Cuando las cámaras encendieron sus focos para la esperada pelea, Roberto Castillo se dio cuenta que su invención pugilística lo había puesto contra las cuerdas.

Recapituló. Castillo llevaba varios años fuera de Chile cuando se topó, casi por accidente, con Arturo Godoy. El nombre del púgil iquiqueño, campeón sudamericano de los pesos pesados, surgió desde la oscura hemeroteca de Harvard y desde entonces lo había acompañado hasta el desvelo.

La historia, después de todo, era para fascinar a cualquiera. Godoy había pasado de buzo en Caleta Buena a pasearse  por Buenos Aires y Nueva York, repartiendo combos a destajo. Incluso, en su primera pelea por el título mundial, le había aguantado los quince rounds a Joe Louis, el “Bombardero de Detroit”.

Pero en la revancha, ocurrida pocos meses después, Louis reventó al iquiqueño, cuyo rostro desfigurado ocupó la portada de diarios nacionales bajo la leyenda “así quedó por Chile”. Cuando Castillo vio esa imagen, supo que tenía que escribir una novela sobre Godoy.

Y ahí estaba, el año 1998 a punto de presentar su primera novela –cuyo título original cambió por recomendación de Nicanor Parra-, sudando como condenado. Durante la semana previa al lanzamiento, había recibido la amenaza del hijo de Godoy y de la Federación de Boxeo para que frenara la publicación. Por ello, el salón estaba repleto de periodistas que lo apuntaban con sus reflectores, esperando que se destara la inusual pelea.

De pronto, Castillo, se vio acorralado por su propio intento de eliminar la frontera entre realidad y ficción. Hoy, sentado en el living de su casa en Pensilvania, Estados Unidos, Castillo se da la licencia de bromear sobre aquél episodio:
—La literatura, al final, te va a noquear. Puede que salgas parado de la pelea, pero vas a quedar dañado.

Cara de chileno
Roberto Castillo Sandoval nació en Santiago en 1957. Vivió sus primeros años en la población Germán Riesco, comuna de San Joaquín. Poco después, se mudó a El Pinar, una población adyacente a la Legua Emergencia, donde los niños se conseguían guantes de plástico para armar mochas en los pasajes. Sus primeras lecturas, recuerda, llegaron de la mano de su madre y de uno de sus tíos, obrero especializado y guardián de una nutrida biblioteca.
— Era la época en que los sindicatos obreros en Chile aún tenían sus “ateneos”, bibliotecas que funcionaban como espacios de discusión y formación intelectual. Yo iba a la casa de mi tío y encontraba libros de Benedicto Chuaqui y sus “Memorias de un emigrante”, o toda la obra de detectives de George Simenon—, recuerda hoy.

A sus 60 años, Castillo es hoy considerado un narrador de culto en Chile. Admirado por Raúl Zurita, doctor en literatura de la Universidad de Harvard, un ejemplar de su novela sobre Godoy, “Muriendo por la dulce patria mía”, llegó a valorizarse en cientos miles de pesos durante la última década.

Eso hasta que Laurel decidiera reeditarla, el año pasado. Para algunos críticos, “Muriendo…” fue un experimento literario único para la década de los 90’ en Chile. Lleno de guiños y préstamos literarios, la novela problematizaba las ambivalencia frente a la ‘verdad’ histórica y la fragilidad de la memoria.

En el libro, Castillo ficcionó sobre la figura del boxeador, lo que provocó inusuales reacciones. El hijo de Godoy, por ejemplo, lo acusó de “falsear” una novela basada en la vida de su padre. “El género de la ficción se está burlando de Arturo Godoy, y eso no lo voy a permitir. ¡Esa ficción miente!”, fue una de las frases de Godoy Jr.

El periodista Raúl Hernán Leppe, por otro lado, le reprochó a Castillo que si se insistía en escarbar “los defectos de cada héroe chileno”, se iba a terminar diciendo que “Chile había perdido el combate Naval de Iquique”.

“No fui capaz de responderle lo obvio”, escribió Castillo en el epílogo de la reedición de su novela. “En el Chile de ese momento, una victoria moral era lo mismo que una victoria real”.

Pasó una cosa bien extraña con tu novela, mucha gente la tomó por verdadera y se ofendió al ver esta “versión” de Godoy.
Hay una cosa en la literatura antigua, y es que las historias tienen que adecuarse a la grandeza del héroe. En este caso, con Godoy, se puede hablar también de la proporción de su derrota. Este es un héroe derrotado.

El comienzo del libro hace referencia a Borges, famoso por incluir filósofos y documentos inventados como si fueran parte de “lo verdadero”
Cuando saqué la novela, en Chile la llevaba la Nueva Narrativa de Fuguet y Gómez, quienes estaban ansiosos por echarse la tradición del boom, empezar todo de nuevo. Era todo como matar al padre. A lo mejor como yo estaba lejos de Chile, no me interesaba hacer eso. Pero sí quería mostrar algún tipo de proyecto. La imaginación también puede ser historia. Y a veces no nos queda otra que la imaginación para recuperar la historia.

Al final, ¿es “verdadera” la historia que nos cuenta un abuelo?
-Exacto. Hay un capítulo que del libro, “Gullible”, que en inglés quiere decir “el que se cree lo que le dicen”. Uno de los viejos le dice al protagonista, al chico que está haciendo la investigación sobre Godoy: “Tienes cara de chileno. Los chilenos tienen cara de que se tragan todo lo que les dicen”.

El exilio
A mediados de la década del 70’, cuando aún iba al liceo, Castillo se ganó una beca de intercambio para pasar seis meses en un colegio de Ohio, a la que partió sin hablar una gota de inglés-como Godoy.

Luego de cursar un año y medio de sociología en la Universidad de Chile, Castillo volvió a armar sus maletas. Otra beca le permitió recorrer gran parte de América Latina y de Europa en busca de relatos de los primeros exiliados de Pinochet.
—Yo estudiaba sociología, y quería hacer un estudio sobre las comunidades chilenas en el exilio. Era un poquito ingenuo, porque no me conocían ni en pelea de perros. ¿Te imaginas llegar con una beca gringa a una comunidad en el exilio y decir, “vengo a estudiarlos”? — dice hoy.

Llevas casi 40 años viviendo en EE.UU ¿Cómo se mira o piensa un país del que uno ya no es parte físicamente?
Parto de la base de que todo país es una construcción medio demencial, a veces sublime y a veces macabra. Una vez que uno ha sido crecido con esa demencia como parte de la identidad, la presencia física no es tan necesaria, uno queda conectado por la historia, por la memoria y más que nada, por el lenguaje. Uno sigue siendo parte, aunque no lo quiera.

¿Es posible desligarse de la idea de “patria”?
Conozco mucha gente que ha roto esa ligadura y para algunos es algo muy enriquecedor, porque desligarse de Chile significa librarse del sistema de castas que todavía nos define como nación. Yo he optado por mantenerme conectado, y eso también es liberador: puedo escoger mi propia manera de ser chileno, los íconos, las tradiciones, los referentes que me parecen más humanos. Lo demás lo boto sin problemas. El nacionalismo miliquiento, por ejemplo, me vale una hectárea de pico, como dicen los jóvenes.

Cuando te ganaste la beca en los 70’s, ¿qué encontraste en el mundo de los primeros exiliados?
El exilio chileno fue muy variado, salió gente de todas las clases sociales. Lo que me pareció interesante es que los que más ansiaban volver eran casi siempre cercanos a los grupos de élite, la izquierda de clase media o alta, gente que echaba de menos también sus privilegios de clase. Los de otros grupos, y muchas mujeres, se la pensaban más, porque sabían que volver a Chile era volver a ese clasismo y ese machismo inescapable contra el que hoy las cabras están peleando con toda justicia.

¿Hubo una historia que te marcara de ese viaje?
Una vez me tocó ir a un encuentro del exilio en Rotterdam, el año 83, justo cuando Pinochet publicó las primeras listas de gente autorizadas para volver. El día antes de que salieran las listas, un compañero “escandinavo” hizo un discurso encendido diciendo que él nunca iba a volver, que la lucha por la justicia se daba donde uno estuviera y que su vida estaba en su país adoptivo. Lo aplaudieron mucho, pero cuando las listas llegaron, el compañero había desaparecido porque en efecto salió beneficiado y partió corriendo a hacer las maletas. Por eso digo que la patria es un tipo de demencia.

Aunque te saquen la rechucha
Para este segundo semestre está agendado Los muertos del año, un conjunto de obituarios en el que Castillo viene trabajando hace años y que el autor lanzará con Hueders. Además, está comenzado a traducir cuentos de Edgar Allan Poe, los que a su juicio, “necesitaban una versión nueva”.

¿Estás leyendo literatura chilena actual?
Sí. De hace un tiempo vengo cachando que las mujeres la llevan. Disfruto mucho con Alejandra Costamagna, Cynthia Rimsky y lo que ha hecho Nona Fernández con la memoria histórica de Chile. Y Lina Meruane, que además de ser una súper narradora y ensayista, hizo el “Sangre en el ojo”, un libro impresionante.

¿Por qué te impresionan?
Por la calidad en la prosa y en la ficción. Es una óptica bastante refrescante. Lo que están haciendo las mujeres es encontrar una voz que es súper propia e inteligente. En la Nueva Narrativa, había puros machos, una visión de la masculinidad muy reducida. La única excepción era Darío Osses, que hizo una crítica a esa masculinidad con “Machos tristes”. Y por supuesto Lemebel, que está a otro nivel.

¿Qué figura deportiva actual daría mejor material para escribir una ficción en el futuro?
Alexis Sánchez, sin duda. Alexis tiene espesor emocional, hay un misterio y una tremenda fuerza en él, lo que los antiguos llamaban pathos, algo sufriente, emocionalmente intenso con lo que nos podemos identificar. Alexis lleva sus tatuajes por dentro, en eso es muy chileno. Alexis se busca sus propias dificultades: ¿a quién chucha más se le ocurre tirar un penal a lo Panenka en el momento más importante de la historia del fútbol chileno? Él va a tener que terminar su propia historia. Mientras tanto, lo vemos en Instagram mirando pinturas en un museo y tirando frases de manuales de auto-ayuda, siempre solo.

¿Es Marcelo Bielsa un representante de la “victoria moral”?
No. Marcelo Bielsa está más allá del bien y del mal. Lo que nos pasó a nosotros los chilenos con Bielsa fue una derrota inmensa, sin ambages.

¿Volviste a tener problemas con el mundo del boxeo tras el incidente del lanzamiento?
Esta vez tuve cero problemas, porque en realidad todos mis detractores se murieron y el libro pudo ser leído por fin como literatura, no como historia del deporte. No sigo el box, porque el box como actividad me repele; es una forma de naturalizar la violencia que a mí ya me agotó. Debería desaparecer el boxeo, y lo digo con conocimiento de causa.

¿Crees que el estar geográficamente lejos impidió que tu novela tuviese mejor recepción en su primera publicación? ¿Qué tan importante era —y es— tener “redes” para ser un escritor reconocido en Chile?
Creo que sí influyó la lejanía física, porque las redes siguen siendo muy importantes en un país donde la meritocracia no existe. Pero también creo que a lo mejor tiene razón Ignacio Álvarez cuando dice que la novela planteaba cuestiones incómodas para la complacencia que dominaba en esa primera época de la transición, época de esperanza, pero también de transacas y de amnesia voluntaria.

Un amigo, el periodista Daniel Rozas, piensa que quizás se trató de un primer ejercicio algo ambicioso. Que se les fue en collera a muchos críticos.
Quizás sí. Pasa que le eché todo lo que tenía. Ahí se nota que es una primera novela. A las primeras cosas uno le echa todo lo que hay. Pero lo que sí estuve consciente, al momento de rehacerla, era que debía apretarla un poco, pero reducirla. Pienso que eso hace que la historia de Arturo Godoy tenga un correlato. La ambición del libro era la de Arturo Godoy: de ganar la cuestión, a pesar de que es difícil.

¿Pelear aunque tengas al frente a un gringo de 100 kilos?
Exacto. Seguir a pesar de estar peleando contra alguien que sabes te va a sacar la rechucha.