POR PATRICIO FERNÁNDEZ
A 20 años del fin de la dictadura y tras cuatro exitosos y normalizadores gobiernos de la Concertación, más que hablar de “democracia de los acuerdos” lo que corresponde es un profundo, incuestionable y radical “acuerdo sobre la democracia”. Que nadie la vuelva a cuestionar de nuevo, que ningún grupo se sienta más garante de ella que otro, que se persiga la real representatividad de las tendencias existentes y no el empate forzado del sistema binominal, que los dirigentes históricos de los partidos políticos no puedan constreñirla mediante artilugios, que en la génesis de los candidatos ofertados a la ciudadanía no participen sólo los cuatro gatos a cargo de la carnicería, que se facilite al máximo la incorporación de nuevos votantes, que se fortalezca la voz de los débiles y existan controles eficientes para los poderosos cuando se vean tentados a ponerle la pata encima a sus dependientes, que cada ciudadano y ciudadana pueda decidir sin cortapisas el modo en que prefiere vivir (siempre y cuando, por supuesto, su opción no pase a llevar la de otros), en fin, que se establezcan mecanismos capaces de impedir que el deseo de unos cuántos se imponga sin consulta sobre el resto. Algo así como perfeccionar las reglas del juego, en lugar de concordar el resultado.


“Las Lanzas”, una capitulación honorable entre adversarios, por Diego Velásquez

No tenemos por qué pensar todos igual ni existe hoy día en Chile una situación de post guerra que justifique el miedo a las diferencias. Muy por el contrario, si algo se ha conseguido durante estas dos décadas de democracia, es reconstruir los cimientos de un estado respetuoso de la diversidad. La derecha misma ha ganado gracias a que ya reina la convicción de que la alternancia no implica catástrofe alguna, sino cuando mucho un revés que los perdedores deberán esforzarse en revertir con proyectos nuevos y convincentes. Los discursos tremendistas y aterrorizantes fueron los grandes derrotados el 17 de enero. No se trata, por supuesto, de contradecir cada una de las palabras o acciones del otro, ni mucho menos de intentar boicotearlo y desearle el mal; sólo un canalla puede preferir el reino de sus argumentos a la felicidad de las mayorías. Los acuerdos son parte fundamental de una política sana y madura, pero de ahí a pretender que se ha llegado al fin de la historia, al punto esplendoroso en que nos encontramos todos tras un objetivo común… Eso parece más bien una patudez con disimulados visos de autoritarismo. Lo que viene ahora no es la transición de un régimen nefasto a un estado de beatitud y comprensión. Sebastián Piñera ganó en buena lid una elección presidencial como es de esperar que hayan muchas a lo largo de nuestra historia. Es un presidente más en nuestro ya largo y accidentado anecdotario republicano. La muy mentada “democracia de los acuerdos” no hace sino devaluar el inmenso trabajo civilizador realizado por la Concertación durante estos años. Cada vez que escucho la frasecita, recuerdo el tiempo en que la búsqueda de acuerdos era un modo de acallar el ruido de las armas y avanzar con pasos cortos entre las tropas de la intolerancia. Entonces existía el Consejo de Seguridad Nacional, los ejercicios de enlace, las reuniones del cuerpo de generales y una manga de políticos derechistas que rompía lanzas por Pinochet y su herencia, a combos si era necesario.

Para mí que, en el fondo, este discursito supuestamente conciliador no es más que una estrategia para cohesionar a los propios (la chúcara UDI) estirándole el brazo a demócratas cristianos del ala más conservadora, la bancada de los Walker, por ejemplo, más uno que otro blando de carácter, y un par de viejos pretenciosos.