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6 de enero de 2009

El hombre de la crisis

Por

Por Mario Bertholet

La crisis empezó para mí en abril del año pasado, cuando a través de un mail en inglés mi comprador japonés reducía a la mitad su pedido. Llevaba cuatro años de ciega bonanza y jamás se me había pasado por la cabeza ese fatídico momento. Cualquiera dirá: se reduce a la mitad un pedido pero habrá donde vender la otra mitad. Eso sería posible si fabricara zapatos o cortinas de baño, pero no cajitas para empaquetar ostiones, que es el exclusivo artículo que produce –o producía, a estas alturas.- mi empresa. ¿Cómo se llega a fabricar algo tan raro? Fácil. Yo soy arquitecto pero siempre me dediqué a hacer muebles y otras cosas de madera. Hace 10 años me gané una licitación para abastecer de instrumentos musicales de percusión a liceos municipalizados. La demanda copaba mis capacidades de producción, lo que me obligó a invertir en maquinaria y mano de obra. El asunto caminaba de maravillas, y para mayor suerte un día llegó a mi oficina un señor japonés acompañado de un traductor y gente de Pro Chile. El japonés traía en su mano un cencerro de madera que había hecho mi empresa, me preguntó si yo hacía eso y si tendría la capacidad para hacer esto otro, y sacó de un bolsillo una sencilla cajita con una tapita deslizante. Le dije que sí y me pidió cien mil. Dejamos los instrumentos de lado y fabricamos los cien mil, luego otros cien mil y luego otros, así durante cuatro años, hasta que pidió 50 mil, que más encima no pagó. De ser un empresario modelo, panelista de cuanto encuentro de emprendedores se organizaba y ejemplo de inventiva, me convertí en un zopenco de la noche a la mañana. No pude volver a los instrumentos musicales ni menos a los muebles, despaché a los empleados pagándole la mitad de sus finiquitos en efectivo y la otra mitad con herramientas, maquinarias y planchas de madera. Vendí la fábrica y con eso pagué las deudas y me quedó algo para moverme. Ahora me visto y quedo desocupado. Juego con mis hijos y busco en internet alguna idea iluminada. Mi mujer, anestesista, sostiene la casa. Por suerte a la gente todavía le gusta operarse sin que le duela, por lo que ella tiene el trabajo asegurado. Cada día se levanta más temprano y me pregunta qué voy a hacer hoy día. Le respondo encogiendo los hombros, y ella se irrita y se va. Abro mi mail y espero que haya uno de los japoneses reponiendo los pedidos. O avisándome que me van a pagar las 50 mil cajitas que me deben.

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#Crisis financiera#japón

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