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9 de agosto de 2009

Juan Mihovilovich, escritor y juez cureptano: “Hoy me atendería sin empacho en el hospital de Curepto”

Por

Por T. P. y V. U.

Lejos de Santiago y de las modas, Juan Mihovilovich (1951), nacido en Punta Arenas, juez en Curepto, ha desarrollado una obra literaria oscura y reflexiva, crítica. “No le niego –nos dice– al hombre su capacidad de imaginar otros mundos, pero no creo posible escribir como un mero acto de entretención”. Y lo confirma con “Desencierro”, su última novela, que muestra a un delirante recluso de algo que podría ser una pieza vacía, una cárcel o un manicomio, perorando sobre su locura, donde hay caca, pájaros, pozos y ansias sexuales. Aquí, J.M. cuenta cómo llegó a ser juez de Curepto y habla de lo que lo indigna de Chile y el mundo.

Entre sus muchas obsesiones, el hablante de “Desencierro” tiene una fijación especial con la materia fecal, y con todos los desechos.
-Se desenvuelve en un universo finito, medible, en un plano cerrado ajustado al mundo material; sabe y siente que ese espacio inmediato lo constriñe, que la materia que lo aprisiona por fuera y por dentro es efímera, corrupta, destinada a diluirse por su propia e intrínseca condición temporal. Esa constatación circunstancial, ese tránsito obligado por la vida física se contrapone a sus ansias de trascendencia; intuye que la mísera condición humana mediatizada por la necesidad de engullir y de expulsar sus alimentos no puede ni debe ser un fin… pero claro, duda y le teme a esa situación, ¿y si fuera la única?

¿Cómo?
-Desde un átomo insignificante hasta una galaxia se alimentan de sí mismos. Si todos están condenados a la descomposición diaria, a la putrefacción inevitable de la materia, ¿cómo es posible que no vislumbren esa igualdad natural entre los seres y las cosas? Su dolor es por una humanidad inconsciente que invariablemente destruye al otro como si con esa estúpida destrucción comprara su futuro, tan fugaz como esa materia fecal que el personaje descubre expulsándose desde un esfínter corporal hasta un negro agujero del espacio.

En más de una ocasión el protagonista se refiere a los torturadores como los esclavos y a los torturados como los amos. Vinculado como estuvo usted durante años a la Vicaría de la Solidaridad, y conociendo por tanto el tema de la tortura, ¿podría explicar un poco esta inversión?
-Se trata de una inversión aparente. ¿Es lícito que los celadores o quienes ejercen miserables cuotas de poder nieguen a los prisioneros su condición humana porque están sometidos a su voluntad de encierro y castigo? ¿De dónde emana ese sometimiento, de quien domina o de la aceptación del dominado? El instinto de sobrevivencia es primario, básico, esencial, pero en el caso del narrador éste agrega un elemento adicional que pareciera trastocar esa premisa. Ello ocurre cuando percibe que el torturador o celador no concibe que un día cualquiera pueda ocupar el lugar y sitio del prisionero. Esa inconciencia –que puede ser real o acomodaticia- despierta en el sometido una lucidez casi súbita. Aquellos dependen de los encerrados. El custodio es el producto accesorio de quien tiene la calidad de prisionero, pero el celador no quiere ni puede asumirlo.

LA LOCURA

La locura ha sido un tema constante en su obra. Me atrevería a decir incluso que una variante específica de la locura: la paranoia. ¿Por qué?
-Casi siempre están asociados al dolor de existir y a la angustia o el agobio. Algunos personajes de mis cuentos surgen como criaturas desvalidas, desarraigadas, marginadas del entorno social. Sin embargo, ¿qué predetermina la condición de locura individual? ¿Y es esa locura personal traspasable o transmisible? Y un poco más allá, ¿no hay una cuota significativa de locura generalizada en el mundo que habitamos? Podrá argüirse que lo patrones normales de convivencia son los comúnmente aceptados y quien los subvierte, sea por causas endógenas o exógenas, está fuera de la vida comunitaria. Sin embargo, ¿cómo es posible medir la locura o la cordura? Tres cuartas partes de la humanidad viven cercanas a la pobreza o indigencia y mucho menos de un cuarto, en la opulencia. ¿No es un signo de locura esa evidencia tan terrible? La locura hace parte de nuestra cotidianeidad, está al lado nuestro y es producto del racionalismo excesivo, del análisis exagerado, de una lógica fría y distante de lo humano.

Sr. Juez, ¿en qué lugar está encerrado el hablante de esta novela? ¿Una cárcel, un hospital psiquiátrico, un centro de tortura, en su cabeza?
-Desencierro es ya una novela, ha dejado de pertenecerme y quien la lea podrá asumir cualquiera de esas opciones. Si fuera personal no lo diría en público y dudaría bastante de hacer una confesión en privado. Circunscrito al “encierro” de un libro, un personaje ha dejado de incumbir al autor, vive con quien lo lee, respira a través de él, asume sus propios encierros.

LA PELÍCULA

La crítica ha insistido en la influencia de Kafka presente en “El contagio de la locura” (LOM), su anterior novela. ¿Está de acuerdo?
-Kafka nos explica como nadie el siglo XX y preanuncia lo venidero con una perspicacia aterradora. Y uno es parte de las lecturas que ha tenido. Lo que diferencia a un autor de otro es, justamente, esa suerte de ojeada diferente sobre temas recurrentes. Ya no hay mucho que inventar ni descubrir. La naturaleza humana no es demasiado pródiga en crear nuevas formas de sometimiento o destrucción de la misma especie o de los otros reinos que configuran la existencia planetaria. Por lo demás, no acostumbro a elegir los temas. Desconfío de quien escribe como ejercicio o esparcimiento. ¿Crees que Kafka se divertía transformando a Gregorio Samsa en escarabajo?

¿Usted alguna vez vivió unos tres días preso de un delirio semejante al del protagonista de “El contagio de…”?
-La historia de esos tres días alucinantes se confunde con las vivencias de más de diez años consumando una rutina absorbente. Luego, el delirio del protagonista hace parte de una rutina asumida en el ejercicio de un cargo. Y allí es fácil deducir que hay elementos de autorreferencia que son inevitables. Ahora, que yo haya vivido como individuo un delirio parecido al del personaje es sólo cuestión de perspectivas. Es posible. Quizás el protagonista haya querido burlarse del juez, circunspecto y apegado a su rol de circunstancias, haciéndole ver cuán frágil y transitoria es esa condición. ¡Cuídate de tu aparente importancia! ha debido gritarle silenciosamente en sueños, que es el sitio intangible donde las alucinaciones cobran forma.

Ha andado recién en Santiago viendo la pre-producción del rodaje de “El contagio de la locura”. ¿Cómo va eso?
-De dulce y de agraz. Cuando Juan Cristóbal Martínez me propuso hacer la película y luego de haber escriturado el guión a fines de marzo, establecimos un cronograma pretendiendo hacer el rodaje en septiembre. Desde marzo a la fecha habremos sostenido unas 40 reuniones o más. Hemos tenido toda clase de propuestas y de silencios. De ofrecimientos de fondos regionales que luego resultaron una falacia. Pero no hemos desistido ni desistiremos porque sabemos que rodar una película desde una comuna pobre y tradicional como Curepto importa una visión de mundo al revés, pero real. Desde lo local hacia lo global. Ello nos da fuerza y sabemos que el filme será una realidad durante el último trimestre del presente año.

¿Es cierto que el elenco lo integraran vecinos de Curepto, lo que constituye, ha dicho usted por ahí, “una respuesta hacia la deshumanización creciente de la globalización”.
-Sí, el mundo moderno ha hecho gala de una deshumanización creciente. La concentración de la riqueza es un insulto a la dignidad humana. Se transan a nivel planetario las miserias de los países subdesarrollados como monedas de cambio. Asistimos a un desastre global producto de la acción depredadora inmisericorde del hombre sobre todos los demás reinos del planeta. ¿Puede existir maquinaria más infernal que la creación de vida animal para industrializar la muerte bajo el pretexto de alimentar al ser humano? El premio Nobel sudafricano J.M.Coetzee ha descrito con meridiana clarividencia ese fenómeno tan nefasto. La frivolidad se ha entronizado en el espíritu humano y se ha apoderado de los medios de comunicación como una gangrena. Hasta nos pareció gracioso que en nuestro país un supuesto estadista dijera que era una economía de espacio encontrar a un par de cadáveres de detenidos desaparecidos en una misma tumba. En tal perspectiva, ¿no parece un desafío a la inautenticidad global que una película como El contagio de la locura sea filmada en una comuna rural de no más de cinco mil habitantes y actuada por sus propios habitantes?

CUREPTO

Hace más de diez años usted postuló a Curepto para ejercer allá como juez, y quedó. ¿Por qué eligió tal lugar?
-Fue una decisión intuitiva, como han sido la mayoría de mis decisiones. No tenía pensado ser juez, al menos no racionalmente, pero visto en perspectiva parece lógico. Desde que me recibí como abogado, en los 80, me desempeñé en el ámbito de los derechos humanos en el período dictatorial, unido a una actividad política intensa; luego, llegada la democracia, fui designado Seremi de Justicia en la Región del Maule, después Jefe de Readaptación en Gendarmería y finamente juez. Ser juez rural en un mundo moderno era y es para mí un desafío. Nunca me atrajo serlo en ciudades con mayor densidad poblacional donde las personas se transforman en simples datos estadísticos. Siempre me interesó el ser humano de carne y hueso, al individuo que puedo ver y sentir como un espejo de mis propias contradicciones y grandezas. Y eso podía hacerlo en una comuna como Curepto, donde todavía impera la cultura del rostro. Cierto que ello también tiene sus desventajas: se tiende a confundir los planos y a creer que la judicatura puede ser objeto de prebendas amistosas, hasta que se opta por asumir el cargo desde una perspectiva solitaria.

¿Si lo tomara una afección inesperada, aparentemente grave, usted se atendería en el polémico hospital de Curepto?
-Claro. La polémica suscitada por una inauguración fraudulenta ya es parte del anecdotario folclórico del pueblo. Con el tiempo seguramente quienes fueron sus actores contarán muertos de la risa a sus nietos que fueron enfermos de utilería y que desde la Presidenta hacia abajo se vieron enfrascados en la inauguración de un hospital de mentira. Y como hoy se trata de un hospital con médicos, enfermeras y enfermos de verdad, no tendría ningún empacho en atenderme.

ABORTO Y MEDIOCRIDAD

Le hacemos a usted una pregunta que Roberto Torretti dejó planteada en el The Clinic de la semana pasada: “Con sufragio universal y educación secundaria para todos, ¿cuánto tiempo más cree usted que se podrá mantener a las mujeres de los grupos C2, C3, D y E desposeídas de la facultad de abortar?”
-La pregunta se responde casi por sí misma. Y no quiero decir con ello que yo sea partidario del aborto, pero sí de un debate amplio sobre el tema. Y no es algo que pueda resolverse con los elementos de juicio de que la sociedad hoy dispone. Lo que sí debe llamarnos la atención es que se permiten ciertas licencias indignantes respecto de grupos sociales pudientes, en tanto los estratos sociales deprimidos son considerados amorales cuando la opción deriva en legalizar un derecho como el uso de una píldora no abortiva y que por allá arriba se escuda en la hipocresía.

Por último, ¿qué de este país lo indigna, lo enfurece?
-La mediocridad. El mediocre siempre está pendiente de trepar a algún cargo o puesto de relevancia. Su apetito voraz los hace enquistarse en ciertos sitios de poder, sean públicos o privados, creyendo que su entronización será eterna. Son los que impiden que los países surjan o progresen, en el buen sentido de la palabra. Cuando los idealistas logran las democracias, los oportunistas las administran y los sinvergüenzas las aprovechan. ¿Quiénes son los mediocres? Cualquiera puede deducirlo, y es muy fácil identificarlos. Creen que los cargos son eternos y no se percatan que su mísera condición se asemeja a la invariable corrosión de una materia putrefacta.

DESENCIERRO
Juan Mihovilovich
Lom Ediciones
2009, 236 páginas

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