Revisando los resultados del Simce 2017 salta a la vista algo que ha pasado más bien inadvertido, y es que las mujeres, en los tres niveles medidos, superan a los hombres en comprensión lectora y esta brecha se amplía en los sectores socioeconómicos altos donde éstos muestran una sostenida tendencia a la baja en los últimos años. Es una extraña noticia y a la vez una constatación. ¿Es posible que con crecientes niveles de desarrollo la mitad de la población educada baje sus habilidades en algo tan elemental, e indispensable como es la comprensión lectora? La indiferencia ante el hecho es en parte la razón de este artículo. Como sea, los hombres leen cada vez menos y si lo hacen entienden menos todavía, y sobre todo, en los estratos altos. No es poco. La otra parte de la noticia, el aumento de las habilidades lectoras por parte de las mujeres, no sorprende tanto. Veamos.

Por las razones que sean, las demandas del sistema productivo, a causa de ciertos modelos culturales (el emprendedor como héroe social), el imperio de la tecnocracia, el prurito del rendimiento, han supuesto a la lógica matemática utilitaria un status superior por sobre la razón humanista. Las llamadas humanidades y su valoración social retroceden en un mundo tensionado únicamente por la producción y el consumo. Estas últimas, para el sistema productivo, serían superfluas, inútiles, en buenas cuentas, mientras que la otra, tendría tangibles fines prácticos y materiales: el hombre Excel y la mujer Word. Por lo mismo, a los hombres pareciera no importarles lo más mínimo la pérdida en ese terreno que sería “cosa de mujeres”. Han comprobado, empíricamente, que se puede ser CEO de empresas o presidente de la república, si se quiere, sin haber leído nunca un libro.

La verdad es que este desdén hacia la lectura y el conocimiento tiene consecuencias, y paradojalmente, para las mujeres. En ese desdén reside una de las fuentes de machismo que no se ha observado lo suficiente. La lectura nos entrena en el pensamiento relacional, adaptativo, hace más dúctil y plástico nuestro pensamiento, estimula la imaginación, nos permite separar esto de aquello y sus diferencias, sus matices; comprendemos mejor el mundo y sus complejidades, lo invisible de las cosas, además de dotarnos de la riqueza léxica con que comunicamos nuestro ser. Conducimos nuestra existencia desde un sistema en que se modulan de mejor manera, la mejor posible al menos, intelecto y emociones, lo que nos hace: pacientes, racionales, reflexivos; en palabras de Marcel Proust, la lectura es: “la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en el fondo de nosotros mismos las puertas de las moradas donde no habríamos sabido entrar”. No es poco. Ojo, la operación de la lectura la hacemos con el hemisferio izquierdo, el de la lógica simbólica, el “lado de los inteligentes”.

La exaltación de los paradigmas del éxito, la productividad y el consumo, la acumulación material como signo de poder, la competitividad en toda área, han confinado en cambio lo masculino a una dimensión dramáticamente lineal y simplista, a construir una virilidad casi puramente exterior y artificial, y por lo mismo precaria. Por tosca en su elaboración, estos símbolos de virilidad aparecen más como un argumento de fuerza. Así, la alteridad femenina pareciera alejársele al varón y más, desde esa línea argumental la posible conquista del femenino, se hace más penosa. Uno de los síntomas más evidentes en el hombre de hoy, es su falta de conversación, según queja repetida de las féminas. Su mente, tan rudimentariamente estandarizada, pareciera sólo les permite hablar de negocios (reales o ilusorios), dinero, precios, trabajo, motores, aparatos, tecnología y fútbol; lo material y lo fungible, mientras que el lenguaje de ellas se salpica de las cuestiones personales e íntimas, de ellas y los otros, de su genealogía de afectos, de las cosas bellas, de las divertidas, las frívolas, del corazón y las pasiones, ámbitos todos donde se muestran agudas y perspicaces. El hombre siempre ha temido a la espontaneidad femenina, a su locuacidad y versatilidad, a lo sorpresivo, inespecífico, o banal, que fluye de toda buena conversación femenina, de toda buena conversación en verdad. Esa que nos obliga a estar interesados, despiertos y alertas a su ligereza y desenvoltura, a su agudeza y naturalidad ante la cual muchas veces el rudimento masculino se declara incompetente, e impotente. La pachotada machista suele ser expresión de esta limitación, del impedimento de las habilidades sociales limitadas. Como se declara impotente al niño ante lo femenino, que niega la diferencia, no la admite ni la resuelve, y cuya respuesta es la neutralización de esa alteridad por el argumento físico, o la mera negación de su existencia, el club de Toby. Ese niño (y no tan niño) de hoy, bombardeado de imágenes de súper héroes, guerreros, humanoides, vengadores, engendros armados y acorazados, (convengamos que el príncipe de los cuentos de antaño era el al menos gentil), adoradores de máquinas monstruosas; todos productos de la industria visual chatarra que nos llega de USA, configuran un imaginario donde la fuerza bruta y la violencia parecen ser la única y excluyente expresión de lo masculino. La teoría feminista que sólo se han preocupado de “desprincesar” los textos no se han pronunciado a este respecto; es que a las feministas los ñoños les provocan ternura; esos ñoños que en USA toman el fusil Browning para eliminar a sus compañeros de curso. Esos niños de hoy serán los hombres de mañana, analfabetos emocionales, infantilizados perennes por modelos masculinos básicos, hombres que, atónitos, no terminan de comprender el mundo femenino, y no es raro entonces que usen la fuerza, o la violencia, lo mismo que sus héroes, como único medio de resolución de conflictos. Y convenimos, que, entre ambos sexos, antes y más ahora, hay un conflicto.