por Patricio Fernández

El domingo antepasado, con apenas diez años de edad en el cuerpo, se fugó el Cisarro de un centro de detención para menores. Un día antes, el Loquín (13), su mejor amigo, mientras salía del reformatorio juró rescatarlo. Más tarde, con otros cinco mocosos y un revólver, cumplió su palabra. La escena debe haber sido magnífica. Amenazaron a los guardias, treparon las rejas del recinto como monos y huyeron sin temerle a nada, asaltaron una tienda de ropas en la Alameda, caminaron abacanados, tomaron cerveza, fumaron y, ya separado de la pandilla, el Cisarro le metió conversa a unas lolas de catorce en la Villa Cousiño Macul. Desde el techo del Sename, casi en el mismo momento, otra adolescente le declaraba su amor a gritos. No puedo evitar admirarlo un poco. ¡Diez años! El pobre Cisarro (así llamado porque no pronunciaba bien la palabra cigarro), quizás hubiera sido Mozart o Rockefeller en otras circunstancias. Le correspondió ser, sin embargo, un niño ganster parido en Chile, una fuerza desbocada de la naturaleza, un ángel de cara sucia, como James Cagney en la película de Michael Curtis.

Su historia es un guión apasionante y conocido. De no ocurrir algo muy extraordinario entre medio, el Cisarro morirá joven, en las calles o en la cárcel, al cabo de mil anécdotas que para la vida son tristes, y para el cine alucinantes. Si se hace la película, quizás se llame El Gran Cisarro. Un griego diría que su argumento posee la fuerza de la tragedia.

Comedia, en cambio, es lo que ocurre con los radicales. ¡Frescos de raja! Una cosa es que Marco Enríquez, no pudiendo postularse en las elecciones internas, tome el camino propio, y otra bien distinta es que José Antonio Gómez, para el que se hicieron las primarias, amenace con relanzarse si no le dan en el gusto. Trampa, se llama eso. Estas cosas, supone uno, se discuten en casa, lealmente, y no tirando las quejas como un filete a periodistas desesperados por cualquier cahuín que saque titulares. La Concertación, en general, y Frei en particular, se hayan tan débiles, que ante cualquier amenaza se les caen los pantalones. Aunque los radicales no son más de diez pelagatos (personalmente, salvo por razones profesionales, no conozco a ninguno), la coalición no puede permitirse nuevos abandonos. Se armaría la escandalera. Si Gómez partiera apropiándose del discurso progresista (palabreja cada día más odiosa), el desastre sería completo. Le consta que a punta de extorsiones pueden conseguirse unos escañitos extra por ahí. La pobreza, aunque a Cristo le duela, no es precisamente una fuente de virtud. La necesidad tiene cara de hereje.

Tragicómicos, en cambio, somos todo el resto. Los que parecemos ver este baile como si ocurriera sobre un escenario, y no hacemos más que aplaudir o rechiflar, si acaso le prestamos atención. La política está bulliciosa, pero ajena. Los candidatos parecen enfrascados en una dimensión paralela de peleas aparentemente duras, como los manotazos de tres niños en una cuna, mientras el Cisarro ya dispara y el Loquín arranca con el Ceja por los techos de la ciudad. Dicen que otro de los miembros de su banda, un pergenio de doce años o por ahí, jala $80.000 diariamente. La discusión política, en tanto, por proyectos y propuestas y visiones del mundo, está desaparecida. Elegiremos, entre unos y otros, sin sufrir ni reír demasiado, más bien en estado de modorra, cansados de algo que no adivino lo que es, quizás eso contra lo cual el Cisarro se rebela, sin darse cuenta que cuando falta por completo, la vida es imposible. Puede suceder que no sea así, y el niño y nosotros cantemos victoria, pero se ve difícil. En el gran teatro del mundo, los dolores y los absurdos se repiten sin cesar. En todo caso: ¡se pasaron los radicales!