Mientras se apagan los incendios, se conocen los escándalos (hay $14.000.000.000 por explicar en el caso Kodama), renuncian los funcionarios, y la nueva forma de gobernar se desmorona internamente –porque aquí no hay oposición–, se está decidiendo, construyendo, mejor dicho, el modelo de desarrollo para el Chile de las próximas décadas.

Son poquísimos en el mundo político –de hecho, no veo que brille ninguno– los que están prestándole atención al tema de la energía con una mirada que sobrepase lo inmediato. Las discusiones en torno al asunto se limitan a chispazos. Quienes se toman el cuento muy en serio, todavía son vistos como ecologistas histéricos.

Se acepta como premisa casi indiscutible el que hay una meta de crecimiento por cumplir, bajo la máxima de que ésa es la única forma de que nos enriquezcamos todos. Los datos acerca de nuestros niveles de desigualdad son elocuentes, y no provienen de organizaciones izquierdistas, sino precisamente de ese grupo de países a los que Chile pretende alcanzar. Es decir, el mucho crecimiento se está quedando en poquísimas manos. Las grandes fortunas se multiplican, mientras las mayorías trepan apenas.

La actividad productiva se halla tanto o más concentrada que la riqueza y el poder. Acá vivimos del cobre. El 60% de las exportaciones nacionales proviene de las minas. Comparados con cuarenta años atrás, no estamos mejor al respecto. Se supone que nos hemos vuelto un país de empresarios y, no obstante, continuamos dependiendo de una materia prima proveniente de las rocas. No han florecido industrias novedosas y potentes. El vino, la fruta, los salmones, apenas alcanzan para decorar nuestra dependencia minera.

Los proyectos atrevidos se hallan asfixiados, ya sea por la dificultad de nacer o porque, a un cierto punto, lo mejor que le puede pasar a un emprendimiento de cualquier tipo es que los compre un gran conglomerado. La fuerza de lo particular y lo local no encuentra tiraje. Si este país fuera un cuerpo humano, diríamos que está creciendo desguañangado. De lejos se ve grande, pero de cerca endeble.

No se me ocurre al día de hoy un mejor paradigma para reposicionar una discusión ideológica, que el tipo de desarrollo energético por el que se apueste (el otro es la educación). Los neoliberales entusiastas, para quienes todo el énfasis está puesto en la rápida explotación de las capacidades productivas, sin duda considerarán que la mejor solución es aquella que genere la energía más barata y efectiva, sin preocuparse mayormente de quién sea su dueño ni del daño que produzca en la naturaleza que interviene. El resto son hippadas.

Algo parecido podría pensar un Estado totalitario. Ambos terminan desembocando en altos grados de concentración. Es cierto que las energías sustentables son actualmente más caras que las otras, y seguramente también lo es que durante un buen tiempo deberán compartir el escenario con esas menos deseables, pero imprescindibles para sobrevivir. Se trata, efectivamente, de una inversión pensando en el futuro.

¿Acaso cuando alguien elige una casa -en el entendido de que pueda elegir, como acá ya es posible-, lo hace considerando sólo su precio presente? Harto mal negocio sería, y cotidianamente poco rentable. En todo caso, no hay para qué ser tan tajante; el asunto es que exista una planificación que vaya más allá de la simple oferta y demanda. Por el momento, simplemente la plata ordena.

La Concertación jamás le dio a este ámbito la importancia que merecía. En sus filas, no hay consensos al respecto. El gobierno de los gerentes, por su parte, no está para pendejadas. Con razón renuncian: tienen que lidiar con cada estupidez… Figúrense, hay bobalicones que prefieren la bicicleta al auto, la caleta al resort, la dignidad en vez de unas lucas extra, y la sombra de un árbol con nidos en la orilla de un río inigualable al augurio de un progreso con olor a sueño rancio. Como si fuera poco, apuesto un dedo a que tanta bobería encierra riquezas que la cordura imperante, perdida en la prisa, no es capaz de ver.