Hay días en que la idea que tengo de mí misma se me va al tacho y saco de paseo a la yegua. Esa anda más bien desbocada, con una seguridad en sí misma arrolladora, divertida, con buena mandíbula y sin los complejos que por lo general me atormentan el día entero. El cóctel de la yegua, más el alcohol, un bailable y unas buenas botas es demoledor. Así salí el otro día y claro, enloquecí… No, qué locura ni qué mierda, me divertí. Me lancé, como decía una ex drogadicta que conocí hace un tiempo, sólo que yo no me caí -como ella- a una montaña de cocaína, sino a un par de tipos que andaban por el ring.

El asunto fue más o menos así. Un evento al que llegué con mi invitación, me deparaba un encuentro de un antiguo compañero de clases al que atormenté sólo porque al verme lo primero que me dijo era que si yo antes de verdad era tan alta… Eso me golpeó en la cabeza de inmediato y aunque es verdad que mis botas tienen un taco poderoso, lo que me perturbó fue que me hubiese visto chica, porque, perdónenme, no quiero lanzar la pachotada, ni los centímetros, pero yo chica-chica jamás he sido, un poste tampoco. Así es que como ya me trató de enana y yo andaba yegua, pues me dediqué a molestarlo, enfrentarlo y discutir lo que podía… En el fondo lo quería castigar-calentar (darle unos pequeños latigazos por decirlo de otro modo), y considerando que era un tipo guapo, con una argolla de matrimonio que se veía a kilómetros y las luces estaban muy encendidas, no sé si él se calentó –intuyo que sí- pero lo que fue claro, es que yo sí lo logré.

Convengamos que nada del otro mundo, pero como las últimas semanas yo andaba casi de nieve, pues la noche ya se estaba temperando y sentía como a esas alturas la yegua estaba tomándome poco a poco por el cuello. Cuando solté la presa -siempre antes que la suelten a una- me subí a un auto y partí rumbo a una fiesta que estaba lejos de arder, pero a la cual la yegua -que todo lo puede- le tuvo fe. Me quedé en la barra emborrachándome un rato y luego me escapé a la pista de baile que estaba prácticamente vacía, hecho que casi siempre me deprime, pero al que siempre logro reponerme con baile. Luego de varias, varias canciones, la yegua se ensimismó en el baile, todo hasta que divisé al macho. Un tipo que había visto hacía mucho tiempo en otra fiesta y al que casi me había comido crudo, pero del cual, no sé por qué, me escapé.

Luego lo vi dos veces más, pero jamás me dio para conversarle o siquiera acercarme. Eso sí que en mi primer contacto visual el macho pareció estar de pareja con la otra bailarina de la pista, por lo tanto ni siquiera me acerqué demasiado, (esto con el fin de dejarle claro al lector que seré guarra, pero eso de andar dándose codazos por un tipo jamás, excepto si él fuera mi pareja). Pero a poco andar me di cuenta que estaba solo y creo; creo -porque a esas alturas el cóctel yegua+alcohol+baile+bota ya estaba surtiendo efecto- que le dije alguna estupidez que inició una conversación que, no sé cómo, derivó en sentarnos en un sillón a conversar más estupideces, que dichas con la intensidad de la yegua, creo sonaban bien…¡Bah! Lo suficientemente bien como para llevarlo minutos más tarde a la pista donde la fiesta ya estaba comenzando arder.

Ahí pues la yegua se desbocó porque, además, el tipo bailaba bien, lo que me alentó a dar el primer beso con sabor a ron y a unos sucesivos húmedos y más húmedos besos que se mezclaban con la transpiración, el ataque de risa, la calentura y lo bueno que era estar en medio de una pista de baile totalmente desencajada y divirtiéndome…

No sé bien cómo salimos de ahí, sólo que mis amigas me habían abandonado hacía mucho rato y que terminé sentada feliz en el auto del tipo rumbo a otros lugares donde la diversión no terminara, lugares que por cierto en Santiago a las cuatro am jamás aparecieron. Desde aquí al final de la historia -que fue a las seis am- más que un cuento hilado, tengo flachazos. El primero: bomba de bencina en la que compré agua, chicles y fui al baño. El segundo: él manejando y yo en el asiento de atrás mordiéndole el cuello. El tercero: yo mintiendo en que esa casa era la mía para parar el auto y echar atrás los asientos. El cuarto: él en su asiento y yo sobre él dándonos muchos besos guarros. El quinto: yo tomando agua y mojándolo entero para después lamerlo. El sexto: él encima mío moviéndose fuerte y duro. El séptimo: yo sin polera arriba de él mientras él me toma las caderas. El octavo, noveno, décimo y subsiguientes fueron similares… sin sexo, pero como si fuera sexo. Una pendejada rica y divertida en el auto que terminó cuando nos dimos cuenta que eran las seis y me dejó, como todo un caballero, en la puerta de mi casa. La yegua estaba feliz.