A Piñera no lo quiere la suegra

Por Patricio Araya G.

Así como hoy el problema de la derecha ya no es esa Concertación que alguna vez aglomeró el descontento social y político que ella representaba con su apoyo incondicional al dictador, el problema de
Piñera hoy día no es Frei. Ni siquiera lo son Arrate o MEO.
A la Coalición por el Cambio ya no le preocupan la izquierda no admitida en el Parlamento desde 1990, ni aquellas facciones escindidas por decisión propia del conglomerado gubernamental, que podrían haberse ido contra ella en algún momento. De ellas se ha ocupado y despreocupado a su turno la mismísima Concertación, a tal punto, que ésta ha construido (definido) en ellas un “enemigo interno” al que siempre ha controlado, ya sea complaciéndolo con pequeñas prebendas post electorales, o mediante el cinismo de la política como arte de lo posible.
Por su parte, la derecha ha utilizado la misma estrategia del enemigo interno de su “adversario” oficialista: los opositores no son los otros, sino los de la misma vereda. Dicha realidad ha sido comprobada varias veces en los últimos años. En Chile ha desaparecido la verdadera controversia, aquella que se hacía en términos dialécticos, donde las ideas tenían colores y olores; sabores y pasiones. Lo de hoy es el consenso funcional. Un auténtico Pacto Von Ribbentrop-Mólotov. La no agresión por antonomasia.
¿Para qué enemistarse con el adversario real pudiendo hacerlo con alguien de la propia trinchera? La fórmula les ha reportado excelentes dividendos a la Concertación y a la derecha. Aunque la razón (la familia siempre perdona) resulte tan riesgosa como la memoria imperecedera del ofendido: ni perdón ni olvido.
Por ello, al candidato opositor le viene como a nadie eso de que no hay peor astilla que la del mismo palo. Frei no pone en riesgo la candidatura de Piñera, como sí lo hace la derecha. Ya en la segunda vuelta del 2006 –y en gran medida durante la primera en diciembre de 2005–, los aliados gremialistas de Piñera le demostraron lo poco y nada que lo querían, y lo mucho que lo despreciaban, en especial, por haberle salido al camino a su carta presidencial de entonces: Joaquín Lavín.
De modo que el principal escollo de Piñera no es político, sino “familiar”. Y peor aún: aquello está lleno de rencores. A Piñera nunca le perdonaron en la UDI haberle aguado la fiesta a Lavín en la presidencial de 2005, cuando sobre éste existían muchas más expectativas y posibilidades. Al entrar al ruedo, Piñera desarticuló la votación de la derecha, lo que al final complicó a Lavín.
En la primera vuelta de 2005, Sebastián Piñera obtuvo 1.763.694 votos, mientras que Joaquín Lavín consiguió 1.612.608 votos. La suma de ambos candidatos (3.377.302 votos) fue superior a la de Michelle Bachelet (3.190.691 votos). En esa oportunidad la derecha tenía una diferencia de 186.611 votos sobre la candidata oficialista. Sin embargo, un mes después Piñera sólo alcanzó 3.236.394 votos contra los 3.723.019 que le permitieron a Bachelet ser presidenta.
La primera conclusión es que al menos 140.908 de esos 186.611 votantes de derecha le dieron la espalada a Piñera en enero de 2006. La segunda, es que en su mayoría aquéllos eran partidarios de Lavín. Partidarios que no lograron superar su bronca contra un candidato que no los representaba, y que evadieron el puerta a puerta que necesitaba Piñera para consolidar la diferencia a favor; partidarios que se largaron de vacaciones –como el recién electo senador Longueira– , o se dieron el gusto de votar por Bachelet sólo para no ver a Piñera en La Moneda. Todos, sin excepción, astillas del mismo palo.
El problema de Piñera no son sus colegas de papeleta. A él no lo quiere doña Tremebunda, aquella ampulosa suegra que habita en la casona de calle Suecia, y cuyo nombre es UDI. Piñera no despierta en los militantes de ese partido toda la simpatía transversal que debería provocar un candidato en su gente a dos meses de una elección. Por el contrario, el cariño de la UDI es forzado, a contrapelo, con la boca chueca. Allí todos están convencidos que esta era la elección de Lavín y no la de Piñera.
Si él pretende ganar, primero tiene que “abuenarse” con la suegra. Tiene que jurarle a esa señora una agenda valórica de peso, y que no está ni ahí con la “píldora del día después”, y comprometerse con ella a no legislar sobre nada que altere su conservadurismo, y que asegure el predominio de sus privilegios. Sólo hay una dificultad: la suegra no lo pesca. ¡No se oye, padre!
Uno podrá enojarse con la suegra por ser metiche, odiarla inclusive, sin embargo, nadie puede ignorarla al límite de considerarla un simple escollo, en circunstancias que es una muralla china. Piñera no es un tipo de sutilizas como para ganarse el cariño de su suegra, ni mucho menos heredó un poco de la diplomacia de su padre. Al cabo, Piñera es menos inteligente y hábil de lo que parece o pretende ser. Todavía no es capaz de atinar con la suegra.
Así nadie puede.

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