Ilustración por @benjailustrador

Desde que emergió con fuerza el movimiento feminista en Chile de la mano de la Confech, sus lideresas buscan la forma de endilgar los fuegos contra el gobierno; un empeño destinado a darle respiración artificial a un alicaído movimiento estudiantil que perdió “punch” porque la población considera que sus demandas ya han sido satisfechas por la administración de Michelle Bachelet y que las marchas carecen de justificación. Pero, hasta ahora, han fracasado ya que el gobierno se subió al carro dándoles el “abrazo del oso”, acogiendo muchas de sus demandas, por lo menos en el discurso; lo que no les importa demasiado ya que la premisa de su desconfianza y hostilidad es ideológica: Para ellas ser feminista de derecha es un oxímoron (contradictio in terminis). Como suele ocurrir este es un viejo debate en el seno del feminismo mundial, similar, pero no idéntico, a la disputa sobre si la derecha puede tener sensibilidad social o si la preocupación por los pobres es monopolio de la izquierda.

La pregunta es entonces si puede una persona de derecha ser genuinamente feminista. Para la izquierda, la emancipación de la mujer es incompatible con la agenda política conservadora que recela del estado de bienestar, el acceso universal a la salud pública y derechos reproductivos. Sin embargo, si hacemos una lista de las demandas feministas veremos que la gran mayoría de ellas ya forman parte del ideario de muchos partidos de derecha a nivel mundial y de la mayoría de los partidos de derecha en nuestro propio país, tales como divorcio sin culpa, aborto en caso de violación, acceso a métodos anti conceptivos, igualdad de salarios entre hombres y mujeres por igual trabajo, leyes de cuota, reconocimiento a parejas homosexuales. Muchas mujeres que sustentan valores más bien conservadores apoyan estas demandas. Un buen ejemplo es Theresa May, Primera Ministra derechista del Reino Unido que se autodefine como feminista. Existe entonces una convergencia entre conservadores y liberales en torno a cuestiones fundamentales del feminismo basado en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación, igualdad de oportunidades, acceso a la educación, inclusión en el ámbito público, en el comercio, en la empresa y en el trabajo, fin de todas las discriminaciones y a una verdadera y total igualdad de derechos y dignidad. Todo lo cual se traduce en un cambio radical de las relaciones de poder en la sociedad entre hombres y mujeres. De modo que el feminismo no es sinónimo de izquierdismo y ser feminista y derechista es perfectamente posible. De hecho en el tema más espinudo como es el de los derechos reproductivos de la mujer el gobierno más “progresista” desde el punto de vista valórico que ha tenido Chile en toda su historia, no se atrevió a proponer el aborto libre; hay personas de izquierda que están en contra y de derecha que están a favor; mujeres agnósticas o ateas, exitosas, partidarias de la economía de mercado, autónomas y conservadoras en el ámbito fiscal que defienden su derecho a decidir.

De modo que los estereotipos clásicos no corren en el tema del feminismo. Salvo cuando estamos frente al “feminismo radical” que tiene sus orígenes en Estados Unidos en los años sesenta que vincula la opresión de la mujer al sistema capitalista y que propugna su abolición; discurso que está bien presente entre las dirigentes de la Confech.
La igualdad plena entre hombres y mujeres exige un cambio de las relaciones de poder en la sociedad, es cultural, tomará tiempo y no se reduce a un listado de medidas; y es en este plano donde el gobierno queda al debe, porque el Presidente Piñera y muchos de sus cercanos colaboradores son machistas (como la gran mayoría de los hombres chilenos independientemente de sus preferencias políticas) como quedó de manifiesto con el comentario que hizo sobre la Presidenta de la Cámara de Diputados o aquello de las “pequeñas humillaciones” del ministro Varela. Eso no tiene arreglo, pero tampoco justifica el aprovechamiento sectario del movimiento feminista que prioriza la movilización contra el gobierno por sobre la necesidad de avanzar en su agenda.