Por Patricio Araya G.

“¡Sí, mi instructor!”, “¡A su orden, mi instructor!”. Estas son las dos frases más breves, pero más asertivas con que los “reclutas” de “Pelotón” –el reality militar de TVN que cada noche concita y excita la atención de millones de chilenos con sus más de 30 puntos de rating–, “calientan” la pantalla y asumen su fingida formalidad pseudo castrense cada vez que tienen que cuadrarse frente al ex capitán de fragata, René O’Ryan, quien decidió cambiar mar por tele.

“Pelotón: la fama está en juego”, como todo reality, se sostiene en dos pilares fundamentales: un relato verosímil de unas vidas comunes y corrientes, y un hechizo de la realidad constituido por la magia de la edición televisiva. Un pacto social del binomio TV-audiencia, tras el cual es posible construir realidades al arbitrio del emisor y la obsecuencia del receptor, y donde también cuentan la extrema dependencia de la televisión abierta que tienen los habitantes más pobres, y la hegemonía del rubro entretención sobre otros.

Detrás de la millonaria inversión que supone la realización de un programa de esta naturaleza yacen ciertas estrategias, algunas muy conocidas, como aquella legítima de hacer que el negocio prospere. Pero, eso no es todo. Tras observar por algunos momentos la relajada vida que llevan los participantes en la casona-estudio, cabría preguntarse qué tan rigurosa puede ser la disciplina militar en ese encierro lleno de cámaras. La respuesta es simple: allí no hay tal rigor militar. Ésa no es la idea. De lo contrario, varios de los “chicos realitys” no habrían ingresado.

Más Locademia que West Point

Muchos años después de concluida la II Guerra Mundial, los sucesivos gobiernos alemanes debieron hacer grandes esfuerzos para conseguir que la juventud vistiera de nuevo el uniforme de unas fuerzas armadas devastadas por el horror del nazismo hitleriano. No ha sido fácil, poco a poco los alemanes modernos han ido curando sus heridas.

“Pelotón: la fama está en juego”, no es un eslogan antojadizo. Sin duda hay algo más en juego, y no es la fama, sino el prestigio, y no el de sus protagonistas; he aquí una estrategia “piola” de reposicionamiento de las fuerzas armadas chilenas en el ámbito de la sociedad civil, que viene digitada quién sabe de qué parte. Desde luego aquí es posible percibir una clara y manifiesta intención de blanquear un pasado funesto que cuestiona el prestigio del mundo castrense, vinculándolo de manera permanente y sin matices a una dictadura extinta. Ya lo hizo Carabineros cuando cambió el color negro por el verde en sus patrullas; también lo hizo en su momento la Policía de Investigaciones al deshacerse de sus autos Amazon celeste y gris y sus Opala del terror, y acaba de hacerlo otra vez con la imposición de su nueva imagen institucional (PDI); en esta ocasión el motivo es diferente.

En “Pelotón” hay demasiadas coincidencias dando vueltas como para ignorarlas. La locación elegida en Calera de Tango está lejos de ser una instalación militar; el instructor René O’Ryan –a diferencia del sargento retirado elegido para el primer “Pelotón”– es un oficial que renuncia a la Armada para asumir un rol protagónico en un programa de televisión; los “reclutas” son fieles representantes de la nueva chilenidad, los hay de alcurnia, de pueblo, étnicos, ambiguos; se trata de una entidad militar indeterminada, asimilable al Ejército, a la Marina o la Fach; y en ella no se maltrata a los internos.

¿Por qué “Héroes” (Canal 13) no eligió militares o marinos para representar a O’Higgins o a Prat? Tal vez porque la representación de un personaje histórico-heroico hecha por un actor profesional resulta creíble; en cambio, el instructor O’Ryan era “el hombre” que se necesitaba, alguien de la familia, pues “con una larga y vasta trayectoria dentro de las Fuerzas Armadas (…) líder nato, buen carácter y buen trato” (TVN), es puesto en escena para escenificar a sus pares, y al revés del actor que vivencia al personaje histórico, los representados por O’Ryan buscarán asimilarse a su puesta en escena; querrán, sin duda, verse reflejados en un instructor de “buen carácter y buen trato”, un oficial que no tortura, que es amable, galante con las damas; un tío a cargo de una base que parece campamento de boys scouts; una base pluralista donde nadie está preso ni tampoco es discriminado por lo que piensa o hace, un lugar donde se aceptan las diferencias y donde no hay atisbos de crueldad.

En “Pelotón” la doctrina de seguridad nacional ha sido reemplazada por unas estrategias rascas para deshacerse del próximo competidor tirando una cuerda o trepando unos juegos de madera. La vida militar fluye tierna y cercana, relajada; incluso, se percibe un contubernio cívico-militar cercano al síndrome de Estocolmo (incentivado por cierto a través de sendas campañas publicitarias de las escuelas matrices). “Pelotón” no es West Point, no tiene esa marcialidad que abruma ni la doctrina prusiana sale hasta en la sopa, no hay grados ni saludos, ni diferenciación social, allí conviven una ex feriante como Katherine Orellana y un ex corredor de Wall Street como Juan Cristóbal Foxley; en Pelotón, como se aprecia, las formalidades se hallan reducidas a la sorna; nada es serio, con suerte este reality militar es una Locademia, simpática, buena onda; un motel televisado. Eso deben estar pensando en los cuarteles de verdad. ¡Qué envidia! En buena, eso sí.

Hay una pregunta pendiente: ¿bastará este esfuerzo mediático para saldar la justicia que reclaman los ofendidos por los militares de verdad?

*Columna publicada en Revista Punto Final (7 de agosto de 2009)