La vida de los candidatos no tiene sentido

Por Alvaro Díaz

En 1999, trabajando para el programa El Factor Humano de Canal 2, seguí por algunos días a Ricardo Lagos y Joaquín Lavín en sus respectivas giras a lo largo del país. A Lagos lo acompañe a la zona de Valdivia y a Lavín al Norte Chico. Pese a las notables diferencias entre una y otra campaña -Lavín parecía encabezar el team de una marca de bloqueador solar y Lagos el protagonista de El número uno, novela de John Dos Passos sobre un candidato a mal traer que recorre Estados Unidos profundo- sus rostros transparentaban similar estado de desgaste, de caos interno, de desprecio profundo por aquellos a quienes había que sonreírles, escuchar y pedirles su voto. Señoras alegando por todo, llorando a veces, pescadores artesanales que regalaban un trofeo hecho de barnizadas conchas, productores de leche denunciando el abandono del Indap, niños sucios, paralíticos, concejales zalameros invitando un vaso enorme de mote con huesillo tibio. Esto a la par de recibir y contestar a diario los ataques de la prensa de Santiago, de tener que dar respuesta a todo aprendiéndose el programa de memoria, de soportar la cara de culo de sus mujeres, que como ellos sólo sonreían en público y que sentadas a su lado en el auto les encaraban su falta de hombría, de sentimientos, de criterio. Algo similar al infierno. Mi conclusión tras ese insignificante lapso junto a los presidenciables fue una sola: Nadie en su sano juicio puede aguantar estoicamente esto sin reventar por otro lado. Un loco, un trastornado, alguien ciegamente enamorado de sí mismo o sediento de venganza, sí.
Como espero que quien nos dirija en el futuro no sea esto último, sino sólo una persona que no supo medir las consecuencias de sus peregrinas ideas, creo identificar en cada candidato las consecuencias de tanto trajín. Frei está indudable y profundamente deprimido. No es para menos tras recibir tan poco cariño de tan poca gente y ser vendido por sus más leales como el mal menor. De ahí que en un debate despoje de toda jerarquía a su única tabla de salvación, la presidenta, y la nombre despectivamente como “la Bashelé”, y luego maltrate a una periodista de la televisión peruana como si se encontrara en el baño del estadio.
Marco ya no ríe como antes. Debe comprobar que lo suyo no está desprovisto de fondo y para eso estudia, algo que nunca hizo ni necesito hacer en toda su vida. Y así lo vemos agradeciendo preguntas, respondiendo mateamente como el primero de la fila a la velocidad del rayo para no perder el hilo de la materia, aunque su mente prefiera enfocarse en las piernas de una periodista o en como humillar con crueldad más que con argumentos al tonto del curso, a ese a quien quiere arrebatarle los votos. Y Piñera la tiene tanto o más dura. Su esfuerzo va por dos caminos: borrar su imagen de sinvergüenza a punta de sinvergüenzuras, y fingir que tiene sentimientos honestos, que el resto no le importa un carajo, combatiendo voluntariosamente contra su propia cara los gestos de repulsión respecto a otros que debe aceptar como sus iguales, como su equipo. Arrate es el único que se salva de estos rigores y no porque sea mejor persona, sino porque va de colista y no corre. Puede tomarse el día libre, sentarse a tomar un café en el California, al lado de su casa, asistir al cumpleaños de Margot Honecker o andar de sandalias. Es como una delegación de Mongolia: todos la saludan y se sacan fotos con sus miembros, pero a nadie le interesa lo que tengan que hacer y decir.
El próximo presidente estará demasiado cansado para disfrutar su triunfo. Verá como su barco se repleta de ratas y como esas mismas ratas lo abandonan en caso de tormenta. Tras cuatro años, si tiene suerte y acaba lo suyo sin mayores inconvenientes, volverá a su casa mucho más viejo, mascullando, solo, aburrido, incomprendido e insatisfecho. Como Ricardo Lagos, sin ir más lejos.

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