La isla de Ilha Grande, un amenazado paraíso a pocos kilómetros del litoral sur del estado brasileño de Río de Janeiro, está en su límite por el desmedido aumento del número de turistas que recibe, al punto que las autoridades estudian imponer controles a los visitantes.

En una temporada como la que comenzó en este verano austral y por los festivos de fin de año, la población en la Vila do Abraao, la principal comunidad de Ilha Grande, salta desde sus 3.000 habitantes habituales hasta cerca de 10.000 personas.

Pese a que la pequeña villa de pescadores tiene infraestructura hotelera suficiente como para triplicar su población, la ciudad carece de sistemas adecuados de acueducto, alcantarillado y recolección de basuras para atender tal demanda.

La isla llega a recibir hasta 20.000 turistas a cada fin de semana entre los meses de diciembre y marzo (verano austral).

Y la tendencia es que el turismo predador siga aumentando debido a que este santuario natural ya es un destino consolidado por sus bellezas naturales y sus paradisíacas playas y a que los empresarios siguen invirtiendo en la infraestructura de hoteles y restaurantes.

“Nuestra mayor preocupación es poder tener un control de entrada de visitantes porque en las altas temporadas la población de Abraao triplica y eso tiene un gran impacto en las aguas negras y las basuras lanzadas”, dijo a Efe el presidente de la Fundación de Turismo de Angra dos Reis (TurisAngra), Joao Willy Seixas Peixoto.

Según el funcionario de Angra, ciudad en el litoral de Río de Janeiro cuya jurisdicción incluye Ilha Grande, los sistemas de tratamiento de aguas y de basuras están llegando a su límite y amenazando una de las principales atracciones de la isla: la preservación ambiental y la pureza de sus aguas.

“Necesitamos hacer una elevada inversión porque la red de tratamiento de aguas negras atiende bien en baja temporada pero en la alta ya no soporta la carga turística. Calculamos que en máximo dos años el sistema entrará en colapso”, afirmó.

Según el presidente de TurisAngra, la cantidad de basura retirada en barco de Ilha Grande cuadruplica en las altas temporadas y la alcaldía tiene que aumentar el número de embarcaciones para ese fin.

Con puerto de acceso a escasas tres horas por carretera de la ciudad de Río de Janeiro y tras una travesía de hora y media en barcazas con capacidad para 500 pasajeros, cuyo pasaje no supera los 4 dólares, la isla de 193 kilómetros cuadrados de naturaleza preservada está ubicada en una de las bahías mejor conservadas en todo el litoral brasileño.

Su cobertura de bosque atlántico en un 90 % preservada, los senderos que la cruzan y sus 113 playas convierten a Ilha Grande en una de las mayores atracciones turísticas de Río de Janeiro.

La isla cuenta con playas de diferentes características, desde las más calmas de cara al continente hasta las más bravas de cara al Océano Atlántico, incluyendo la famosa Lopes Mendes, que algunas encuestas describen como una de las diez más bonitas del mundo.

“Se trata de un paraíso para quienes buscan turismo de aventura, pero también para quienes quieren descansar o disfrutar de buena gastronomía y de la cultura caiçara (etnia indígena regional)”, afirmó Seixas Peixoto.

De acuerdo con el funcionario, ya es un destino muy conocido y entre sus visitantes un 30 % son extranjeros, principalmente argentinos, chilenos, franceses, alemanes y uruguayos.

En la temporada que comenzó este mes son esperados 48 navíos de crucero, de los que desembarcarán 180.000 turistas, parte del cerca de medio millón de visitantes que Ilha Grande recibe anualmente.

Pero ese elevado atractivo también es una amenaza por la falta de control sobre el número de visitantes.

“Necesitamos ejercer un control. En, Aventurero, una de las playas de Ilha Grande y en la que llegaban a acampar hasta 5.000 personas, ya existe un control de visitantes y sólo ser permite la entrada de 380 personas por día para que la carga turística no afecte el atractivo”, aseguró.

“Necesitamos un control semejante sobre toda la isla pero el problema es que, por la proximidad con el continente, el acceso es muy fácil. Hay tres puertos desde donde salen turistas. Y eso dificulta cualquier tipo de control”, dijo.

Aclaró que Angra puede imponer un control en su puerto de salida, pero esa medida no tendría sentido si las otras ciudades que ofrecen transporte a Ilha Grande no hacen lo mismo.

“La gobernación de Río ya quiso imponer un control pero entró en choque con los habitantes. El desafío es tener una política que deje satisfechos a quien vive en la isla, a los empresarios y a los turistas, y eso es cada vez más difícil”, afirmó.