Por Patricio Fernández

La noche del martes 17 de marzo llegó por la entrada de urgencia al Hospital de Talca una mujer de 44 años, tras sufrir lo que un periodista de la plaza denominó “un accidente de tránsito en su bicicleta”. La verdad es que fue arrollada por un furgón. La tragedia habría sucedido en la localidad de Pencahue. Al día siguiente a la mujer le diagnosticaron muerte cerebral. No me queda claro si justo antes de perder la conciencia o mucho antes, con ocasión de quién sabe qué, ella le habría declarado a sus parientes que no quería donar sus órganos al morir. Sus razones tendría: argumentan que era Testigo de Jehová. El asunto es que su corazón era justo del tipo que necesitaba urgentísimamente Felipe Cruzat, un niño de 11 años, para sobrevivir. El clamor popular descendió de inmediato sobre los familiares de la accidentada. Talquinos sobrecogidos con la historia del menor descorazonado se acercaron a los futuros deudos para exigirles, como una banda de hambrientos, que entregaran el corazón. La familia pidió tiempo para pensar. Mal que mal, debatían sobre el destino de un bien que no les pertenecía, porque si algo nos parece propio del individuo, convengamos que es su corazón. Fue Gonzalo Cruzat, el padre del niño agonizante, quien puso los paños fríos: “a Felipe le tiene que llegar un corazón por una cruzada de amor y no por una cruzada de presiones”. A continuación, no recuerdo cuánto después, la familia de Ana María Velasco Díaz, la mujer atropellada, hizo pública su deliberación: “los hermanos de la paciente en cuestión señalan tajantemente que respetarán la decisión de su hermana, quien habría manifestado su contrariedad a ser donante de órganos, tomando la opinión de ella como la decisión final al tema”.

Tal vez muchos hubiéramos hecho lo mismo. ¿Cómo contradecir la voluntad del ser querido en un trance tan misterioso? Y no obstante, visto desde más lejos y en frío, sabemos que se trata de una estupidez. En el ámbito social, de la especie, que nunca es ajeno al individuo, entendemos que privilegiar la vida por encima de los rituales funerarios es un acuerdo básico. Pregúntenle a los uruguayos que cayeron en la cordillera. Cada cual puede sobrecogerse y encumbrarse hasta la cima de su espiritualidad frente a un cadáver, pero no pertenece a occidente si no acepta que la vida es mucho más sagrada todavía. Acá se supone que no quemamos gente para alimentar a los dioses. Quemamos dioses, si es necesario, para alimentar a la gente. Si hubiera existido una ley, voluntad de la mayoría, apostaría que la mujer de la bicicleta (que en paz descanse), no se hubiera dado el trabajo de protestar hasta que la exculparan de cumplirla –aunque incomprensiblemente quizás sí, porque hay obstinaciones sin límites-y sus parientes se habrían ahorrado el terrible dilema en que cayeron. Hay veces en que la sociedad es la llamada a decidir por cada uno.

En la madrugada de este lunes llegó al Hospital Luis Calvo Mackenna, desde Antofagasta, el hígado para el trasplante que necesitaba Diego Poblete. Ahí también hubo trifulca, pero dejémosla pasar. El martes, Edmundo Pérez Yoma recibió su riñón. Han sido días en los que todos los cuerpos se han sentido comunicados.

Hemos podido advertir que no estamos solos, y que, si lo estuviéramos, no podríamos sobrevivir. Parece que más allá de las auras personales, también formamos parte de un cuerpo común.

Cerca de las 8 de la mañana del día 20 de marzo, en el Hospital de la Universidad Católica, comenzó a ser operado Felipe Cruzat para instalarle un corazón artificial. La operación duró varias horas: algunos medios hablaron de cinco, otros de doce. Lo único claro es que esta intervención realizada por primera vez en Chile a un menor, sólo tiene por objeto ganar tiempo. Su padre explicó al salir del pabellón que “en este minuto tiene el corazón mecánico a la vista; yo creo que más adelante lo van a proteger con algo para que no se vea, pero ahora está a la vista sobre su estómago, está latiendo y moviéndose, bombeando”. Dijo también que le había tomado el pulso y que lo había sentido firme.“Se notaba todo su cuerpo bien irrigado, tenía una buena cara… “, agregó.

Como dice la película, ya no basta con rezar.