
El primer juego sexual que recuerdo era uno que jugaba sola. Era chica, no sé qué edad, pero calculo que no más de ocho años. Lo hacía cuando estaba en mi cama y aunque es medio difuso lo que recuerdo, el juego era que estaba secuestrada por una tribu, que me tenían atada de manos y pies y que estaba rodeada, amarrada a una especie de poste. Todos los que me rodeaban eran hombres, sin recordarlos bien, sé que eran hombres y que estar atada en esa situación imaginaria era algo que no le contaba a nadie, no era un juego que yo hiciera con mis amigas. Me acuerdo que sudaba estando así con la manos detrás de la espalda. Continúa leyendo ›
Los abuelos, los padres y los tíos deben despedir a sus hijos, nietos y sobrinos… No es justo que esta columna ignominiosa le sobreviva a la de mi tío Hermógenes Pérez de Arce. El mundo es malo tío, Ud. ya lo dijo en sus palabras al cierre de ese fatídico miércoles 31 de diciembre de 2008 en que anunció su retiro. Le digo tío a Hermógenes porque lo vi en casa de unos amigos de mis padres, a esa edad en que a todos los adultos cercanos a los padres los niños les dicen tíos. Era en ese entonces un hombre maduro, pero lo encontré lindo. Incluso ahora, más viejo, es lindo. Esa lindura de los estirados, de los rígidos, de los malos para bailar, pero que les quedan bien los trajes. Me perturbaba mi tío. Porque sabía mucho, porque cuando hablaba todos lo escuchaban, porque olía a colonia importada, porque siempre estaba afeitado, porque tenía camisas y trajes impecables, porque en esa época ser famoso era un beneficio de muy pocos y él lo era, porque todas las tías viejas decían que era tan “buenmozo Hermógenes”, “tan dije, tan caballero” y porque tiene algo de mi padre al que desde siempre he adorado y deseado. Continúa leyendo ›
Más que aburrirme, escribir de El Mercurio me complica. Primero porque es difícil no tenerle miedo… Es como mi papá. Le tengo miedo, pero a la vez fue el primer hombre del que estuve enamorada, el que por más que he dado vuelta por el mundo escapándole, siempre termino adorando y clavada en él. Siempre he querido culiarme a mi viejo. Y lo asqueroso de una chica como yo no es querer hacer eso, sino hacerlo y, además, con todo el resto del espectro. Y es ese mismo miedo es el que me hace ser violenta, excesiva y guarra con los hombres que identifico con El Mercurio: Los chicos bien que nos iban a buscar a la salida del colegio, los chicos de pantalón dockers, los chicos que van a misa, los chicos casados y con hijos, los chicos solteros con Continúa leyendo ›
El sonido del sexo tiene versiones clichés como los jadeos: “Ah…ah… ah…ah…aaaaahhhh” o “Ai…ai…ai” o los ya clásicos “Yes…yes….yes…”o “I´m coming baby” de película porno gringa. Clichés ridículos que sirven para reírse, pero como el sexo es una larga lista de clichés, en circunstancias de embotamiento sexual, pues estos siguen siendo efectivos. No puedo negar que un buen jadeo en un momento adecuado es un aliciente para endurecer la verga o que una buena escena porno con el horrible y vapuleado texto “I´m coming baby” sigue siendo calentón. Y es en estos detalles que me doy cuenta que el maldito poder del sexo, en que uno puede seguir por manual los rituales más desgastados, funciona… Pero los sonidos, volvamos a los sonidos… eso me obsesiona ahora. Continúa leyendo ›
Por Carolina Errázuriz Mackenna.
Ya lo he dicho. No leo literatura erótica ni sigo autores calentones ni tengo colección de comics hot. No me jacto de esto en todo caso, es más bien una muestra de debilidad, ignorancia, y en parte, de soberbia. Porque de alguna manera quiero decir que no le copio a nadie lo que hago en este pasquín, algo que me imagino no le interesa a nadie más que a mí misma… Pero, bueno, una cosa es que no lea comúnmente literatura caliente y otra es que nunca lo haya hecho. “La vida sexual de Catherine M.”, escrito por Catherine Millet, es una excepción. Aunque ni tanto porque lo compré hace años y nunca lo terminé. Continúa leyendo ›