Estados Unidos sigue en su camino a convertirse en un país de inmigrantes que odia a los inmigrantes. Y este camino lo está ayudando a construir, kilómetro a kilómetro, el presidente Donald Trump.

Trump, hijo de inmigrante, esposo de 3 mujeres que inmigraron a EE.UU., y de las cuales tuvo 4 hijos de inmigrantes, sigue desatando su irracional furia en contra de los inmigrantes. La enorme crisis que ha creado con su decisión errática de la supuesta ¨Tolerancia Cero¨, en el tema migratorio, va a tener consecuencias catastróficas a largo plazo. Este es otro ejemplo de su peligrosa inhabilidad de crear e implementar serios cambios en políticas de gobierno.

Hemos aprendido a conocerlo como el personaje que usa las mentiras para no demostrar lo poco que sabe de tanto, o simplemente para gobernar como un jefe supremo que obsesivamente practica una idea: “miente, miente, que algo queda”. En el caso específico de la crisis inhumana que ha desencadenado, al separar hijos de sus madres, y encerrarlos en centros de detención, ha mentido desde que se le ocurrió el tortuoso plan.

Fue Trump, y no Obama el que ordenó la implementación de la llamada Tolerancia Cero. Fue Trump, y no el Congreso de Estados Unidos, el que determinó castigar a las familias que escapan de la violencia de países como Honduras y Guatemala. Madres y padres que arriesgan sus vidas, y las de la familia entera, para darles la única oportunidad de sobrevivir a sus hijos, en el país del norte. El mismo país que consume la mayoría de las drogas que han causado la violencia que estas seres humanos escapan en Centro América. El mismo país que les vende las armas a los traficantes que han desencadenado el horror de la violencia mercenaria.

Ha sido Trump el que ha declarado orgulloso que esta práctica inhumana surtiría efecto y protegería a EEUU de las pandillas, las drogas y el terrorismo. Es Trump el que quiere usar a niños como rehenes para que le aprueben fondos para construir la famosa muralla que separará, según él, a EE. UU de los criminales del resto de la otra América.

He vivido en EE.UU. por más de 40 años. Llegué, como tantos otros inmigrantes del mundo latino (en mi caso Chile), en busca de un mejor destino. Migré como lo hicieron millones de seres humanos de otros continentes desde los comienzos de la historia de este país. De la misma manera que lo hicieron los europeos a través de los siglos, la madre de Donald Trump y las madres de los hijos del presidente.

Estoy profundamente agradecida por las oportunidades que este país me ha dado y la lealtad y el respeto que siento por esta nación es inmedible. Pero hoy, en el día internacional del refugiado, siento vergüenza. Vergüenza, rabia y un dolor profundo por este país, mi país adoptivo. Usar a niños como rehenes para lograr mandar un mensaje de terror, a las personas que quieran arriesgarse a cruzar la frontera para salvarse de la violencia y salvar a sus hijos de muertes despiadadas, es vergonzoso y criminal.

La historia enjuiciará al presidente Donald Trump por sus políticas, su falta de ellas, y por su comportamiento como hombre y como líder. Es un hombre que no merece respeto por la violencia y acoso sexual que ha desatado por décadas y que no ha sido, hasta ahora, enjuiciado por esas acciones. La historia lo juzgará por haber hecho renacer el racismo en EEUU. Y la historia lo enjuiciará por otras inmoralidades que han golpeado de forma implacable los valores intrínsecos de este país. Pero esta acción cruel e inhumana, de separar y encerrar en centros de detención a menores, arrebatados de los brazos desesperados de sus madres, no debe quedar en los juicios que harán otros en el futuro. La reacción tiene que darse ahora. Hay que levantar la voz y no quedarse calladas –callados–porque este daño no termina con la nueva decisión impulsiva de hoy de Donald Trump, de firmar otra orden presidencial que dice que no separarán a los hijos de sus padres.

La orden de Tolerancia Cero sigue en pie. Esta infame decisión que tomó el 6 de abril, ya tiene miles de víctimas. El daño hecho es irreparable. Será casi imposible reunir de nuevo a los hijos con sus padres. Muchas mujeres ya han sido deportadas a sus países de origen. Estas familias deportadas no tendrán maneras de volver a EEUU en busca de sus hijos. No tienen la situación económica para hacerlo y las fronteras estarán cerradas para ellos legalmente como consecuencia de la deportación. No será posible tampoco identificar a los padres de niños menores que ni siquiera saben el apellido de sus familiares, o el lugar donde vivían. Para ellos, algunos de solo pocos meses de edad, la orden del presidente Trump, les ha cambiado la vida para siempre. Tendrán que vivir en centros, no diferente a orfanatos, en EEUU. O podrán vivir en casas de familias que el gobierno determina (y paga) para que se hagan cargo de niños de padres encarcelados. Y algunos de ellos se enviarán como un bulto, sin remitente, a algún país donde tampoco podrán encontrar nunca más a sus padres.

Esta tragedia infantil tiene ecos de horribles momentos en la historia del mundo. En años y lugares donde se arrancaron hijos de los brazos de sus padres y nunca más se volvieron a reunir. No debemos esperar que el futuro juzgue a este presidente, hay que levantar la voz y protestar ahora, desde todos los rincones del mundo.

Lo que ha hecho el presidente, Donald Trump, con la vida y el destino de más de 2.300 menores, debe ser juzgado como un crimen en contra de la humanidad.

*Escritora, Foundation Professor Emerita, University of Nevada, Reno, EE.UU.