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30 de mayo de 2009

Chile versus Perú: ¡Al desbordaje muchachos!

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Por Alfredo Jocelyn-Holt

Hace tiempo que dejé de contar las veces que me han preguntado, como historiador, (a) por el conflicto histórico entre Chile y Perú, (b) por la figura de Prat (cada 21 de mayo), y (c) por si vamos a ir a una guerra alguna vez de nuevo. Si tanto inquietan estos temas, presumo que es porque no hay claridad al respecto o las respuestas que se han dado no apaciguan viejos temores y dudas.

Sobre Prat las dudas siempre recaen en si es tan fantástico o no como lo pintan. Pregunta un poco tonta, me perdonarán, porque no tiene sentido andar cuestionando figuras que rehúsan salir de la primera plana histórica. Si Prat sigue siendo tan prominente, a pesar de los chistecitos de mal gusto (que lo empujaron, que se resbaló, que fue el único que no almorzó… hay peores), es porque seguramente no es un cualquiera. Otra cosa muy distinta es que a los militares y a la derecha suela pasárseles la mano convirtiéndolo en un “santurrón” de piedra o estampita poco creíble. Se puede ser un “héroe” verdaderamente extraordinario sin tener que elevarlo a calidad de estatua, timbre de correo o animita a la que se le prenden velas. El problema, por tanto, no es Prat sino la torpeza infinita y acartonada de los nacionalistas furibundos que abundan y no jubilan. Hay que salvar a Prat de la Armada de Chile, de sus descendientes, de Renovación Nacional, de la estética “billete y plaza de provincia”, de Germán Becker, de Gonzalo Vial, de El Mercurio y La Segunda, de Radio Agricultura, de los canales de televisión (especialmente el 13), y de las tareas para la casa.

Respecto a si vamos a ir a la guerra contra el Perú en el futuro, ¿qué duda cabe? Mientras el nacionalismo militarista persista entre nosotros y también entre los peruanos, las posibilidades siguen siendo altísimas. Otra cosa muy distinta es que si se llega a producir dicho escenario, podamos lograr incendiar de nuevo el espíritu patriótico; a Vicuña Mackenna le costó harto entusiasmar. No es seguro que los jóvenes estén dispuestos a que los hagan bolsa como siempre ocurre en estos casos, y, por último, que volvamos a ganar la guerra por enésima vez.

Y ya que estamos haciéndonos preguntas difíciles, ¿ganamos efectivamente la guerra las varias otras veces? A mi juicio, no es tan evidente. Los nacionalistas siempre se equivocan. Hagamos, pues, un breve recuento de todas esas veces.

En primer lugar, Almagro, cuando volvió al Cusco con “los de Chile” (unos rotosos fracasados, hediondos, con bala pasada tras recorrer el desierto), dejó la mansa tendalada (la primera guerra civil en Perú); pero su bando, al final, terminó perdiendo frente a Pizarro. En aquel entonces –cuentan los manuales de historia chilenos en donde Chile siempre “gana”– el D.T. del equipo “peruano” era Pedro de Valdivia. Por donde uno lo vea, pues, estamos ante un empate: 1 a 1.

El segundo round fue un poco más complicado. Me refiero a la Guerra de Independencia del Perú que libramos desde Chile (v. gr. Escuadra Libertadora zarpando desde aquí, pagada por Chile, de nuevo lo que resaltan los manuales). Conste que en aquella ocasión nuestro entrenador fue un transandino, aunque de ascendencia y formación militar española: don José de San Martín. Su segundo a bordo, un escocés medio pirata, Lord Cochrane, con quien San Martín no se entendía mucho. Su hombre de mayor confianza y de cuidado –Bernardo Monteagudo– era medio boliviano y medio argentino. Y, bueno, O´Higgins, ustedes bien saben, a lo sumo se quedó cuidando la retaguardia en calidad de reserva: “niño huacho en Chile”. Al final, el round lo ganaron Bolívar y Sucre. El primero, un caraqueño muy viajado (un “globetrotter” que iba a todos los maratones, incluso montado en mula, el caballo sólo aparecía para las pinturas), y el segundo también venezolano aunque se las pasó ganando batallas en Ecuador, Perú y Bolivia (por eso fue Mariscal), siendo en estos últimos dos países, además, presidente. Si el cuento le comienza a sonar a olimpiada, o mejor, a juegos panamericanos, usted está en lo correcto, no es casual.

Chile, en verdad, ganó y no ganó ese segundo round. Le salió súper cara la aventura, y para aquella época, cosa no menor, en valores oro. Ahora bien, es cierto que nos independizamos de Lima, nos pudimos concentrar en nuestro rinconcito con buena vista, entre cordilleras y junto al mar, pero también hay que tener en cuenta que en esa conflagración surgió un notable futuro D.T. de Bolivia y Perú, el general Andrés de Santa Cruz, que conduciría a nuestros vecinos al tercer round, y a más quebraderos de cabeza aquí en Santiago. Lo que me lleva a concluir que, de nuevo, estamos ante un segundo empate. Más aún si finalmente a O´Higgins lo exiliamos a Perú, cuestión que ha llevado a algunos nacionalistas a creer que es ahí cuando comienza la decadencia de Chile (sic).

En efecto, nuestros principales historiadores han sostenido que la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana fue nuestra “segunda Independencia”, lo cual deja en evidencia que la “primera” no la ganamos. Esta otra y segunda, yo creo que tampoco; en consecuencia… ¡muy bien, correcta su respuesta, usted ya lo adivinó!… empate de nuevo. ¿Pero cómo?, aullarán los nacionalistas que nunca faltan. ¿No entramos en Lima por segunda vez, y no rematamos el asunto en Yungay? Claro que sí, pero con ayuda de peruanos. Ésta es también una guerra civil entre ellos (así la ven); involucró también a argentinos; y, también, nos volvieron a dar duro. Por de pronto, se ha sostenido que un complot ideado por Santa Cruz produjo inestabilidad en Chile, al punto que se despacharon nada menos que a Portales. Y con eso último, ahora sí que sí, comenzó de verdad la decadencia de Chile, la cual sólo pudo revertirse gracias al “portalianísimo” general Pinochet pero más de cien años después. Por último, si hubiésemos ganado esta tercera guerra ¿por qué no se fijaron ahí mismo nuestras fronteras “legítimas” según lo confirman los mapas, el uti possidetis, y ese “aura tan chileno” del Norte Grande? En fin, ¿por qué no fue un knock out definitivo y tuvimos que pasar al cuarto round?

Concedo que en lo que respecta a la Guerra del Salitre –que algunos atrasados en su terminología historiográfica insisten en seguir llamando “del Pacífico”–, para muchos el lío, llegados a este punto, se torna más simple, aunque, para mí, de nuevo es muy confuso. Efectivamente, entramos en Perú por cuarta vez (si contamos a Almagro), nos apoderamos de dos provincias (Tacna y Arica) ampliando en más de un tercio nuestro territorio, nos hicimos del monopolio mundial del salitre; y, desde que éste falló, el cobre nos ha estado sosteniendo hasta el día de hoy –últimamente para nada mal–.

Vale, pero veámoslo desde otra perspectiva. ¿Por qué nos fuimos del Perú si éramos tan gallitos, toda una potencia del Pacífico sur, y habíamos liquidado a tanto cholo feo? ¿Por qué nos contentamos con devolvernos de nuevo al bonito aunque pobretón Valle Central con espléndida vista al mar, cuando podríamos haber reconstituido el antiguo Virreinato del Perú transformándonos en una suerte de EEUU de Sudamérica? Algo así lo pensó San Martín alguna vez. ¿Es que Perú y Bolivia son ingobernables incluso por militares y gerentes chilenos? Pregunta admito que retórica porque, después de todo, es obvio que ni los Incas ni los españoles se atuvieron a semejante diagnóstico; por el contrario, dominaron a esos países confiriéndole incluso una mayor estabilidad durante varios siglos más que la “república” y “democracia” que les hemos propuesto como solución estos casi 200 años ha.

No, no “ganamos” la Guerra del 79 tampoco. De nada sirve pensar la historia en términos de ganadores y perdedores. De hecho, lo reconocemos oblicuamente, simbólicamente, como si no quiere la cosa, como lo solemos hacer los chilenos. He ahí Prat. Un personaje humana y civilmente extraordinario (así lo pienso). Un dignísimo y máximo ejemplo de lo que puede llegar a ser un estudiante de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, quien –al asistir a su examen final para poder titularse como abogado– aceptó dejar afuera de la sala su sable con el ujier porque sabía perfectamente cuando y donde hay que abstenerse de la fuerza bruta deponiendo las armas. El Prat que a mí me gusta. Así y todo, estoy consciente y lamento que se prefiera más al otro Prat. Al oficialista, al de la “victoria moral”. Al que la mitomanía y el nacionalismo siempre tan chilenos y perversos han querido convertir en “victorioso” porque “sacrificándose”, inmolándose cuan kamikaze suicida, así se supone que “ganó”. Las guerras mal entendidas de nada sirven.

Dedico estas “inquisiciones” (quiero pensar que en sentido borgiano, no de Torquemada) y los comentarios al pasar, en primer lugar, a nuestros nacionalistas más furibundos; y, en otrosí, con todo mi cariño, a mis alumnos en toma de la Escuela de Derecho, ya que testarudamente no quieren que se les haga clases. Dios los guarde de sí mismos.

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#Arturo Prat#Chile#Perú

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