POR PATRICIO FERNÁNDEZ

El sábado en la tarde, D.C.O.G., de quince años, y su polola J.J.F.C., de catorce, fueron a ver una película al cine Hoyts de la Reina. Quizás vieron Enemigos Públicos, pero quizás no; lo cierto es que al salir, ya cerca del Canal San Ramón, un tipo los amenazó con una botella rota y les ordenó sacarse la ropa. De lo contrario, la botella ardería con llamas de sangre. Los adolescentes obedecieron. Al menor lo ató como a un cordero, mientras la niña le ofrecía dinero a cambio de su libertad. Aterrada, J.J.F.C. partió con el delincuente a buscar la plata prometida, mientras su novio de juegos quedaba tumbado a orillas del canal. Al poco andar, sin embargo, la bestia pudo más que la ambición, y la joven fue violada. Más tarde, ambos quinceañeros fueron rescatados por un vecino y devueltos a sus padres, él como un pájaro mojado y ella con las alas rotas.

De no ser por carabineros que la obligaron a llevar a su hija al Servicio Médico Legal para constatar lesiones, la madre de la menor la hubiera trasladado enseguida a un centro asistencial para que recibiera de una vez los cuidados necesarios. Sólo pudo hacerlo tras realizar los trámites de rigor. Entonces la condujo a la Clínica Alemana, donde el médico de turno le dio una receta para que comprara la píldora del día después. (De no haber tenido dinero, ni sabríamos esta historia -¿cuántas iguales sucederán diariamente?- ni habría salido de compras) Si bien no podía retrotraer los hechos, el remedito ése intentaría al menos detener la posibilidad de un embarazo trágico y un parto oscuro, de esos que, salvo los hipócritas redomados o los fanáticos crueles podrían llegar a desearle a una escolar. No obstante, yo vi con mis propios ojitos a Joaquín Lavín en la televisión declarando que él no le daría la píldora a su hija. Una diputada de apellido Turres respondió a The Clinic la siguiente cochinada: “esperaría que esa mamá hubiese preparado a su hija en el autocuidado”, insinuando poco menos que la verdadera responsable del espanto era la mujer que ahora golpeaba todas las puertas para evitarle más dolores a su niñita abusada. La misma Turres agregó después: “Si fuera mi hija la que quedara embarazada en condiciones de esa naturaleza no le pediría que matara a ese ser. Le pediría que le diera la oportunidad de vivir.” No conozco a la señorona ésta, pero, o miente como condenada, o, de lo contrario, que alguien salve a su descendencia. Si fuera la única, la cosa no sería tan grave. El espanto es que una parte completa de nuestro parlamento respondió más o menos de igual manera.

En fin, la madre salió corriendo a la farmacia más cercana a buscar el Postinor 2, pero en la farmacia más cercana no estaba, ni en la siguiente, ni en la siguiente. Tras años de discusiones tontas, repletas de mentiras pechoñas y falsas sospechas científicas echadas a correr por tipos que nunca han entrado a un laboratorio o que confunden las pipetas con los cálices, las farmacias en cuestión, las mismas que se coludieron para estafar a sus clientes (enfermos, en su caso), se hallaban coludidas esta vez en torno a supuestas convicciones morales que, a la hora de mirar a los ojos a una víctima de violación, bien podrían ser tratadas de perversas. Es sabido que en ocasiones la religión es buen negocio y afianza amistades interesantes. Finalmente, la madre tuvo que improvisar para su hija un cóctel de anticonceptivos que reemplazara el remedio pertinente; algo parecido a comer mucho pescado en vez de carne para Semana Santa con tal de satisfacer las apariencias.

La historia del levonorgestrel en Chile ya lleva cerca de diez años. Sus enemigos, con argumentos tramposos y haciendo uso de las más nefastas redes de poder, siendo una ínfima minoría, han conseguido detener su libre circulación. Años atrás, cuando el tema se debatía en la Corte Suprema, Jorge Reyes y los autodenominados pro vida (casi todos partidarios de la pena de muerte), llevaron incluso una procesión de alumnas de colegios particulares a rezar a los pasillos de los Tribunales de Justicia. De no saberse lo que se ha sabido, quizás hubieran construido una estatua gigante del cura Maciel en el lugar de Montt y Varas, como método de presión santa. Para sorpresa de la cordura, obtuvieron su cometido, y para fiesta de la arbitrariedad, el Tribunal Constitucional, que de estos temas no tiene idea, también les dio la razón.

La presidenta Bachelet, hoy con cerca de un 80% de apoyo popular, médico y mujer, contradijo por decreto supremo lo acordado por estas instancias minoritarias y machistoides, y autorizó la distribución de la píldora en el sistema de salud pública para todos los mayores de 14 años, la misma edad a la que un individuo es considerado en Chile responsable penalmente.

Entonces fue el diputado Kast (UDI) quien se abocó a juntar las 36 firmas necesarias para volver a llevar el tema al TC y declarar esta vez inconstitucional el decreto presidencial, por atentar contra la vida del que está por nacer, como si ese protoproyecto de vida tuviera más derechos que una joven violada, de carne y huesos, y lágrimas de verdad. Una vez más, ganaron la batalla. La píldora fue retirada de los consultorios, aunque nada impedía que circulara en las farmacias. La ciudadanía, indignada por esta discriminación en contra de los más pobres, salió a la calle. Una marcha de más de 15.000 personas repletó la Alameda desde Plaza Italia hasta La Moneda. No se había visto una movilización tan grande desde los tiempos del NO. Pero de nada vale para los fundamentalistas el clamor popular. Ellos siempre tienen la razón.

Algo bueno, sin embargo, tienen estos dilemas en tiempos de elecciones: nos recuerdan que no da lo mismo quién gobierne. Casi la totalidad de la UDI y una parte de RN se oponen terminantemente a que una adolescente como J.J.F.C., en brazos de su madre desesperada, evite un embarazo violento. Creen saber mejor que ellas mismas lo que deben hacer y están dispuestos a exigírselo. ¿Cuántas cosas más estarán esperando imponernos sin preguntar? ¿Cuántas violaciones, si llegan a La Moneda, tendremos que soportar de parte suya?