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27 de diciembre de 2008

Los buenos años del Conde Lafourchette

Por

Por Don Tinto

Debo reconocer que el escritor Enrique Lafourcade no es santo de mi devoción. ¡Para nada! Salvo Palomita Blanca, un libro sobre Carlos Gardel y otro acerca de un boxeador, su obra no me interesa en lo más mínimo. Ni hablar de sus columnas dominicales en El Mercurio -las que afortunadamente ahora son muy breves y aparecen tarde mal y nunca-o de cuando era el único jurado pesado en el programa Cuánto Vale el Show y se daba un gusto basureando a los concursantes. Para más remate, hace unos años lo conocí por motivos que no vale la pena recordar y lo único que puedo decir es que el tipo es un pesado profesional, algo así como una mezcla entre Francisco Vidal y Fernando Villegas, lo cual no es poco.

Sin embargo, a pesar de todo el prontuario de este muñeco, hay algo de Lafourcade que sí me interesa. Se trata del Conde Henri de Lafourchette, su alter ego. No es que este escritor sufra de un problema de personalidad como el de la historia del Doctor Jekyll y Mister Hyde, lo que pasa, es que desde comienzos de los años ochenta Lafourcade toma este nombre afrancesado para escribir de comidas y bebidas. Lo cual hace, debo reconocer hidalgamente, muy bien. Eso sí, el Conde este es un tanto siútico y como que le hace el quite a los comedores más bien populares. Lo suyo son los lugares distinguidos, alfombrados y con la carta ojalá en francés. Seguro estaría de lo más cómodo en el restaurante Carrousel de Avenida el Conquistador, ese que era el favorito del finado Ricardo Claro y que ahora, dicen las malas lenguas, se irá derechito a la quiebra porque el dueño del Mega lo tenía medio subvencionado. Pero volviendo al Conde, lo que sí me gusta y casi me gusta y casi me hermana con él es su afición por el tinto, su bebida favorita. Claro que este señor debe mandarse al pecho néctares mucho más suaves y sabrosos que algunos de los vinagrillos que tomo yo, sobre todo la última semana de cada mes. Pero más allá de todas nuestras diferencias, las historias del Conde resultan divertidas y apetitosas.

Según le leí al propio Lafourcade en una entrevista, ha escrito más de cinco mil crónicas usando este seudónimo y hasta ha editado dos libros con selecciones de éstas (Los Refunfuños del Conde Lafourchette y La Cocina Erótica del Conde Lafourchette). Pero el trabajo gastronómico de este autor no se reduce a lo que ha escrito en sociedad con El Conde. Esto, porque también a comienzos de los ochenta fue el editor (junto a la periodista Rosa Rabinovich) de una sección de Gastronomía y Turismo que El Mercurio tenía por esos años. Estas páginas del diario incluían –prácticamente por primera vez en la historia de los medios chilenos-críticas de restaurantes hechas por gente como Soledad Martínez, Lucía Santa Cruz y Hernán Eyzaguirre. Además, se mostraban consejos de cocina y muchos artículos relacionados con la comida, el trago y demases. Lo mejor de estas crónicas es que muchas veces eran escritas por tipos como Jorge Edwards, Braulio Arenas, Eduardo Anguita y Jorge Teillier.

Aunque solo duró un par de años, esta sección de gastronomía sirvió de base para lo que se hizo en el suplemento Wikén a partir de 1982, en donde siempre han contado con páginas dedicadas a la crítica. Eso sí, Lafourcade nunca volvió a estar a cargo de un proyecto similar y se dedicó más a escribir con su propio nombre, dejando medio botado al Conde Lafourchette. Sin embargo, me comentan que el tema patachero (gastronómico, diría él) sigue siendo algo que le interesa. De hecho, cuentan por ahí que no hace mucho se le habría visto por la redacción de cierto suplemento de El Mercurio ofreciendo hacer unas crónicas relacionadas con la cocina. Pero, al parecer, no lo pescaron mucho. Yo creo que si volviera a firmar como el Conde Lafourchette le iría mejor. Mejor que a Lafourcade al menos.

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