A un año del triunfo de Sebastián Piñera y la derrota de la Concertación, podríamos decir que ha pasado de todo y nada. Ha sido un año de múltiples eventos profundos, asimilados con frivolidad. Terremoto, mineros sepultos, huelgas de hambre, presos calcinados, mujeres obligadas a padecer embarazos fatales. Pero es como si no hubiera sucedido nada. Los acontecimientos relevantes se han confundido con los anecdóticos, volviéndolo todo pasajero. Mientras el gobierno chapotea, no habría que perder de vista lo que late a sus espaldas.

La administración propiamente tal, sólo un enfermo de los nervios podría gritar que ha sido terrible. Lo mismo políticamente hablando. Tampoco ha sido la gran cosa que se nos prometió. En resumen: un gobierno cachetón, pero “reguleque”. En cada uno de los temas en que se embarca, parece aspirar a una mención en el libro de Guiness. Hasta el asunto más pedestre lo plantean en términos superlativos, pero en los hechos nada indica que haya sido así. Más bien al revés. Al menos, eso dicen las encuestas.

Para mí que la gente se los toma cada día menos en serio. Las noticias políticas distan mucho de ser las más comentadas. Sus protagonistas han perdido el poco glamour que les iba quedando. Los líderes concertacionistas que aparecen en la tele, se ven en blanco y negro, como en las películas mudas. Cuando aparecen, porque lo cierto es que han desaparecido. No convence lo que hay, ni competencia que lo enfrente.

La eficiencia que vendió Piñera, fue más tentadora que el continuismo de la Concertación, pero ninguno de los dos tenía un proyecto que ofertar. Y las cosas continúan tal cual. De ahí que varios comentaristas concluyan que acá se va de evento en evento. A estas alturas imagino que a pocos viandantes les sobresalta en manos de qué coalición quede La Florida. Crece velozmente el porcentaje de ciudadanos desvinculados de los partidos existentes, y ya no sólo en términos de militancia, sino incluso de simpatías vagas.

Sorprende la completa ausencia de una izquierda revoltosa, con banderas atrevidas y contemporáneas. Al nivel de la política organizada, es como si continuaran las cuentas y repartijas de orugas, cuando hace rato que volaron convertidas en mariposas. Pudiera ser que un revoltijo se estuviera gestando.

RN y la Udi no han conseguido vivir a gusto en la misma casa de gobierno. Se la llevan a los gritos y no es raro que la Udi, la mujer del cuento, parta furiosa a encerrarse en una pieza, hasta que don RN, a punta de melosidades, la convenza de salir. Hay noches en que no se soportan, y por ahí se ponen el gorro. Dicen que así sucedió en Concepción con la Van Rysselberghe y algo parecido puede verse en el actual episodio de la comuna de Los Venegas.

El teatro completo de la política actual es un choque de personajes con personalidad múltiple. En la órbita expansiva de cada uno de los partidos actuales, conviven convicciones e ideas a veces incluso antagónicas. La Concertación es un matrimonio castrado por su temor al divorcio. Es una familia estricta en la que sus miembros no se atreven a vestir y actuar como quisieran. Los abuelos se lo impiden. Apuestan que dentro de poco le podrán echar mano a la fortuna de la tía Bachelet, y recuperar los fundos perdidos.

La vida, sin embargo, está aconteciendo en otra parte. Por nuestro país rondan generaciones enteras que no han sabido manifestarse todavía. Las hay entre los mapuches, los pascuenses, y por todas las calles de los pueblos y ciudades chilenas. De cambiar el sistema electoral y las condiciones para votar, es de suponer que comenzaríamos a verlos, poco a poco, en la plaza pública. Ni siquiera sabemos bien las consignas con que aparecerían. En una de esas no son ni tan distintas a las pretensiones de siempre, pero no es menor atender la forma en que se revelen.

La riqueza y el poder terminan este primer año de Piñera más concentrados que cuando empezó. El gobierno de los gerentes dialoga fluidamente con el gran empresariado, y quizás sea casual, pero la dimensión a que van llegando ciertas fortunas no tiene comparación con las mejorías del resto. Los aviones, los supermercados, las minas, los bancos, los equipos de fútbol, los medios de comunicación, la energía, se hallan en tantas manos como dedos tiene un hombre cualquiera.

En pocas palabras: lo relevante de este año, en mi modesto parecer, no es lo bien o mal que lo haya hecho Sebastián Piñera, porque lo ha hecho más o menos, con hartos gags ridículamente graciosos, de esos que originan risas y pérdidas de respeto. ¿Cómo se le fue a ocurrir que durante el Bicentenario celebrábamos 500 años de vida independiente?

No estamos en el caos ni en nada que se le asemeje. Las vidas siguen transcurriendo no muy distinto que antes. Lo que cuesta ver es horizonte. Son momentos fascinantes para los creadores de lo que sea, de historias, de tendencias, de grupos, de ideologías. Momentos en que se sabe de dónde venimos, algo de dónde estamos, pero casi nada de a dónde vamos. Sólo falta aprovecharlo.