Confederación sucia

Por Alvaro Díaz

Hace poco tiempo, grabando un programa de televisión que tenía como tema central la eficiencia energética, tuve que ir al Liceo Confederación Suiza, ubicado en pleno 10 de Julio, entre desarmadurías, bramadores y talleres mecánicos de todas las calañas. Funcionaba en el lugar, según autoridades competentes, un plan modelo donde se filtraba el agua de las duchas de los baños para reutilizarlas en el riego del jardín. La descripción del proyecto, único en Chile, más la promesa de seriedad helvética proveniente del nombre del establecimiento, crearon en mi mente la imagen de un oasis en medio del engrasado barrio tuerca: alumnos de clase media dirigidos por abnegados profesores poniendo en marcha un modelo de desarrollo sustentable sencillo y ejemplar. Al llegar, la realidad me daba el cachetazo esperable. El liceo no tenía nada que enviarle en aspecto a los garages vecinos, y el plan modelo era una ruina que nunca había funcionado, según confesión de un auxiliar que regaba el pasto con una manguera conectada al sistema de agua potable. Sólo había una placa que conmemoraba el día de su fallida inauguración- con pomposos nombres ligados a la Unión Europea- regadores en desuso y un mal tenido jardín con plantas que crecerían hasta en Chernobyl sin ayuda humana. El sistema que supuestamente operaba era un chiste, pues consistía en que el agua de las duchas de un baño contiguo se iba por una canaleta directamente a la tierra, donde comenzaba el proceso de filtración, cosa que nunca sucedió.
Al poco rato llegó un inspector a explicarnos que el auxiliar estaba equivocado y que el sistema funcionaba perfectamente, salvo que justo ese día se encontraba en mantención. Como ya estábamos en el lugar y la tele aguanta todo, decidimos grabar haciendo caso omiso a los hechos. Entré a los baños para dar el agua de las duchas y me encontré con la imagen espeluznante de hongos que casi me tragan. Logré zafarme de ellos, pero no de la sensación que todo eso era una estafa, y que en la vieja lucha de la civilización contra la barbarie, en esta batalla la primera había perdido por paliza.
Hoy aparece la noticia de que el liceo fue tomado por 60 de sus alumnos, quienes exigen “mejores condiciones sanitarias en baños y comedores, así como un aumento en la dotación de paradocentes, ya que habrían auxiliares realizando labores de inspectores”, según reza La Tercera. Los alumnos dicen que comen en mesas con caca de palomas y que los baños son asquerosos. Además, convocan a sus compañeros de otras instituciones que se encuentran en similar situación a que levanten la voz. Es probable que los estudiantes sean en parte responsables de lo que reclaman-romper baños y cagar sin limpiar son máximas del decálogo escolar- pero sus demandas parecen más reales, sensatas y justificadas que las que habitualmente movilizan a los secundarios, y que ni siquiera son capaces de verbalizar. Además, conociendo el boliche, creo que es el mínimo esperable. Un centro de alumnos menos moderado ya le habría prendido fuego hace rato.
En lo inmediato, creo que la embajada de Suiza debería tomar cartas en el asunto, despojando al liceo de su nombre. No vaya a ser que algún amante de la puntualidad, la precisión, el secreto bancario, la neutralidad histórica, el chocolate o la inconveniencia de las Fuerzas Armadas matricule allí a sus hijos creyendo garantizarles una educación de primera.

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