Opinión
9 de Mayo de 2026
Columna de Rita Cox: Estaciones de servicio: mucho de cowork, nada de aesthetic
Por Rita Cox F.
Las estaciones de servicio no son especialmente lindas, ni “posteables”. Y quizás por eso mismo se han convertido en uno de los últimos refugios urbanos donde nadie espera nada de nadie. “En esa falta de onda está buena parte de su valor”, escribe la autora en una columna sobre esos "no-lugares" que, entre café, baños limpios y mesas de fórmica, terminan ofreciendo algo cada vez más escaso: descanso de la performance. Rita Cox analiza en esta columna su evolución, su proliferación y su valor citadino.
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No sé si sigue vigente el término, pero cada vez que con mi hija comentamos algo muy Instagram, muy cuidado, decimos aesthetic, con un cierto tonito irónico. Viene del griego aisthētikós, que refiere a la percepción sensorial, pero en su versión actual significa otra cosa: una atmósfera construida a propósito, curada hasta el último detalle, publicable, aspiracional.
Colores pastel, minimalismo, filtros homogéneos, referencias vintage: esos son sus pilares, el imaginario que Instagram y Pinterest han ido consolidando. El aesthetic no describe lo bello, describe lo que se ve bien en una pantalla. Lo que merece ser fotografiado antes de ser vivido. Es cautivador. Y también es agotador.
Las estaciones de servicio no son aesthetic. Todo lo contrario. Y por eso mismo me parecen encantadoras. Un lugar posible, de vez en cuando, en la ciudad.
Julia tiene 81 años y vive a pocas cuadras de una estación de servicio en Providencia, cerca de Carlos Antúnez. Viene casi a diario, siempre con luz de día —eso le da seguridad en el trayecto, me cuenta—, a veces en la mañana, a veces a media tarde. Caminar de ida y vuelta le sirve de ejercicio, y sentarse un rato con una bebida y algo dulce para comer es para ella un panorama. Su panorama. A veces también el mío. La acompaña su hermana de 76. No hay nada extraordinario en la escena: dos señoras en una mesa de fórmica.
Carlos, de 69 años, vive en Puente Alto y tiene su oficina allá también, pero su trabajo en construcción lo lleva a recorrer Santiago. Hoy está en Vitacura. Es pasado mediodía, y se sienta con una promo de café y queque, que no supera los $3.000. Me dice, con cara de sorprendido por mi curiosidad, que pasa por estaciones de servicio al menos cuatro veces por semana. No distingue marcas. Se detiene porque le quedan a la pasada, porque puede dejar el auto sin pagar estacionamiento y verlo de reojo a través de la entrada vidriada mientras se toma el café, porque los baños tienen confort, jabón y están limpios. “Me siento cómodo”, dice, como si eso fuera suficiente explicación. Y lo es.
Pasadas las 13 horas, en el mismo local en el que también suelo detenerme, un hombre de unos 55 años almuerza solo. Se come una ensalada, se toma una bebida. Con su celular, y sin audífonos, escucha Radio Bío Bío. La voz de Katherine Cubillos se funde con la de Robert Smith, que suena desde los parlantes del local: un set musical que entrega la compañía a cada establecimiento y que en un turno —o ciclo, como le llaman las chicas que trabajan allí, en su mayoría venezolanas— se escucha una o dos veces.
En este espacio de anónimos, de gente que entra y sale, de visitantes que se detienen y siguen, también están los habitúes. Los de siempre. Está el hombre, sin nombre ni edad —no quiso compartir esos datos—, que llega todas las mañanas con su mochila verde, se sienta, saca el computador, lo enchufa en el dispositivo del piso, se conecta al wifi y trabaja un par de horas. Toma café y, antes de irse, repite siempre el mismo gesto: toma un cigarro para prenderlo apenas sale del local. A veces lo fuma en el auto, otras, se acomoda en las mesitas que dan a la avenida. Tiene una discapacidad. Le cuesta moverse y hablar. Pero el espacio no pone muchos obstáculos.
Voy de salida, después de mi propio café de grano. En la caja, a la que vuelvo para comprar un cuadradito de chocolate, le pregunto a una mujer de unos 40 años sobre su relación con este local. Me cuenta que pasa unas tres veces por semana a comprar cigarrillos y alguna golosina para sus hijos, antes de ir a buscarlos al colegio.
Termino de escribir esta columna sentada en una de estas estaciones de servicio: de look estandarizado, de distribución reconocible en cualquier comuna, un no-lugar —concepto que el antropólogo francés Marc Augé desarrolló en su libro Non-Lieux (1992) para describir espacios de tránsito anónimo donde nadie tiene historia ni nombre, donde las personas coexisten sin relacionarse y donde toda interacción está mediada por una transacción—.
Un término que Alberto Fuguet usó en 2010, en Aeropuertos (una novela de no-lugares). Un término que podría generar anticuerpos por la despersonalización que sugiere, pero este no-lugar —esta estación de servicio a la que suelo llegar a pie— es mi lugar, de alguna manera. Contiene algo que busco: sitios desprovistos de tanta exigencia social. Aquí se puede llegar hecha un desastre, en pijama si se quiere. No es un espacio para aparentar, ni para hacer negocios, ni para coquetear. No es lugar de primeras citas, aunque sí, quizás, el escenario perfecto para cortar una relación: salida fácil, nadie conocido alrededor.
En esa falta de onda de las estaciones de servicio está buena parte de su valor. También en lo práctico. En verano, cuando mi casa era un horno, me pegaba jornadas de trabajo disfrutando del aire acondicionado. Para uno de los últimos apagones, fue el único lugar con electricidad cerca, y allí partí a cargar el celular.
¿Qué son hoy las estaciones de servicio en medio de la ciudad? Bencina, revisión de niveles, cambio de aceite, echarle aire a los neumáticos, lavado y aspirado del auto, baño de perros, contenedores de reciclaje de libros, servicio de correos y envíos, cajero automático, compras de oportunidad —desde pan hasta postres premium y flores—, café, desayuno, almuerzo, hamburguesas, pizza, helados. Carga de autos eléctricos.
A nivel global, la industria enfrenta su mayor transformación desde la masificación del automóvil. Ya lo reportaba ArchDaily en 2019, anotando que la estación de servicio / la bomba de bencina tal como la conocimos está en declive estructural: el desplazamiento hacia áreas urbanas con mejores sistemas de transporte público, la irrupción del automóvil eléctrico y el auge de la movilidad compartida presionan sobre un modelo de negocio que ya no puede depender del combustible fósil como eje central. Las compañías que están respondiendo mejor son las que, paradójicamente, se parecen cada vez menos a una estación de servicio clásica y más a un nodo de servicios integrados, con carga eléctrica, gastronomía, logística y espacios de permanencia. El futuro, anticipó ArchDaily, es el de una tipología que abraza la experiencia del usuario de la misma manera que los aeropuertos acogieron el duty-free.
La transformación tiene también en Chile una dimensión arquitectónica notable. Décadas atrás, el arquitecto Juan Sabbagh —Premio Nacional de Arquitectura 2002— comenzó a trabajar con Copec en lo que sería una redefinición profunda de la tipología.
La premisa era inusual para la época: el problema no era vender combustible sino atender bien a las personas. En 2006, hace exactamente veinte años, la revista ARQ publicó un artículo de Sabbagh con los argumentos que sustentaban una estación de servicio en avenida Santa María, Vitacura, proyectada en 2004 y construida entre ese mismo año y 2005. El propio arquitecto explicaba entonces la filosofía que lo guiaba: la idea fue avanzar desde el esquema de una estación de servicio tradicional hacia un concepto de lugar que acoge las conductas y demandas del ciudadano que vive bajo patrones urbanos, transformando un espacio comercial con servicios en un espacio de carácter público, de encuentro, servicios y recreación.
El proyecto debía generar un lugar para el conductor que desea satisfacer sus necesidades de alimentación, descanso, higiene y encuentro; acoger, en armonía con la solución arquitectónica, los elementos de publicidad y comunicación propios de todo proyecto comercial; y reconocer la localización urbana y geográfica del conjunto, emplazado al costado de una autopista de alta tecnología en un barrio residencial.
La competencia no es poca. Están Shell/Upa y Aramco. Solo Copec tiene una red de más de setecientas estaciones de servicio a lo largo del país, doscientas solo en la Región Metropolitana, que atienden a más de un millón de clientes al día con tres formatos: Pronto Copec, el más robusto en carretera y ciudad; Pronto Express, urbano y de flujo rápido; y Stand Alone, con más de treinta tiendas fuera de las estaciones, en metros, universidades y calles de alto flujo, y que funcionan de forma completamente independiente a la carga de combustible.
Y obviamente la apuesta es la electromovilidad: 93 estaciones ya cuentan con puntos de carga eléctrica y en la comuna de Vitacura ya opera la primera estación 100% eléctrica. La lógica es simple y contundente: si cargar un auto eléctrico toma 30 minutos, el espacio interior deja de ser un paréntesis y se convierte en la razón misma de la parada. El no-lugar, paradójicamente, se vuelve un lugar, un destino. Quién sabe si uno aesthetic.



