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Opinión

2 de septiembre de 2010

O’Higgins y Carrera: Un final de Disney

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¿Cuál es el simbolismo de poner los monumentos de Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera juntos frente a La Moneda? No es la intención rizar el rizo, ni hilar delgado. Partamos aclarando que lo más posible es que se trate solo de una idea dictada por necesidades de simetría arquitectónica. Así quedan los dos pedestales, con sus sendos generales y caballitos, a ambos lados de la entrada del Paseo Bulnes. La nueva distribución recuerda a las parejas de galgos de bronce, que antiguamente se colocaban en las escalinatas de algunas mansiones pretenciosas. O evoca a los carneros pareados de las avenidas procesionales del antiguo Egipto. Y por esa misma estética imperial, la nueva plaza se erige –por último– como un extraño «revival» de los ideales arquitectónicos de la Italia de Mussolini.

Tras considerar el asunto, no menor, de la simetría, se podría pensar que todo se trata de reivindicar a Carrera, moviendo su olvidada estatua ecuestre a uno de los sitios más visibles de la ciudad. Antes estaba bastante tapada por el follaje del bandejón central de la Alameda, en un lugar de cierto encanto, a la altura de calle Ejército. Pero ahora, el creador del Instituto Nacional podría compartir escenario en el altar ritual del poder y las ofrendas florales de las visitas oficiales extranjeras. Las delegaciones apenas sabrán quiénes son esos dos ridículos militares sudamericanos, vestidos a la moda napoleónica. Los gringos más cultos, que según dicen no son muchos, pensaran en El Álamo y el absurdo general mexicano Santanna. Los franceses, en los primeros dictadores de Haití. Con todo, Carrera, saldría con la mudanza del papel de segundón al que fue relegado por el o’higginismo militante del Estado, practicado durante todo el siglo XX. Esa voluntariosa política pública de culto a la personalidad, que fue puesta en práctica por los gobiernos de todos los signos.

Pero el nombre oficial de la ceremonia de inauguración, “Reencuentro de O’Higgins y Carrera”, no deja lugar a dudas. La iniciativa es una de las reescrituras de la Historia de Chile más caprichosas y cursilonas que se hayan presenciado en estos 200 años de trayectoria republicana.

Muchos ya sabrán por qué. Los detalles del odio parido entre ambos egocéntricos personajes son copiosos, sabrosos y se encuentran disponibles en caudales de cartas personales, diarios y documentos oficiales.

MANCHAS DE SANGRE

Pero más allá de los sentimientos privados y las ideas políticas contrapuestas, por lo pronto debería bastar con decir que entre O’Higgins y Carrera corrió mucha sangre.

O’Higgins, en su momento, fue derrotado por los carrerinos en la batalla más olvidada de la Independencia: Tres Acequias. Una combate de verdad, que no se libró con balas de salva. Allí, a las afueras de la actual ciudad de San Bernardo (bautizada así –vaya coincidencia- en honor a O’Higgins), las fuerzas de llamado “padre de la patria” atacaron frontalmente, siguiendo las desastrosas nociones de táctica militar del chillanejo, para terminar siendo destrozadas y desbandadas por la bien parapetada artillería carrerina.

Con el tiempo, tras una obligada tregua y el desastre de Rancagua, el odio mutuo alcanzó cumbres pocas veces vistas fuera de las teleserie de Arturo Moya Grau. O’Higgins remitió al padre de José Miguel Carrera una boleta, cobrándole los costos del fusilamiento de Juan José y Luis, los hermanos menos conocidos del “prócer”. Para el anciano patriarca de la familia, Ignacio de la Carrera, este mal rato fue un golpe devastador. Enterarse al mismo tiempo de que sus hijos habían sido ajusticiados por decisión sumaria y que tendría él que pagar por las balas y la pólvora que le habían quitado la vida, fue algo que tuvo mucho que ver en que el viejo se desmoronara físicamente y falleciera unos meses más tarde.

Antes, Luis Carrera había matado en un duelo a pistoletazos, en el actual barrio bonaerense de La Boca, al coronel Juan Mackenna. Este artillero irlandés fue una las sucesivas figuras paternas que O’Higgins adoptó durante su existencia (antes estuvo Martínez Rozas; después, San Martín). El colorín hacendado de Los Ángeles había vivido la paradójica orfandad de ser el hijo huacho del hombre más poderoso de Sudamérica, el virrey del Perú. En estas circunstancias, Mackenna llegó a ser virtualmente su tutor, enseñándole los pocos rudimentos que aprendió sobre guerras y armas; ayudándole a convertir a la gente que venía incluida en la heredada hacienda del virrey (los huasos y peones) en un escuadrón personal de caballería.

Tanto Martínez de Rozas como Mackenna fueron, además, exiliados a Argentina por el gobierno de Carrera.

Así que no es descabellado suponer que, años después de la muerte Mackenna, el general de las patillas se estaba cobrando una deuda muy personal en esa cruel boleta remitida a Ignacio de la Carrera.

Ya conocerán el detalle. A los pocos días del fusilamiento de los dos hermanos, el antiguo secretario de José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez, fue asesinado y abandonado a campo traviesa, convirtiéndose en el primer detenido desaparecido de la historia nacional. Los testimonios judiciales son bastante claros al inculpar a O’Higgins en este crimen. Aunque, claro está, el que no quiera creer siempre encontrará razones para declarar inocente al héroe que le vendieron en la escuela básica.

Finalmente, el propio José Miguel Carrera murió fusilado a manos de los aliados mendocinos de su enemigo jurado. Los testigos de sus últimos días consignan que el húsar abandonó este mundo odiando hasta el final a O’Higgins. En tanto que éste último envejeció en Perú, mascando rabias por la perdida del poder y culpando a Carrera de prácticamente todas las desgracias del las guerras independentistas chilenas.

ANTÓNIMOS

Tras este resumido recuento del odio, la persecución y la matanza mutua, queda pendiente mucho paño que cortar. Como el ambiguo y aparente monarquismo de O’Higgins, contrastado con el republicanismo de tintes bonapartistas del Carrera.

El vanidoso y carismático aristócrata (implicado en su juventud en el asesinato, aparentemente matonesco, de un indio que vivía cerca de su fundo), terminó declarando la libertad de vientres para todos los hijos de esclavos nacidos en Chile, y aclarando en su testamento que los antiguos esclavos de su familia ya eran libres desde años, para que nadie los pudiera «cobrar». En cambio, O’Higgins finalizó sus días en Perú, organizando una hacienda negrera «modelo», en la que cruzó sementales y hembras; metódico, como si se tratara de la crianza de vacas destinadas a competir por los premios de la feria ganadera.

Se podría agregar que O’Higgins entregó a José Miguel, Luis y Juan José a los realistas, excluyéndolos en los hechos del intercambio de prisioneros de guerra acordado en el Tratado de Lircay. Culpó a los hermanos, en el texto del vergonzoso acuerdo, del delito de querer independizar a Chile, al tiempo que rejuraba lealtad al rey de España. Por esos mismos años, en tanto, Carrera se comportaba como un verdadero «golpeópata», organizando alrededor de media docena de tomas militares del poder en menos de tres años.

Sin considerar, claro, el puesto de peones que los dos ocuparon en el tablero de ajedrez de las grandes potencias. O’Higgins, del lado de la aristocrática monarquía parlamentaria británica (que en sus cartas define como la forma ideal de gobierno). Carrera, en tanto, en la vereda de Estados Unidos. En ese país hasta fue aceptado en las mismas logias masónicas de los redactores de la afamada constitución norteamericana. Y ahí se le vendieron armas para la revolución chilena, claro que a crédito de intereses usureros. Tasas tan abusivas como las del préstamo de guerra contratado por O’Higgins en Inglaterra, génesis de la secular deuda externa chilena. Respecto a Carrera, un testigo directo afirma, incluso, que poco antes de ser apresado y fusilado, manifestó sus deseos de abandonar la inútil lucha, decepcionado de Chile, para emigrar a Estados Unidos a rehacer su vida.

RECONCILIANDO A DOS MUERTOS EN UN CÓCTEL

Para qué seguir. El reencuentro forzado de los monumentos de estos dos enemigos mortales podrá ser un «happy end» metido con fórceps en el libreto de la celebración del Bicentenario. Como poner los cadáveres de Pinochet y Allende, de Hitler y Churchill, en la misma cripta. Solo que este caso no queda del todo claro cuál es el héroe y cuál, el villano.

Tras el ceremonial, queda flotando esta falsa reconciliación post-mortem, como un final digno de una artificiosa película de Disney. Una mentira más que podremos contarnos a nosotros mismos, de generación en generación. Un desenlace de utilería, que no respeta el recuerdo de ninguno de los dos tercos y autoritarios militares. Ellos –nunca estuvo mejor dicho- se deben estar revolcando en sus respectivas tumbas, solo para que un par de autoridades hayan podido darse el gusto de repartir y recibir invitaciones a una ceremonia oficial. A la sombra de estos dos monumentos, unidos en la farsa, entre canepé y canapé habrán hablado de sus negocios e invocado el imaginario ejemplo de los próceres, para que el contrincante ceda un poco. Provecho.

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