproducir la ceguera que denuncia.

*Aïcha Liviana Messina es profesora titular del Instituto de Filosofía Universidad Diego Portales.