POR GUILLERMO MACHUCA
Existen ciertas producciones estéticas fundadas en la incoherencia de sus partes integrantes. El conjunto resulta, en este caso, articulado por piezas o partes inconexas entre sí. El resultado: un desorden total. Determinadas instalaciones artísticas son de esta índole. Puro desorden disfrazado bajo cierto espesor crítico. En buen chileno, puro toyo. Lo mismo que ciertos textos de catálogos que pretenden explicar lo inexplicable. Pero existe –en Chile– una disciplina que destaca por ofrecernos verdaderos monumentos a la falta de cultura visual: la arquitectura y su brutal y lamentable efecto en el llamado diseño urbano. Últimamente, esta tendencia al feísmo visual se ha exacerbado de tal manera que pareciera que los arquitectos estuviesen presos de un patológico y morboso proceso de autoboicot público y privado. Esto es algo histórico en el país, recorre nuestra historia desde sus orígenes republicanos: “La ciudad se llena de pastiches y se reviste la estructura criolla con elementos que abarcan todos los estilos y los caracteres que imponen los diversos climas”, apuntó, respecto del desorden visual de Santiago, un connotado urbanista a comienzos del siglo XX.
Estos insignes proveedores de adefesios visuales son responsables –a la larga– de una cierta esquizofrenia que aqueja a parte importante de nuestra ciudadanía, malestar que oscila entre el absoluto desorden y la pérdida completa de sensibilidad. Son responsables de una concepción cacofónica del espacio público. Se trata de un asunto ético: no se puede pensar la historia del arte sin una historia de la ciudad. Lo artístico no puede ser separado de lo ético. Una necesaria preocupación estética a la hora de concebir y diseñar el espacio público, resulta esencial para la salud visual de la ciudadanía. Una ciudad representa, en gran medida, la calidad mental de sus autoridades y habitantes. Habla de quienes la habitan. En términos estéticos, la ciudad debiera ser entendida como un verdadero museo o como un espacio seductor en términos visuales (más allá de las connotaciones conservadoras ligadas a la palabra museo).


Foto: Alejandro Olivares

Dentro de este verdadero homenaje a la falta de sensibilidad visual (destaquemos, por ejemplo, los recientes e infames edificios que se han instalado cerca del Museo Nacional de Bellas Artes), habría que resaltar el diseño general de ciertas estaciones del metro. En este caso, la falta de criterio estético es aplastante. La cacofonía, en este punto, se encuentra llevada al extremo. La confusión es total. Enumeremos algunos elementos que comparecen en estaciones como Los Héroes, República o Baquedano: muros de cerámicas, enlosados o gravillados de distintos colores, quioscos y bibliometros, señaléticas al por mayor, gigantes ventiladores que expelen una sustancia líquida, ilustraciones de héroes históricos y jugadores de la selección chilena, publicidad en todas partes y a veces cubriendo los carros o trenes, televisores a todo full, pinturas infantiles y de adultos, esculturas varias, muchos guardias, una sobrepoblación de usuarios y un servicio cada vez más lento y plagado de disculpas y explicaciones, etc.

Pero lo más impactante tiene que ver con lo siguiente: las intervenciones pictóricas que le otorgan al espacio interno del metro una compensatoria estela museal. Tanta atonía visual, debe ser forzosamente contenida de forma aurática. Tanta velocidad y tanto movimiento requiere de una necesaria detención que favorezca un mínimo recogimiento. Un mínimo de contemplación estética. Un buen “baño cultural” que palie tanto malestar social expresado en las hora peak (o sea en la mayoría de las horas). En este sentido, destacan -por su potente sublimidad y su portentosa técnica- las obras de Guillermo Lorca y Muñoz Vera, la primera en metro Baquedano y la segunda en metro Moneda (el mural de Mario Toral queda excluido por resultar en extremo pachamámico).

Lo impactante de ambas obras reside en lo siguiente: ofrecer un supuesto detenimiento del usuario en pos de un momentáneo “baño cultural” y, de paso, hacerle sentir que –como pretenden los retratos de Lorca- posee a fin de cuentas, una individualidad, a pesar de ser parte de la masa. Para dicho efecto, se ha procedido a dotar a ambas obras de un marco pretendidamente cultual. Idealmente, parecido a los espacios museales a nivel mundial (como la Galería Ufizzi o la Capilla Sixtina, se entiende). Grandes espacios para los Retratos de Lorca y una iluminación especialmente tenue, focalizada y algo quejumbrosa para las pinturas de paisajes de Muñoz Vera. Dos géneros tradicionales del arte: el paisaje y el retrato. Dos artistas autoproclamados (sobre todo por la prensa conservadora) como pintores “realistas”. Dos artistas, en síntesis, del gusto masivo (de aquellos que el público dice: “le quedó igualito a la realidad. Parece una verdadera fotografía”).

En Chile, aparte del caos arquitectónico y urbanístico antes comentado, la definición de lo que debiera ser una pintura realista sigue estando pendiente. En otra época, el realismo se había pensado como modo de acercar el arte a la realidad (pensemos en Goya, Daumier y luego Bacon). El realismo resultaba una imagen “descarnada” de lo real. En su extremo: una imagen sarcástica de la vida. Ahora en Chile, en cambio, se habla de un realismo meramente reproductivo de la realidad, cuya función –como reza en las intenciones propuestas por el metro- no pretende otra cosa que “acercar el arte a la gente”. Pero a la mayoría de las personas dicha presunta cercanía le resulta tan poco deseable como acercarse a cualquier centro cultural que suponga un esfuerzo o interés. El interés o deseo estético no se puede imponer por decreto. Está bien: el intento vale la pena. Sin embargo, el lenguaje estético no debe ser reducido a una codificada manera de entender el arte y sus temas consabidos (el paisaje, el retrato). Frente al poder de la televisión, la batalla está perdida de antemano. Esto lo sabe cualquier transeúnte que se vea en la necesaria opción de tomar un tren para dirigirse a su trabajo o a su casa. ¿Qué desea en esos breves instantes de espera? Salvo excepciones, una acelerada e indiferente ojeada a las pinturas descritas. De manera rápida, como lo haría alguien que quisiera apresurar el trámite que supone movilizarse todos los días de la semana. Lo más probable, que su atención se concentre en las imágenes proyectadas por las ruidosas pantallas ubicadas a lo largo y ancho de todos los andenes de la ciudad. ¿Cuáles imágenes?: un poco de fútbol, un poco de moda, un poco de música, un poco de resumen de noticias de la vida diaria.