Dios bendiga a Yuri

Y la guarde en su Santo Reino. A ella y a sus bailarines que se suben al escenario del Teatro Caupolicán vestidos como romanos sadomasoquistas, con cadenas y casco para bailar ¡Qué te pasa!

Que Dios la bendiga porque es cristiana, porque se agarró a un mino menor (Rodrigo Espinoza) cuando todavía no era moda y porque al servírselo, nos libró de la banda Aleste. También porque canta bonito las canciones que nos gustan y porque como hoy nos vemos ella se vio un día, pero como ella se ve, ya nos lo quisiéramos a su edad.

Sí, puras bendiciones porque como todos los convertidos, Yuridia Valenzuela Canseco viene de vuelta después de años en dos oscuridades.

La primera cuando era joven y con su pelo rucio y largo cantaba “Este amor no se toca” con trajes de lentejuelas y se empastillaba hasta que le daba puntá para prestar la cara 24/7. Y buscaba la felicidad gastándose en una pasada 60 mil dólares en ropa y cambiando de auto cada tres meses de puro capricho. Y posaba para Playboy y al final del día llegaba a su casa sintiéndose igual de vacía.

Entonces decidió ser como Madonna. Y se puso insolente, desfachatada y grosera. Y les dijo a las mujeres que si no querían tener un hijo que abortaran, que “les pusieran los cuernos a sus parejas” y que no fueran lesas, que la virginidad no servía para nada. De paso se puso pechugas y se achicó las orejas. También contrató a un todavía tiernecito Ricky Martin para que saliera sin polera y haciendo pesas en el video de “Todo mi corazón” (Dime, quien eres, cómo apareciste, qué buena mi suerte, eres diferente a los demás…).

Así fue como un mal día, de tanto creerse Madonna y llevar una vida mundana, amaneció sin voz. Tenía tumores en sus cuerdas vocales. Pero miró al cielo. Y ahí lo encontró. Y Dios la salvó. La bendijo.

Pero si bien empezaba una nueva vida en el evangelio, su carrera como cantante se iba a las pailas porque no le hacía sentido seguir cantando melodías que hablaban de adulterio vestida como una suelta. Además, no sabe por qué, las canciones se le empezaron a olvidar. La nueva Yuri se guardó en el cristianismo y fundó una iglesia con su marido. Y se puso latera. Y la industria de la música la dio por muerta.

Pero Dios quiso que regresara al hacerla entender que los dones son también una responsabilidad, que es su deber compartirlos y hacer feliz a la gallada.

Y Yuri volvió. Y vino a Chile. Y nos cantó y nos canuteó y nos hizo ver la luz.

Qué duda cabe, el Señor la escucha: le ha dado todo lo que ha pedido: un marido tonificado (eso es mucho), una hija, una linda voz, un cuerpo razonable y mucha, pero mucha fe.

Gracias, Señor. Llévala a Viña a cantar “Amiga mía”, “Corazón yo te pido amor” y “De qué te vale fingir” con sus bailarines mothernos, vestida con plumas y penachos.

Yuri tiene una iglesia. Qué lástima que quede en México.

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