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7 de junio de 2009

No salir de Chile

Por

POR TAL PINTO

Hay que concederle a “Tubab”, la novela debut del médico y cofundador de “Noreste” -una revista con tanto anhelo de vuelo trascendental que agotaba- Beltrán Mena (1959), que no interpreta mal el menos inmediato sentido del citado hasta el hartazgo verso de Enrique Lihn; escapar del horroroso Chile es imposible, aunque en realidad también es imposible evadirse del Chile menos monstruoso, pues ambas patrias, todas sus versiones conjeturables, para bien o para mal, ya están implantadas en algún lugar de la personalidad. Bien lo sabía Lihn, que rara vez se equivocaba.

Pero este es un elogio improductivo. Si algo define el género de la novela de viajes es la aventura o, lo que es igual, volcarse a la producción de experiencias, salir en busca de lo extraordinario. Es preferible hacer a un costado la discusión de si efectivamente tener experiencias es factible; las tesis de Walter Benjamin parecen haber monopolizado ese debate. “Tubab” es una novela inconsciente de este entresijo, mucho más cercana al turismo terapéutico que a la reflexión literaria. El afán de terapia se manifiesta acá en Tombuctú, el destino final del viaje, al que se le ha asignado un significado beatífico, místico. La imagen es la de un refugio sagrado. Y en buena medida únicamente porque no es Nueva York, París o Londres, no es capitalista (o no del todo) ni moderna, es decir, no está en el centro del mundo.

Así ocurre que, sabiendo el final de la travesía, y sabiendo qué representa –la diferencia, la huida del mundo, etc.–, el valor residual está en la línea misma, en el viaje. Si a eso se agrega que el protagonista es un confeso lector de poesía (su fascinación al comienzo de la novela por Godofredo Iommi no es otra cosa que un homenaje), pues queda claro que el viaje surge del llamado juvenil por parecerse a Rimbaud, por cambiar de vida.

Y el viaje no es precisamente el de Belano en “Los detectives salvajes”. Mena, el protagonista, no va a morir a África, pero tampoco va a conocerse. Contra lo que él piensa de sí mismo, no es un tercermundista visitando el tercer mundo (paradoja: ¿desde cuándo un subdesarrollado tiene capacidad para ahorrar cinco mil dólares?), sino un europeo trasplantado, un descendiente, y ante todo un joven en una encrucijada vocacional: ser médico o escritor. Mena, viajero reticente, no quiere estar ni en donde está ni en Chile. En realidad parte a África a perderse.

Al final de cuentas “Tubab” (que significa “blanco”) es un relato típico de iniciación, una novela inmaculadamente convencional. No hay ningún intento honesto por comprender a los nativos. Son negros, pobres, timadores y tienen el pico grande (asunto que el narrador ciertamente no se puede sacar de la cabeza). Todos son iguales. Cuando uno de estos negros rompe el hechizo del estereotipo, se restituye la fe en la raza, mecanismo narrativo insuficiente que expresa superioridad.

Queda la certeza, sin cura conocida a estas alturas, que Mena, como muchos narradores chilenos, está muy cerca de su vida, y no ha conseguido moldearla en una materia narrativa contundente. Cuánto mejor hubiera sido la novela de un africano viviendo en Chile. Pero claro, Chile es demasiado aburrido. Mucho mejor sería leer un libro de Beltrán Tubab que se llamara “Mena”.

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#Chile#tubab

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