Por PANCHITO

Cualquier persona que se dedique al difícil arte de la negociación dirá que, para que esta sea exitosa, al final ambas partes deben sentir que ganaron algo. Los Mapuche en huelga de hambre, o más bien los que supuestamente negocian por ellos, parecen no entender este precepto básico. El Gobierno ha ofrecido a los huelguistas beneficios inéditos en nuestra historia republicana. El retiro de las querellas, el compromiso de no aplicarles la ley Antiterrorista y la instalación de una mesa de diálogo para discutir y canalizar sus demandas más profundas debieran ser considerados como grandes triunfos para su causa.
Durante décadas, y ciertamente durante los dos primeros meses de la medida de presión, estas eran las grandes exigencias de los Mapuche. Sin embargo, una vez logradas esas metas, los “negociadores” Mapuche, incitados por la larga lista de “lideres indígenas”, políticos, ONG’s y otros parásitos varios que viven de conflictos como este y de su eternización, han elevado la vara hasta alturas inalcanzables en un estado de derecho y hoy demandan nada más y nada menos que los jueces se sienten a negociar con ellos las penas que debieran recibir por sus delitos. De más esta decir que tal exigencia es imposible de aceptar en un estado moderno y que se precie de tener un sistema judicial mínimamente respetable.
El incendio de inmuebles y vehículos, los ataques y amenazas a representantes del ministerio público, el cierre ilegal de caminos y una larga lista de crímenes que se les imputan o por los que ya han sido condenados son infracciones graves al ordenamiento jurídico y a la paz social que no pueden quedar impunes. Si bien los comuneros tienen razón al exigir que no se les aplique la draconiana ley antiterrorista heredada de la dictadura y a que se escuchen sus reivindicaciones (en muchos casos justas) aquí hay un ejemplo claro de cómo el fin no justifica los medios.
El actual gobierno, empezando por el presidente, ha dado señales claras de que gobierna con encuestas en la mano y ha demostrado tener un sesgo claramente populista. Los estudios de opinión encargados a diario por la administración son inequívocos. Para la gran mayoría de los chilenos el tema indígena no es prioritario y la adhesión que pudieran suscitar sus pretensiones en la población es minoritaria si la comparamos con quienes no conocen (ni quieren conocer) el tema o los que simplemente desaprueban sus demandas y sobre todo los métodos que han elegido para alcanzarlas.
Seamos claros, esto no significa que las demandas indígenas sean injustas o inmerecidas. Algunos podrán catalogar a los chilenos de racistas o indolentes. Puede que tengan razón. Pero es la realidad de este país y aunque para los que están inmersos en el conflicto sea un hecho difícil de aceptar ha llegado la hora de que quienes representan al movimiento mapuche den muestras de pragmatismo y aprovechen la oportunidad histórica de tener la atención nacional fijada en ellos para avanzar su causa. La insistencia en demandas imposibles de cumplir llevara a una alienación aun más profunda de su movimiento para con la población y peor aún, en la posible muerte de uno o más de los comuneros en ayuno sin haber alcanzado resultados tangibles, polarizando aun mas a la opinión pública y alejando irremediablemente la posibilidad, hoy bastante cierta, de lograr avances significativos para las etnias originarias.