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Nacional

22 de marzo de 2010

La fama es “emífera”

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Por Patricio Araya G.

A estas alturas, cuando la sensibilidad social se encuentra al límite tras los temblores y las angustias, cabe preguntarse si habrá una sola persona en Chile que no se haya conmovido con el estremecedor relato que el niño Víctor Díaz hizo sobre la tragedia que sufrió su querida Iloca, devastada por el terremoto del 27 de febrero, y luego castigada por un feroz tsunami. El pequeño Víctor narra en pocos minutos lo que ya sabíamos, incluso antes del terremoto: que Chile es la tierra de las desigualdades. Y que Iloca apenas aparece en la guía de Sernatur.
Sin embargo, la de Víctor es una historia bien contada. En verdad tiene de todo: llanto, compasión, vergüenza e impotencia, incluso esa picardía ladina, campesina, costeña. Lloramos por Víctor, pero también sentimos vergüenza, y sobre todo, tomamos conciencia de nuestra impotencia ante la adversidad, y más que todo, impotencia por no poder hacer más que mirar la miseria de la que está hecha una buena parte de la vida de miles de chilenos que no tienen más techo que el cielo, y más luz que el sol del atardecer; miles de chilenos que nacen y mueren en caletas como pescadores, como pirquineros en los túneles lúgubres de Curanilahue; miles de nuestros compatriotas que nacen y mueren entre los repollos de sus ferias; miles de los nuestros que nacen y mueren entre la llovizna de harina de panaderías y amasanderías de barrios pobres; miles de hombres, mujeres y niños que se juegan a diario su vida en una esquina sobre un tapete clandestino; miles que nacen y mueren sin el privilegio de gozar de esa mierda a la que llamamos felicidad, y que apenas pueden entender nuestro mísero afán por darle seguridad a nuestros trastos que tanto adoramos.
Pero este Víctor Díaz de apenas ocho años –descubierto por un anónimo periodista de La Tercera TV, y luego explotado hasta la saciedad por el consumismo mediático–, ya sonaba en nuestra memoria colectiva. Nuestra historia reciente ya asesinó –pero no olvidó– a muchos otros Víctor, empezando por Víctor Jara hasta llegar a su homónimo, el dirigente comunista Víctor Díaz (padre de Viviana Díaz, líder de la AFDD).
Tenía que venir la pachamama a remecer nuestra tranquilidad, para que tras la polvareda surgiera un niño anónimo que nos enrostrara nuestro egoísmo, nuestra ceguera y sordera. Tuvo que ser la furia del mar la que nos revelara el país que muchos se niegan a ver: un país fragmentado, cuya riqueza concentrada en un par de afortunados quintiles se sustenta sobre la miseria de la mayoría.
Víctor Díaz es la muestra médica de una droga que nos destruye, pero que “necesitamos” para la buena marcha de la asquerosa economía. Si la precariedad material de un mocoso encantador nos sobrecoge a la hora del té como Oliver Twist, o sólo acabamos riéndonos de sus particulares vocablos, como “zafrada” o “hablamiento”, es que no entendimos nada de lo que nos dijo.
Víctor nos habla desde la inocencia más absoluta de sus ocho años, nos habla desde su aún inconsciente conciencia de clase; lo hace desde su futuro predecible al borde de una lancha donde un día se enfrentará a lo que la vida se digne a regalarle, porque, igual que su padre pescador, también se encontrará de frente con el país real que queda después del chovinismo de creernos justos y buenos. Pobre Víctor. Inocente Víctor.
Recuerdo a mi amigo de infancia, Jorge Posadas, quien a causa de su condición de séptimo hijo varón, lucía con orgullo su calidad de ahijado del ex Presidente Jorge Alessandri. Al pobre “Piruco”, como lo llamábamos, nunca lo quiso conocer su famoso padrino. “El paleta” nunca se paleteó con él. Al menos Piñera fue a conocer al Víctor de moda. Le llevó una escuela de utilería para que se deje de hinchar, y una pelota por si en una de esas, el cabro chico se convierte en otro “Chupete” Suazo y el tío Ruiz-Tagle lo transa a buen precio en los pastos de Pedreros. La tía “Ceci” le hizo añuñui y hasta el comisario le pasó la mano por la cabeza. ¡Qué pendejo más tierno!
Hay un solo problema. Cuando pase el temblor e Iloca vuelva a ser un paraíso anónimo de pescadores, y la escuela de Víctor, y su Susanita, y su amigo ése “que se fue pa’ allá lejos”, con el que se agarraban a cuetes y después se abrazaban de puro gusto, a nadie importarán.

Chile es un país de consumidores desatados, brutales, salvajes. Antes de Víctor, la tele creó y luego sepultó a un mozalbete de apellido Ballero y a otros tantos chicos realitys; lo mismo hizo con un “gorrión” de Conchalí y una niña llamada Kristel, e incluso, los medios –la prensa de derecha, en particular– hace poco inventaron un personaje llamado MEO con el que dejaron la que te cuento al interior de una cosa que se llamaba “Concertación”.

Con toda seguridad, los productores de matinales buscarán a Víctor para subir el rating. No faltará una fundación que lo apadrine y hasta algún gerente de retail le regale una tarjeta con unas quinientas lucas. Víctor es tan inteligente que ya le hizo su guiño a la maldita TV. Ojalá lo aproveche, porque, como dijo el filósofo “Piter Veneno”: “la fama es emífera”.

Video de Víctor Díaz, «Zafrada»:

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