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19 de julio de 2009

Atrapante

Por

POR TAL PINTO

“El gran Dios salvaje”, la segunda novela del chileno César Farah (1974), es un libro de voces, de discursos. La voz alpha es la de Diego González, un profesor de literatura que ha perdido a su mujer y a su hijo en un accidente automovilístico y ha sobrevivido él mismo a duras penas a la tragedia, perdiendo en el proceso buena parte de su memoria y hasta su antiguo rostro. Decide vivir, o le es inevitable la decisión de vivir. Comienza a deambular por Chile. Frecuenta a zafios borrachos, hace de su vida una obra literaria dinámica (su pasado son sus lecturas), hasta que, por azar o por algo así como el llamado de la sangre, se instala en una ciudad al sur del país en la que compra una casa, la llena, y va un par de días a la semana a leerles obras clásicas de la literatura universal a los ancianos que se hospedan en un asilo del Ejército de la Salvación.

Titulado “Cuerpo poema”, ése es el discurso consciente de González. Sin ánimo de revelar el argumento de la novela, hay que mencionar un discurso inconsciente o profundo, en el que la historia mítica de la humanidad se nombra. Esos pasajes revisan los escritores y los libros que han modelado o, dependiendo del punto de vista, interpretado la cultura universal: la Biblia, Shakespeare y Cervantes, pasando por Borges y, naturalmente, Homero, el inmortal. Se pasean otras voces: la voz de Pamela, ex alumna y ex amante; Alonso Claro, detective apesadumbrado; la enfermera Florencia; y la de un escritor viejo y ciego que conoce el mundo mejor que la palma de su mano.

Escrita al modo de una Odisea moderna, “El gran Dios salvaje” es desde una perspectiva estructural una de las novelas más ambiciosas que se han escrito en Chile en el último tiempo, y a la vez, en ocasiones, ingenua. Esta dualidad, que parece impensable, o quizá indeseable, es la de un narrador fascinado por la cultura libresca, obsesionado con las palabras, que ha suspendido de alguna forma el escepticismo y se ha entregado con todo el cuerpo a las palabras, pese a que su protagonista y su mentor desconfíen de las “palabras, palabras, palabras”, y aunque para desconfiar de ellas las emitan sin pausa.

Quizá el único problema de “El gran Dios salvaje” estribe en que su dimensión coloquial esté infectada de españolismos. Las mujeres son “chicas” y no minas y chiquillas, y eso huele a artificio o en el peor de los casos a una estrategia deliberada de masificación. Esas mismas “chicas” son “guapas” y no ricas o exquisitas, y si bien imaginar a Penélope Cruz o a Paz Vega no es algo molesto ni mucho molesto, los españolismos interrumpen el flujo de una lectura casi siempre atrapante. Asimismo, abundan las erratas, ciertas cacofonías fácilmente editables, y una que otra metáfora primitiva, y en ocasiones la discursividad, a veces rampante, podría haber sido moderada por una prosa de imágenes.
Pero en la sumatoria de las cosas, no son grandes problemas. “El gran Dios salvaje” es una novela compleja y desafiante, una novela de literatura, una novela rara, intrigante, inteligente y sensible.

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